Abdelaziz Bouteflika, hombre político de su tiempo

Ha muerto Abdelaziz Bouteflika, quien ha sido uno de los personajes del siglo veinte, bastante más allá de los avatares históricos de Argelia. En los últimos años, su figura se fue desvaneciendo en medio de los distintos capítulos de la convulsa política de su país, mientras él sobrevivía en una silla de ruedas. Disminuido física y políticamente.

Cuando lo entrevisté en vísperas de su primera elección como presidente (1999), en la sede central de la ENTV (la radiotelevisión pública argelina), en el boulevard des Martyrs, me pareció un personaje muy vivo. Tuve la sensación de que me traspasaba con la mirada, cuando entré con el equipo de TVE en el estudio de televisión en el que nos esperaba sentado. Quizá me recordaba de encuentros y ruedas de prensa con otros enviados especiales, corresponsales y colegas de los diarios de Argel. En aquellas ocasiones, me parecía un político con reflejos, con capacidad para utilizar distintos idiomas sin inmutarse. Brillante.

También un manipulador, porque era capaz de lanzar una sombra de sospecha sobre cualquier periodista extranjero o argelino lanzando él mismo -como respuesta- una pregunta inesperada. Por ejemplo : «¿Qué servicio le ha ordenado que me pregunte eso?» [sic]. Después de parecernos un entretenido encantador de serpientes, resultaba repentinamente soberbio e insultante.

Pero a quienes habíamos conocido las singulares ruedas de prensa de su antecesor, Liamine Zéroual, que a veces consistían en una declaración monocorde aprendida de memoria en árabe clásico (que nadie utiliza en las calles de Argel), encontrarse con Bouteflika era muy interesante. Se paraba en medio de un corro de micrófonos y no dejaba de responder a nadie. Un animal político y no un militar como su predecesor en el cargo, que resultaba aburrido porque al hablar parecía no mover un solo músculo de la cara.

A veces, Zéroual recitaba su declaración y se marchaba rápidamente, dejándonos con la palabra en la boca. «Pourrons-nous aboyer quelque chose, une seule question, peut-être? », me dijo una vez mi colega francesa Patricia Allemonière (TF1). Bouteflika no esperaba a que «ladráramos» nosotros, los periodistas, si era preciso lo hacía él mismo.

Para Argelia, la virtud de ambos, Bouteflika y Zéroual, fue escenificar conjuntamente la posibilidad de transferir el poder de un presidente a su sucesor, tras un proceso electoral. Fue la primera vez en la historia del país. Otra cosa es que los clanes del poder siguieran moviendo las ruedas del carro desde los cuartos oscuros o que las elecciones resultaran siempre sospechosas, seguramente organizadas de manera más o menos deshonesta (o no, quién sabe).

Primera página del diario Liberté, de Argel, informando de la muerte de Abdelaziz Bouteflika.

Abdelaziz Bouteflika ha ocupado la presidencia argelina veinte años (1999-2019). Es un período suficientemente largo como para reflexionar sobre esa fase de la historia. Aunque fuera -al final- más un pobre anciano a quien empujaban en una silla de ruedas que un presidente con plenas facultades.

Hubo varios Bouteflikas: desde el hijo del sastre emigrado (nació en Uxda, Oujda, Marruecos) hasta el joven que ingresó rápidamente, a los diecinueve años, en las filas de los rebeldes independentistas que lucharon contra la colonización; desde el agitador comprometido con la causa hasta el ministro de las primeras presidencias (Ahmed Ben Bella y Houari Boumédiène); desde el militante enérgico hasta el golpista contra Ben Bella; desde el ministro de Asuntos Exteriores más significado, el hábil diplomático de la época de la descolonización y del ascenso del Tercer Mundo, así como presidente de la 29 Sesión de la Asamblea General de la ONU, hasta el aparatchik caído en desgracia, acusado de corrupción (1981). En uno de sus momentos de mayor fulgor, fue el ministro de Asuntos Exteriores más joven de todo el mundo, a los 25 años de edad.

Abdelaziz Bouteflika y Henry Kissinger, Nueva York, 1975.

Después, tras el retorno a su país, cuatro mandatos presidenciales (1999-2019), en los que logró ofrecer una fachada de poder civil en un régimen en el que dominan los clanes militares reunidos entre sí a la hora del crepúsculo. En su primera fase, creo que es pertinente atribuirle buena parte de la relativa pacificación del país tras la guerra civil y la «década negra», con una sociedad atrapada entre las insurgencias islamistas y una sorda guerra sucia, con miles de desaparecidos y unas doscientas mil víctimas mortales. La pacificación, aunque no haya sido total, tampoco estaba al alcance de cualquiera. La firma de Bouteflika en ese proceso es justa.

