El Peluquero de Phnom Penh

A veces –algunas veces- es así que uno se para en el tiempo y, lucubrando, expone en la maraña de su pensamiento aquellas cuestiones que pudieron o pudieron no haber sido, aquello que una vez prometió pero nunca llego a ser y aquello que también prometiendo logro despegar más sin embargo tocado del ala, truncado desde un principio, y como tal y perdiendo el vigor de su vuelo, se estrelló para siempre en el jamás, figurando incógnitamente en unos supuestos archivos del universo, en donde quedan registradas todas aquellas semillas de lo que una vez potencialmente fue bello pero que por alguna razón nunca pudo llegar a ser.

Muchas veces y caminando meditabundo, había reflexionado sobre aquella cuestión, la referente al sentido de la existencia de todos aquellos seres vivos cargados de un inconmensurable potencial de belleza pero que la propia naturaleza del universo se había encargado de silenciar antes de que concluyera su desarrollo. Es como la gloria de su potencial nunca se hubiera escrito, como si su historia nunca hubiera podido figurar para la historia.

Una cría de delfín varada en una playa, la vida de un elefante detenida por la bala de un cazador, un niño muerto en una guerra, la mirada llorosa de una cierva atropellada agonizando bajo la niebla del invierno a un lado de una carretera; por si alguien quiere saber a qué me refiero.

Y si alguien quiere saber también a qué me refiero, lo expondré aquí, refiriéndome a aquella etapa de aquella mi vida espoleada por las vivencias del Sudeste Asiático.

Por aquellos días en que vivía en Camboya, había escogido vivir en la riqueza.

En la riqueza, sí, pero que nadie se confunda, el instrumento medidor de riqueza que a lo largo de mi vida siempre había escogido, nada tenía que ver con la riqueza económica, sino con el grado de libertad; en la misma medida en que no era prisionero ni cautivo de posesiones materiales para cuyo mantenimiento había de estar continuamente trabajando, en la misma medida era libre. Claro, no era una riqueza visible, sino más bien un reverso de la ostentación y un reverso tan marcado como la luz podía serlo frente al oscuro ébano de la noche.

La ropa –por poner un ejemplo- no la compraba nunca por su marca sino por su precio, y que solía ser el más barato y además, solía comprarla al peso.

“!Deme un kilo de camisetas, bongpro! (hermano) Solía comunicar al llegar al concurrido mercado del Phsar Kmei de Phnom Penh.

A veces, incluso compraba la ropa de segunda mano, aquella ropa prácticamente nueva que abandonaban los turistas e iba a parar a las manos de algún mercader de la urbe. Como ya me conocían, solían dejármela a precios insignificantes.

Por supuesto, era plenamente consciente de que cuando me invitaban a algún acontecimiento de postín la gente no me iba a dejar entrar ataviado de aquella manera, pero también lo era de que ese precisamente era el precio que pagaba por mi libertad, y a mi modo de ver, se trataba de un precio de lo más exiguo.

La conclusión de todas aquellas acciones encaminadas hacia un vivir tan modesto, paulatinamente se me habían ido traduciendo a la liberación casi total de mi existencia frente al yugo del consumo, y poco a poco había ido ingresando en los fastuosos dominios de la libertad, unos dominios para muchos incógnitos, indescifrables, pero que siempre estaban ahí, así como el oxígeno tan puro de quienes respiraban el aire de las montañas o de las junglas que aún quedaban en Ratanakiri. Una libertad al precio baladí de un menor consumo, una formula evidente y tangible, pero que de alguna manera se hallaba hipnóticamente oculta a la sociedad de consumo.

Fue precisamente aquella mi tendencia por sobrevivir con lo menos costoso, la que un día me llevaría a conocer al peluquero más barato de Phnom Penh, un peluquero que por menos de lo que costaba media taza de café negro y humeante de Vietnam, era capaz de cortar el pelo a sus clientes con tan impecable estilo, que de haber sido en otras circunstancias y en otros lugares –precisamente en aquellos pertenecientes a la sociedad de consumo-, hubiera podido amasar no insignificante fortuna.

