En estas mismas páginas recogíamos hace unos años la reseña de «Zoológico privado», seis relatos que tenían como protagonista a los animales que Théophile Gautier tuvo a lo largo de su vida.
Pero los cuentos que encumbraron al poeta también como uno de los grandes narradores del siglo diecinueve fueron aquellos que recogen historias y relatos fantásticos escritos con la belleza del mejor lenguaje del parnasianismo.

Siete de ellos se publican ahora en «La muerte enamorada y otros relatos fantásticos» (Alba), que recoge algunos de los mejores que el escritor y poeta publicó entre 1831 y 1852 en periódicos y revistas francesas de la época como Le cabinet du lecture, Chronique de París, Le Musée des familles o Revue de París.
«La muerte enamorada», el más largo de estos cuentos, fue una de las publicaciones más leídas y citadas durante los últimos años del siglo diecinueve y los primeros del veinte, también en España. Desde entonces se había publicado algunas veces pero permanecía olvidado entre las obras literarias que alguna crítica desdeña por decimonónicas, un apelativo que se utiliza con frecuencia para descalificar la novelística actual que se inspira en la de aquel siglo.
«La muerta enamorada» recoge la historia de amor de un sacerdote de pueblo que busca con desesperación a una mujer a la que contempló durante la ceremonia de su ordenación y de cuya belleza cayó rendidamente enamorado, hasta el punto plantearse abandonar la dedicación a la que acababa de prestar juramento. «Los más grandes pintores -escribe Gautier para resaltar la belleza de la dama- cuando persiguiendo en el cielo la belleza ideal han traído a la tierra el retrato divino de la Virgen, ni siquiera se acercan a esta fabulosa realidad».
Como en el resto de los relatos de esta recopilación, la realidad se mezcla aquí con los sueños, la muerte se enfrenta a la vida, la virtud lucha contra el pecado, el amor sucumbe o triunfa sobre el odio y la maldad, en historias que discurren en escenarios como las ruinas de Pompeya, el antiguo Egipto, los salones rococó del siglo diecinueve o los castillos de Normandía.
Sueño, virtud, maldad encarnada en el maléfico, fantasía y realidad, están también en todos los relatos de esta recopilación.
En «La cafetera», en «Onfala» y «Arria Marcela», los personajes de cuadros y retratos cobran vida durante un aquelarre en el que la felicidad y el amor se enturbian con la presencia del misterio y la muerte, el pasado de la antigüedad sirve de escenario a personajes contemporáneos para que vivan historias de amor y muerte, las momias del Egipto de los faraones recuperan su corporeidad para completar episodios que habían quedado sin desenlace.
Hay dos historias que juegan con el concepto de la doble personalidad que también utilizó Dostoievski en su relato «El doble». En «Dos actores para un papel», un actor de teatro ha de renunciar a su vocación cuando al interpretar a Mefistófeles el mismo demonio se apodera de su alma. En «El caballero doble», el hijo de una princesa seducida por un trovador reúne en su persona las estrellas de la felicidad y de la desgracia, del odio y de la pasión, lo que hace que unas veces se comporte como un ángel y otras como un demonio.
Las dos almas combaten dentro de un mismo cuerpo para dar lugar a un desenlace que el autor convierte en sentencia moral: «Y los que tengáis la desgracia de ser dobles, luchad valientemente, aunque debáis heriros con vuestra propia espada al combatir al adversario interior».
La portada de esta excelente edición de Alba reproduce el cuadro «Romuald y Clarimonde», pintado por Paul Albert Laurens para una edición de «La muerte enamorada» de 1904.
Romántico y parnasiano
En el siglo diecinueve el Romanticismo había conquistado los corazones de los lectores de toda Francia y proporcionado un puñado de grandes obras literarias de autores como Chateaubriand, Lamartine y Víctor Hugo.
Uno de los autores que se inició como poeta romántico fue Théophile Gautier (1811-1872), quien comenzó a publicar sus versos en 1830 dentro de este movimiento. Pero Gautier quería experimentar con nuevos formatos y encontró en el Parnasianismo, con Leconte de Lisle y Gérard de Nerval, una forma de expresión más acorde con su manera de entender la poesía.
Todos ellos utilizaron las revistas literarias como vehículo ideal para hacer llegar sus obras a grandes masas de lectores. La Revue du progres, L’Art, La Légende du Parnase Contemporain, La Revue des Deux Mondes acogieron en sus páginas muchos de sus poemas y de sus narraciones.
Para los parnasianos, antes que el compromiso social y político, la finalidad de la poesía y de todo el arte tenía que pasar por crear belleza. Adoptaron como lema la expresión «el arte por el arte», utilizada por primera vez por Théophile Gautier.
Nacido pues como una reacción al Romanticismo, el Parnasianismo promovía sobre todo la imaginación y condenaba la vulgaridad y el adocenamiento burgueses. Se inspiraba en la antigüedad clásica (su nombre alude al Parnaso, la morada de las musas compañeras de Apolo) y en los ideales de libertad, progreso y república.
Amigo de Balzac, de Víctor Hugo y de Baudelaire, que le dedicó «Las flores del mal», Theophile Gautier tiene una amplia producción poética y también periodística (actividad en la que cubrió una de las guerras carlistas en España en 1840), elogiada por el crítico Saint-Beuve, quien lo consideraba el mejor periodista de Francia. Conocido sobre todo como poeta, sin embargo publicó más novelas y relatos que poesías.



