La mayoría de los europeos nos hemos alegrado de los resultados de las elecciones estadounidenses llamadas ‘de medio mandato’ (midterms). Y hemos sentido alivio porque la ola antitrumpista ha sido tan clara que ha aplastado –antes de nacer– un posible cuestionamiento del voto. En ese sentido, tenemos el sentimiento íntimo de que la lógica –o su viejo arraigo democrático– ha prevalecido. Nos ilusiona, desde luego.
Sin embargo, el tiempo anterior a Donald Trump no volverá sin más. La política exterior de la Casa Blanca seguirá más pendiente de Asia y Oriente Medio que de Europa. Eso incluye la molesta guerra de Ucrania.
La guerra política interna que quizá está a punto de empezar en Washington –entre el legislativo y el ejecutivo– puede que no sirva del todo para apaciguar las querellas de Washington y Bruselas. En algunos puntos, podemos encontrarnos con lo contrario: Trump puede querer mostrarse más agresivo para demostrar que impone los intereses estadounidenses sobre su reales o supuestos exaliados.
Y desde el punto de vista de Trump, que mantiene sus poderes ejecutivos –no hay que olvidarlo–, sus acuerdos con Putin sobre los carburantes, en especial sobre el gasóleo, prevalecerán. Su timón sigue orientado, y es su orientación preferente, hacia Asia y el Pacífico, pues Trump sigue la estela ya marcada por sus predecesores demócratas (Barack Obama y Joe Biden).
Ucrania es un estorbo para la Casa Blanca que apenas le sirve para reafirmarse en la idea de que ni los países de la Unión Europea, como tampoco el Reino Unido o Noruega, se preocupan lo suficiente por su seguridad. Y en la OTAN, fuera de ese ámbito, apenas queda Turquía, potencia media situada entre los Balcanes (parcialmente prorrusos) y los imprevisibles avisperos de Oriente Medio.
Puede que los saludos y los discursos de las cumbres atenúen su desarrollo desagradable, su frecuente sabor a podrido. Eso quizá mejore; aunque el estilo no elimine el distanciamiento y aunque pueda reaparecer un cierto tono diplomático que parecía perdido.
Nadie ha olvidado los discursos, imágenes y gestos humillantes de Trump ante los líderes europeos. Sus amenazas de captura de Groenlancia por la fuerza; ni tampoco el discurso de su vicepresidente J.D. Vance en la Conferencia de Seguridad de Munich (febrero de 2025) dando lecciones a Europa sobre la supuesta decadencia de su civilización, así como sentando cátedra sobre sus amenazas internas (migración, debate cultural, etcétera), más peligrosas –según Vance– que Rusia o China. Quizá ya ha quedado demostrado que ese tipo de discurso imbéciles alarman, pero sin obtener demasiado. Al contrario, son contraproducentes para sus propósitos, para lo que pretenden.
Con independencia del bofetón contra Trump que representan las midterms, tenemos que ser conscientes de que éste sigue al cargo de la política exterior de los Estados Unidos y de su política militar. Su amabilidad y servilismo ante Vladimir Putin parece ser casi congénito. Y parece difícil que el Congreso de mayoría demócrata – que no se constituirá formalmente hasta enero–esté en condiciones de parar del todo algunos malos impulsos.
En el continente americano, México y Canadá no ceden fácilmente a sus presiones. Y Brasil y Luiz Inacio Lula da Silva acaban de dar otro bofetón previo a Trump. Pero es dudoso que lo haya asimilado lo suficiente, porque previamente ya había establecido en América Latina un círculo de líderes serviles de extrema derecha a los que inspira ideológicamente y que seguirán sirviendo sus intereses.
El multilateralismo no es un concepto que viva bien en las mentes cerradas –y encerradas en sí mismas– que dominan la Casa Blanca. Por ejemplo, ¿cabe esperar un cambio de actitud ante el Tribunal Penal Internacional (TPI), una rectificación de las sanciones contra sus magistrados? Desde luego que no. Sobre su política comercial quizás. Los nuevos congresistas pueden hacer ver que la nueva mayoría no es tan aislacionista. Canadá puede esperar una mayor flexibilidad de su vecino.
Sobre el TPI, baste recordar que EEUU no acepta esa instancia de la justicia internacional. Nunca llegó a aceptarlo, a pesar de que diera algún paso favorable. Porque si bien Bill Clinton firmó el Estatuto de Roma que creó eL TPI en el año 2000; su ratificación en Washington no llegó a ser votada en el Senado. Y después George W. Bush retiró oficialmente la firma de su predecesor, cuando el TPI ya estaba establecido en los Países Bajos. Esos dos presidentes pretendieron apoyar al TPI a condición de que dicha corte internacional dejara claro que los soldados y ciudadanos de EEUU quedarían exentos de los procesamientos del Tribunal Penal Internacional domiciliado en La Haya.