Además, cuando regresó de su exilio (autoexilio) en Francia y Suiza, adonde se había ido huyendo de la justicia por sus sombras de corrupción, no tenía por qué regresar. Podía haberlo evitado. Sólo un hombre comprometido consigo mismo y con su país; aunque fuera para mostrar que seguía siendo idéntico al de los primeros tiempos de la independencia, pudo aceptar la propuesta de los militares para jugar el papel que jugó a partir de 1999. Sus dos primeros mandatos fueron los de la oferta de «concordia civil» a los insurgentes y terroristas islámicos. Está claro que a medio plazo, las medidas de gracia propuestas por el presidente Bouteflika resultaron tan efectivas como el desarme de la rama armada del FIS, tras pactarlo con el ejército.

Portada y caricatura de Ali Dilem para su libro «Boutef président» (Casbah Éditions, Argel, 2000).

Entonces y después, le siguieron persiguiendo algunas sombras de la guerra civil argelina, de las que no pudo haber sido responsable durante su exilio. Tampoco pudo salir del esquema que marca a fuego la economía de Argelia desde la independencia: la dependencia de los vaivenes del gas y el petróleo en los mercados, con los que el poder suele tener períodos en los que puede comprar la paz social, hasta que baja el precio del crudo. Argelia sigue siendo un país muy joven sin ninguna perspectiva para quienes nacieron mucho tiempo después de la independencia (en 1962).

En sus dos últimos mandatos, los argelinos tuvieron la impresión de que la hogra (la corrupción opresiva) estaba más viva que nunca y que pocas cosas habían cambiado. Bouteflika era un hombre desconfiado, quizá por su propia trayectoria personal, y por ello se rodeó de colaboradores de su entorno inicial y de su propia familia.

El presidente argelino Abdelaziz Bouteflika poco antes de renunciar a su puesto, 2019.

Esa sombra le aplastó al final, cuando su entorno quiso presentarle a una quinta elección presidencial (previsiblemente la que sería aún más trucada que las precedentes). Célian Macé, del diario parisino Libération, describió su muerte anterior (la muerte política) así:

Sus apoyos empezaron a abandonarlo uno a uno. Hasta el tiro de gracia que le propinó su Jefe de Estado Mayor, el fiel Gaid Salah, el 25 de marzo de 2019. El viejo militar le pidió de manera explícita que dejara el puesto. Lo hizo en directo, en la televisión nacional. Privado del apoyo del ejército, abandonado por el FLN, Bouteflika estaba cada día más solo. El diplomático voluble se había convertido en una esfinge. Una estatua inmensa a la gloria de la Argelia de los años 70 del siglo XX, tan difícil de manejar que no permitía ver el horizonte. Cayó al final, bajo la presión popular.

Porque la precariedad, la persistente corrupción de los clanes del poder y las carencias democráticas empujaron a multitudes de argelinos airados a las calles. Manifestaciones pacíficas, multitudinarias (el movimiento, el Hirak), que recordaron también de algún modo los estallidos periódicos de los habitantes bereberes de la región de Cabilia (en 2001, hubo oficialmente 126 muertos entre los manifestantes cabiles).

El entonces hombre fuerte del poder militar, general Ahmed Gaid Salah, y el presidente Bouteflika en una fotografía de junio de 2012. El declive físico de Abdelaziz Bouteflika se acentuaba.

La represión de la libertad de expresión y prensa también atravesó zonas de sombra durante la era Bouteflika. A veces, muy difíciles para los medios críticos y para los periodistas, con encarcelamientos varios; otras veces, un cierto pluralismo parecía resplandecer en los diarios impresos. Como una especie de alternancia, de Jekill y Hyde oscilantes.

«Un final sin gloria», tituló el diario argelino El Watan.

Abdelaziz Bouteflika ha muerto mientras parte de sus familiares y colaboradores más cercanos están en la cárcel, acusados o ya condenados por corrupción. Las luces y las sombras acompañan ya en la memoria a los sucesivos Bouteflikas históricos, mientras continúan las protestas de la calle y cuando las figuras alternativas del mismo régimen de poder pretenden sucederse indefinidamente, sin verdaderos cambios.

El actual presidente, Abdelmadjid Tebboune, ha ordenado que las banderas ondeen a media asta durante tres días en todo el territorio de la querida Argelia.

Adieu, vieux Boutef.

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Periodista. 1976, colaborador del diario "Hoy" (Extremadura, España). Trabajó en el Departamento Extranjero del Banco Hispano Americano (1972-1980). Hasta 1984, colaboró en varias publicaciones de información general. En Televisión Española (1984-2008), siete años como corresponsal de TVE en Francia. Cubrió la actualidad en diversos países europeos, así como de varios conflictos internacionales (Argelia, Albania, Kosovo, India e Irlanda del Norte, sobre todo). En la Federación Internacional de Periodistas ha sido miembro del Presidium del Congreso de la FIP/IFJ (Moscú, 2007); Secretario General Adjunto (Bruselas, 2008-2010); consejero del Comité Director de la Federación Europea de Periodistas FEP/EFJ (2013-2016); y consejero del Comité Ejecutivo de la FIP/IFJ (2010-2013 y 2016-2022). Es corresponsal del diario francófono belga "La Libre Belgique".

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