Cazadores de ratas en Camboya

Como en otras ocasiones y durante las lluvias del monzón, un grupo de jóvenes y adultos de una de las áreas más pobres de Siem Reap me habían vuelto a invitar a sus cacerías de ratas; si bien mi interés no iba más allá de captar con mi cámara sus acciones, esta vez quería averiguar el porqué aquellas correrías les resultaban tan importantes.

Mientras atravesábamos los arrozales inundados con el agua hasta la cintura, todos portaban al hombro unos fusiles de fabricación casera capaces de impulsar con fuerza las varillas de un paraguas afiladas a modo de arpón y un pequeño bidón de gasolina, al tiempo que me relataban sobre la significación de los roedores en su dieta.

La época de las Kandau (ratas en idioma Khmer) era una época ansiada por las pobres gentes del lugar por una razón sencilla; si bien gran parte de su dieta consistía en arroz y productos vegetales, la llegada del monzón representaba una gran oportunidad para la ingesta de proteínas y esto era posible gracias al aumento del nivel de las aguas, que traía consigo mayor pesca, mayor presencia de ranas comestibles y una mayor abundancia de ratas concentradas en áreas pequeñas no inundadas.

Esta era la única manera en que las gentes más humildes podían equilibrar su deficiente dieta, aunque en países vecinos como Tailandia, las ratas habían llegado a ser apreciadas como una suculencia culinaria con elevado precio de mercado.

Tras llegar a un islote de fango en medio de los arrozales, los más jóvenes se pusieron a excavar en el barro, exponiendo las madrigueras y derramando sobre ellas un poco de gasolina, sobre la que arrojaron unos trozos de papel y de madera a los que habían prendido fuego. De inmediato, en la salida del único agujero que no habían tapado ni llenado de humo, comenzó a darse un trasiego de ratas, que emitiendo pequeños gritos salían corriendo en todas las direcciones, mientras la gente las cazaba a palos o aplastándolas con sus pies con fuerza para que no les mordieran y luego arrojando sus cuerpos dentro de un saco. Después de aquel primer asalto, dio comienzo la caza con los arpones.

Todos nos escondimos detrás de unas plantas en silencio absoluto, mientras los que sostenían los pequeños fusiles de madera observaban por encima, hasta que veían algo o escuchaban un chapoteo y de inmediato disparaban su artilugio, con tanta certeza que nunca erraban su blanco.

Terminada la cacería, volvimos a atravesar los arrozales ya cuando casi el sol había desaparecido en el horizonte, mientras todos entonaban alegres cánticos por la gran abundancia que les había traído aquel día. Después de asar y comer algunas de las ratas, improvisaron un pequeño puesto de venta ambulante y a la luz de una oxidada lámpara de petróleo vendieron el resto a los viandantes que transitaban un camino de tierra.

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