Carne de Perro

Recorriendo Asia y durante algún tiempo, había tomado una decisión mínima -cierto- pero que servía para definirme entre los que sí hacían algo por una causa y los que sólo se delimitaban a subrayar pasivamente las injusticias de éste mundo.

Javier Sánchez-Monge: Cabezas y patas de perro comercializadas para guisar en Asia.
Javier Sánchez-Monge: Cabezas y patas de perro comercializadas para guisar en Asia.

 

Cada vez que llegara a un mercado en donde se comerciaba con animales vivos y que aguardaban aterrorizados y hacinados en jaulas a ser vendidos a algún degustador de su carne, me acercaría, compraría uno e intentaría devolverle la libertad.

Así, había caído en todo tipo de situaciones para salvarlos, porque el asunto no era tan fácil. En el caso de animales salvajes, había que buscar y adentrarse en lugares salvajes que representaran su hábitat natural, pero uno no podía sospechar que a veces era sumamente difícil llegar allí porque habían sido capturados por lugareños de remotos parajes.

Algunos de estos animales estaban tan traumatizados de estar en una jaula mientras veían cómo sus compañeros eran sacrificados y despedazados que cuando les devolvía la libertad salían temblando y en estado de shock y no sé si llegaron a sobrevivir.

Recuerdo muchas situaciones difíciles como el caso de unas aves acuáticas muy debilitadas que adquirí en un mercado y que intenté liberar en las proximidades de un río cercano. Como las aves estaban tan debilitadas que no podían volar bien, las dejaba con cuidado sobre el agua y se desplazaban nadando con la corriente hasta que llegaban a donde el rio se ensanchaba y una vez allí alguna levantaba el vuelo, pero la mayor parte desaparecían escondidas entre los cañaverales. De alguna manera tenía la certeza de que sobrevivirían.

No obstante, ocurriría un incidente inesperado; cuando los lugareños vieron lo que hacía, se dispusieron río abajo y volvieron a capturar de nuevo a las aves. A la vez siguiente, tuve que introducirme en el río y dejarme flotar con los pájaros río abajo, acompañándolos hasta que llegamos a aguas batidas en donde la fuerza de la corriente era tal que allí no se atrevían las gentes. Si por una parte estoy casi totalmente seguro de que sobrevivieron, por otra parte también puedo decir que me fue sumamente difícil salir de aquellas aguas tan batidas.

En el caso de los animales domésticos, la tarea de liberarlos era aún mucho más difícil. No quiero entrar en detalles aquí, pero si puede uno hacerse a la idea de que se trataba de encontrar a alguien quien pudiera adoptar al animal y que fuera de la suficiente confianza como para saber que no lo volvería a vender a algún carnicero.

Supongo que uno de los casos más sobrecogedores para mí era cuando veía algún grupo de perros hacinados en jaulas tan estrechas que apenas tenían espacio para moverse. Los animales miraban con los ojos perdidos a un lado y a otro temblando y en un estado de irrealidad. En algún lugar cercano podían olfatear la sangre que caía del cuerpo de algún congénere suyo y cuyos aullidos de terror aún retumbaban en la estrecha prisión de sus jaulas.

La primera vez que vi aquello, no pude evitar un profuso torrente de silenciosas lágrimas. Sí, -tengo que decirlo- sentí un profundo desprecio por nuestra especie, esa especie que con prepotencia se permite parasitar el planeta entero y arrasar la naturaleza y matar a todos los animales.

Hoy en día no pienso así. Sé que los seres humanos también pueden ser educados para empatizar con la naturaleza y con sus seres. Sé del amor profundo de algunos seres humanos y respeto para con el resto de los seres vivos, se de aquellos quiénes fueron los Pieles Rojas o de los Tibetanos o de los Aucas o de aquellas tribus de Papúa Nueva Guinea, quienes apercibidos de la existencia de la civilización, han optado por la opción de seguir en sus selvas y no tener más contacto con la nuestra.

En cuanto a aquello que había sentido al ver el sufrimiento de los perros, alguien me dijo que lo mismo hacía nuestra civilización Occidental con los cerdos y haciendo honor a aquella reflexión, tuve que pensarlo.

Los cerdos son unos mamíferos sumamente inteligentes y que saben percibir perfectamente en que momentos se aproxima la matanza y llegan a sufrir tanto que sienten el mismo shock que sienten los perros. Todos aquellos quienes han tenido como animal doméstico un cerdo Vietnamita certifican eso; que son tan inteligentes como los perros.

Sin embargo en Occidente los cerdos pueden vivir toda la vida hacinados de mala manera esperando el momento de su muerte con escasa legislación de maltrato animal que les proteja, a diferencia de los perros que por fortuna si gozan de protección.

La reflexión es para decir que ninguna cultura es inocente.

También estas reflexiones sirven para expresar lo siguiente;

Todos podemos comer carne a expensas de saber de dónde procede, todos podemos ser crueles con los seres más débiles a expensas del anonimato, todos podemos dejar que sufra un ser vivo por nuestra culpa, todos podemos pensar que el resto también lo hace y que la humanidad es así, pero esto, esto no es cierto, no todos los seres humanos son así.

Son los seres humanos más evolucionados los únicos capaces de dar ejemplo a aquellos quienes piensan que el ser humano pueda llegar un día a estar en armonía con la naturaleza.

Y en muchos lugares de Asia, existe el concepto del Karma, aquél por el cual algún día nos llegarán las consecuencias de nuestras acciones.

Respetemos a la Madre naturaleza como ella nos ha respetado hasta hoy.

La especie humana no puede sobrevivir sin Madre naturaleza.

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