Fue aquel peluquero casi desconocido y el añoro de lo que pudo haber sido de él, lo que me llevo a escribir la presente historia.

Cuando amanece en Phnom Penh –y esto quiere decir apenas repuntando el sol- sus calles se pueblan de gentío, de ruidos, de tuc tucs, de ciclos, de una algarabía de coches, motos y de gritos de vendedores ambulantes, todos fluyendo en sentidos a menudo contrapuestos, invadiendo las aceras, asaltando los oídos.

En las calles cercanas al Palacio Real, algún mono huye con lo que ha robado a un vendedor ambulante, y los mainates, descollando con la algarabía, entonan su a veces tan bello canto para poco más tarde dejar que su cadencia quede truncada bajo el trueno ametrallado de algún viejo tubo de escape.

Es entonces cuando la ciudad se hace caótica, y todos sus habitantes deciden contagiarse de la cotidianeidad.

Tras la paulatina erosión de las sombras bajo luz del alba de un sol ascendente, numerosos actores de diferentes antiguos oficios se dispersan por las aceras, desplegando sus puestos de vendedores de fruta, de zapateros remendones, de peluqueros que atienden a sus clientes en la misma calle, de mecánicos de bicicletas, de herreros que rescatan su caja de herramientas encadenada a una vieja farola o a un árbol bendecido por monjes Budistas de la Sangha de Kampuchea.

En algún otro lugar de la capital, los cánticos de los monjes de los Watts (Pagodas) entremezclan su sonido y el aroma del incienso con el lento Alahu Akbar de una Mezquita Cham, produciendo un efecto irreal, casi onírico.

Fue así –en una de esas mañanas oníricas- como conocí a Dara, aquel peluquero de Phnom Penh al que me refiero.

Mientras esperaba para poder cortarme el pelo, Dara rescataba poco a poco aquel modesto y viejo utillaje del que se servía para ganarse la vida, y que se hallaba encadenado a una valla; una silla metálica de barbero, una silla de plástico y una gran sombrilla para el cliente que hubiera de esperar, además de un espejo, una cajita metálica con tres oxidadas tijeras, algún cepillo y cuchillas de afeitar.

A decir verdad, cualquiera que le hubiera visto montar aquella su modestísima expresión de peluquería de aquella guisa y de aquel modo lleno de entusiasmo en que solía hacerlo cada mañana, hubiera podido evitar un breve arrebato de compasión o siquiera de tristeza, y, el que lea esta historia, comprenderá a lo que me refiero.

Nadie que hubiera visto a Dara cada día, hubiera evitado sentir una cierta admiración por el entusiasmo lleno de esperanza y de sonrisas con que acometía su rutina diaria, una día a día encaminado a poder ganar siquiera lo suficiente como para hacerse con un plato de arroz, y si había suerte, un arroz “zai moan” (con pollo), pero claro, aquello ocurría sólo cuando le sonreía la luz de su buen Karma, ese que reluce en todos los seres honrados y que embellece nuestro mundo de los humanos.

Si un testigo hubiera podido permanecer allí, frente a aquella acera de la calle número 174 – ya que las calles de Phnom Penh se conocen por sus números- hubiera presenciado la paradoja que parecía esconder la vida de Dara, y que solía manifestarse cuando éste terminaba de organizar su puesto de trabajo concluyendo su último preparativo antes de esperar a algún cliente; llegado ese momento, el joven peluquero parecía henchirse de un orgullo tan desbordante que lo llenara todo, semejante a aquél de un padre que presentara a su única hija recién nacida ante un grupo de desconocidos que aguardaran a conocerla.