Trump ha dado otras vueltas de tuerca: ha endurecido la política estadounidense hacia el TPI. En octubre de 2026, reforzó las sanciones que ya habían castigado a los miembros del Tribunal. En realidad, no ha hecho otra cosa que seguir una línea anterior ya marcada por otros.
Las recientes palabras de Vance aceptando la influencia que la guerra de Irán ha tenido en la derrota de los republicanos sugiere la búsqueda más rápida de la paz con Teherán, aunque el régimen de los ayatolás pueda demostrar así su resiliencia. Para los ciudadanos estadounidenses, la inutilidad y los perjuicios de la aventura bélica de Trump y Benjamin Netanyahu han quedado demostrados. Vance y Trump lo saben.
Cabe especular sobre el futuro del Secretario de Defensa, el belicista Peter Hegseth. Si fuera sustituido, parece difícil que lo vaya a sustituir una paloma. Será otro halcón con vocabulario menos virulento, puede que algo más apaciguado. Nada más.
Podemos pensar, incluso, que en los próximos meses, no sabemos si más allá del primer período del nuevo Congreso, Donald Trump podría mantener a Hegseth para permitirle repuntar el conflicto iraní hasta un cierto límite, hasta que pueda lograr el retorno a la mesa de negociaciones y el fin formal de la guerra. Los estadounidenses ya han votado contra ella.
De modo que la Casa Blanca se sentirá obligada a hilar más fino, ya que ante cualquier repunte bélico, habrá nuevas manifestaciones y movilizaciones, además de una espiral reacciones de la clase política. Los bombardeos tendrán que ser más o menos aislados y caracterizados por un cierto equilibrio. La desconfianza de los viejos aliados árabes está ya incrustado en los reflejos de los líderes de los países árabes más ricos. Washington tendrá que tener un mayor autocontrol y apalabrar cada paso con sus aliados árabes.
Sobre Israel, pocas esperanzas de cambio interno profundo. Con o sin Netanyahu. Y tampoco el lento deterioro de la opinión norteamericana hacia el Estado sionista modificará de repente la percepción mediática –ni la férrea alianza– de su bloque gobernante con Washington. Una alianza en la que no hay líneas claras de la subordinación mutua y no queda claro quién depende de quien.
Respecto a Ucrania, un Trump más débil ante el Congreso puede verse obligado a ceder un mínimo ante Ucrania. No parece que eso vaya a cambiar su percepción sobre el Kremlin. A este respecto, el canciller alemán, Friedrich Merz, ha sido explícito: «Francamente, si Trump no ha tenido en cuenta al Congreso durante los dos últimos años, ¿Por qué va a cambiar ahora?»
El propio Trump se ha apresurado a recordar que puede seguir su espiral de decretos presidenciales y ejercer legalmente su posibilidad de vetar leyes y decisiones de los congresistas. Su punto débil reside ahora en la mayor capacidad de la cámara para lanzar comisiones de investigación, exigir comparescencias o requerir archivos y documentos ayer reservados por la presidencia del país.
En este sentido, François Heisbourg, del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres, señala hacia el dosier ucraniano desde el punto de vista de los negocios de amigos y familiares de Donald Trump, empezando por el amigo Steve Witkoff y su yerno Jared Kushner. «La corrupción está en el corazón de la forma de gobernar de Trump, y este motor puede apagarse. Witkoff y Kushner están ahí para llenarse los bolsillos. Tendrán que dejar de ser los guiñoles de Ucrania y Oriente Medio», declara brutalmente Heisbourg.
De modo que su derrota electoral crea nos alegra a los europeos, a la mayoría al menos, sí. Pero no cabe esperar demasiado de Washington mientras Donald Trump siga domiciliado allí. Ni siquiera invitará a bailar a Ursula von der Leyen en la inauguración de su próximo y flamante salón de baile de la Casa Blanca.
Las heridas electorales debilitan al presidente Trump y a su equipo. En ningún caso liquidan los poderes de Trump. El pato cojo es empecinado y tiene un pico muy duro. Es probable que mangenga su retórica nacionalista, al mismo tiempo que finge o sugiere otras posiciones, sin cambiar de manera sustancial hacia la UE. La ministra austriaca Beate Meinl-Reisinger ha dicho que «independientemente del resultado electoral [en EEUU], nuestra prosperidad y seguridad, de Austria y de Europa, no pueden depender de cómo vota la gente en Kansas o en Iowa». Europa y los europeos debemos tenerlo muy en cuenta.
Fuentes:
https://www.epc.eu/publication/europes-headaches-over-the-democratic-victory-in-the-us-midterms



