“Honey Moon” es la primera película rodada en los Estados Unidos de la veterana directora británica Andrea Arnold. El tema en si es interesante y el tratamiento nervioso con cámara en mano y cerca de sus personajes resulta muy apropiado a ese tipo de road movie social y musical, su guion en cambio es poco consistente y se diluye en sus dos horas y cuarenta y dos minutos de metraje.
“Honey Moon” cuenta la gira por varias ciudades norteamericanas de un grupo de jóvenes vendedores dirigidos manu militari por una jefa que les inculca e impone métodos de venta poco escrupulosos, con un solo objetivo: ganar el máximo dinero posible, pues cual proxeneta comercial la jefa se cobra un buen porcentaje de sus ventas.
Todo empieza con la fuga de una adolescente rebelde y marginal que se une a ese grupo de jóvenes que hartos del desempleo han optado por ese tipo de trabajo móvil y precario. De ciudad en ciudad se desplazan en una camioneta, dispuestos a todo para ganar dinero con la venta a domicilio y las artimañas comerciales que ello implica.
Ese viaje a través de ciudades más o menos ricas, zonas petroleras, viviendas residenciales, o casas miserables y el contacto de los chicos con la gente del lugar es el telón de fondo social de una historia de amor entre la adolescente incorporada al grupo y uno de los mejores vendedores de esa empresa móvil. Todo ello viene ritmado por el jaleo, mucha música y las poco relevantes conversaciones de los chicos durante el viaje.
Una interesante mirada sobre la otra cara del sueño americano, pero con una historia que sabe a poco y se extiende demasiado. Hay en efecto grandes películas cuya coherencia narrativa exige el tiempo que su autor les ha acordado, otras sin embargo nos dejan con la decepción de constatar que hubiesen podido contarnos la misma historia de forma más concisa. Tal es el caso de esta ficción rodada con actores no profesionales y un esmerado trabajo de casting.