Provisto de una aún mayor satisfacción si era observado, el joven solía dar algunos pasos hacia la acera colindante, y al llegar junto a un pequeño ciclomotor, sacaba una llave y procedía a arrancarlo, para después aparcarlo junto a su puesto, tras con gran esmero haberlo limpiado con una esponja y recubierto con una lona.

Por supuesto, aquella operación no hubiera revestido la más mínima importancia para testigo que se preciara y ni tan siquiera se hubiera podido haberse delatado como paradójica, de no ser por lo que aquel modesto vehículo realmente representaba para Dara, pero intentaré explicarlo.

Fue durante los años en que viví en Phnom Penh en que pude comprender lo que aquel ciclomotor significaba para la vida del joven Dara.

Dara –o al menos de lo que se deducía de sus palabras- no era nadie.

Era pobre, de una de esas familias Camboyanas tan pobres en que un techo se percibía como un lujo inalcanzable y el agua fresca para beber como una bendición. Una de esas familias habitantes de la calle en que cuando algún alto mandatario tenia a bien visitar la ciudad, eran expulsadas a donde fuera como elementos sobrantes, como elementos de más de estética desgajada, como aquellos seres humanos cuyo nacimiento no bastaba para garantizar una acogida entre el resto de los de su especie.

Dara era hijo de una existencia no justificada, de una existencia que desde que había llegado a este mundo, había tenido siempre que justificarse y pedir perdón.

Perdón por su presencia.

Perdón por su existencia.

Perdón por ocupar un lugar.

Perdón por haber tenido que ocupar un nuevo lugar cuando había sido expulsado de un antiguo lugar –incluso cuando allí había nacido.

El mismo perdón que había escuchado de los labios de su madre para hacer tiempo y que la policía pudiera descargar sobre ella –antes que sobre sus hijos- esos porrazos que se destinan a los que no tienen nada cuando han de abandonar su chabola para dejar que los que tienen mucho puedan tener aún más.

Dara había conocido el hambre, la venta de la virginidad de su hermana Sreiniang al mejor postor cuando apenas tenía nueve años, la larga agonía de su padre (el viejo herniado cantero que cuando ya no era útil había sido despedido junto a su tuberculosis) en medio de la calle, a la vista de los viandantes, despidiéndose como todos aquellos que no podían financiarse una atención sanitaria en Vietnam o en Tailandia.

Había agradecido a los monjes la cremación gratuita de su cadáver, había ayudado a su hermano el recoge latas, había pedido limosna en un Watt junto a su madre. Había adoptado el gatito de Sreiniang, había regalado el gatito de Sreiniang por no poderlo alimentar.

Pero Dara también había luchado.

Había luchado por llegar a ser alguien, por llegar a llenar de orgullo la memoria de su madre o la de su padre el cantero.

Había creído en su sueño, y, poco a poco, se pudo transformar en el peluquero callejero más conocido y barato de la calle 174 de Phnom Penh.

Cuando al final del día Dara se retiraba para buscar algún lugar en donde dormir, su ciclomotor aguardaba reluciente bajo la lona, reluciente.

Reluciente y lleno de esperanza –o al menos lleno de esperanza para su dueño henchido de orgullo-.

El cómo entonces había conseguido que alguien le avalara para poder hacerse con aquel vehículo para mí fue siempre un enigma, pero lo que sí sé es que se trataba de un préstamo, o al menos así me lo había referido otro de sus clientes. Un préstamo, en que dados sus ingresos, seguramente habría de financiar durante gran parte de su vida, pero eso para él no tenía importancia.

Sí, sé que es difícil de comprender, pero si alguien hace empatía, entonces podría saber acerca de aquella paradoja y añoranza que se agitaban en la mente del joven peluquero, además del verdadero motivo que le impulsó a obrar así.

Aquél ciclomotor significaba ni más ni menos que la justificación que había añorado durante toda su vida, esa justificación mediante la cual se podía sentir como alguien ante los demás.

Incluso cuando un policía le había multado por multarle –llevándose su salario de tres días y medio- se había sentido orgulloso, pues había quedado ante aquél como alguien que poseyera el suficiente dinero como para ser multado, como alguien que venía de algún sitio y se dirigía hacia algún sitio, lo que implicaba –y eso le llenaba aún másde gozo- que el policía seguramente pensaba que tenía casa, que comía todos los días, y es posible que incluso pensara que tenía televisión.

Más de una vez en que alguien había dirigido sus ojos despectivos hacia su modesta vestimenta, Dara había corrido hacía su moto como si de su salvación se tratara y se había subido arrancándola, dejando que el motor anunciara que él era su dueño, y que por lo tanto era alguien y que por lo tanto no se le podía mirar así.

Aquel ciclomotor lo era todo. Constituía su pasaporte para el mundo de los humanos y del qué dirán

Era su vida.

Hoy hace ya algún tiempo.

Me daba pena abandonar Phnom Penh.

Me daba pena abandonar Camboya.

Dicen que cuando alguien sabe que va a morir, de repente y provisto de desmedido afán se apresura a rescatar del tiempo todas aquellas vivencias que en su fondo y por su naturaleza ya sabe insalvables, e incluso a poder –en poco tiempo- vivir todo aquello que en aquel lugar destinado al olvido nunca se atrevió a vivir.

Así, y de algún modo, lo fueron siempre las despedidas.

Aquellas caras que uno ya no volvería a ver.

Aquellas gentes y lugares que uno sabe que no volvería a ver.

Aquellas experiencias, que si bien uno nunca volverá a sentir, vivirán dentro de él, tallándole, formando y esculpiendo su personalidad de manera incógnita a los ojos de los demás, como una especie de vestimenta interna.

Así, y de algún modo, lo fueron siempre las despedidas.

Javier Sánchez-Monge: Dara
Javier Sánchez-Monge: Dara

En mis últimos días en Camboya, volvería a recorrer las calles de Phnom Penh.

Y cuando pasé por la calle 174, allí seguía el puesto de Dara, pero él no estaba allí. A la hora de su trabajo no estaba allí.

Me hubiera gustado decirle adiós y haberme cortado el pelo por última vez, pero al faltar aquél, tome la cámara y fotografié sus dos sillas e instrumentos de trabajo, que se hallaban encadenados a la valla, como solía hacerlo cuando no trabajaba.

Curiosamente me llamó la atención el que todo su instrumental se hallaba con gran aspecto de abandono y de descuido –ciertamente no del estilo del joven peluquero-.

Y cuando me iba a ir, un vendedor de cocos ambulante al que conocía me saludo, y le dije que me quería despedir de él y que me despidiera también de Dara.

Pero, fue entonces cuando el vendedor me comentó que ya no podría ser.

Había sido – no sé muy bien cómo expresarlo- uno de esos episodios que los ingleses llaman “hit and run” tan típicos de Phnom Penh, uno de esos en que un gran todoterreno –asimismo de gran lujo y cilindrada- perteneciente a esas élites millonarias que se han formado en el país a costa de vender sus recursos naturales a las grandes superpotencias, se chocaba contra un pobre desconocido y para ahorrarse la multa le dejaba agonizando sobre la acera en medio de un charco de sangre.

Allí, inmortalizados en mi fotografía, quedaron candados los útiles de peluquero de Dara, junto a una vieja valla.

Y allí junto a una vieja valla, quedaron sus sueños sepultados en el siempre y en el jamás.

Y es esto precisamente, a lo que me refería en el principio de esta historia; al potencial de todas aquellas existencias que por un choque del destino nunca pudieron llegar a ser.

¿Podría alguien tal vez, dar fe del sentido de todas esas existencias que el destino habría de frustrar?

Donde quiera que estés, descansa en paz Dara.

Únase a más de 1100 personas que apoyan nuestro periódico

Podrás comentar, enviar sugerencias y además podrás acceder de forma gratuita a eBooks, póster y contenidos exclusivos de nuestros colaboradores.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.