Ladrar y comer

Teresa Gurza¹

La situación en Cuba me recuerda lo chocante que me parecía que burócratas soviéticos, aparatishcki, que conocí en la URSS, Checoslovaquia y Alemania Democrática, se murieran de risa contando chistes dizque [sobre] críticos del régimen.

Yuri Andropov
Yuri Andropov

A los países socialistas llegaban funcionarios rusos de diferentes niveles, en putiofka; que no significa lo que usted pudiera pensar, sino estar «en comisión de servicio».

Los enviaba el Partido Comunista de la Unión Soviética, PCUS, para cerciorarse, entre otras cosas, de que no hubiera desviaciones.

Y su chiste favorito hablaba de dos perros que se encuentran en la frontera; el soviético quiere salir a ladrar y el capitalista entrar a comer.

Se hacían [los] tontos, porque sabían que sus compatriotas no podían ladrar, pero tampoco comer bien.

Durante mi estancia en Moscú, de octubre de 1982 a principios de 1985, la característica de los almacenes era los anaqueles semivacíos.

Había siempre riquísimo pan negro y pepinos encurtidos, mantequilla finlandesa y kefir, leche ácida, poco apetitosas latas de pescado y papas, coles, cebollas y zanahorias aguadas y medio podridas.

Supe que no daban bolsas, paquetti, cuando recién llegada fui lejísimos a comprar diez huevos que acabé tirando porque se rompieron y derramaron por mi abrigo.

Me fascinaba ir al teatro Bolshoi, para, en los entreactos, comer pastelitos y «sandwichitos» de caviar.

Y cuando «aparecían» delicatessen como esturión ahumado o productos extranjeros, radiobabushka, comunicación entre abuelas, subía las antenas y salían multitudes a comprar, entre aglomeraciones y desencantos.

Un 8 de marzo, día de la renchina, mujer, las vecinas no paraban de llamarme porque para festejarlas, el gobierno había importado brassiers franceses y ya estaban en la tienda de ropa del barrio.

Por curiosidad, volé al lugar. La temperatura estaba bajo cero y nevaba; para evitar resbalones, habían echado serrín en el suelo que, mezclado con la nieve que escurría de las botas, parecía puré.

Como no había probadores, todo era al tanteo y resultaba entre cómico y dramático ver a las clientas colocarse los sostenes sobre la ropa para, decepcionadas, calcular medidas; porque eran volúmenes imposibles de entrar, en esos coquetos portabustos.

De todos modos, venta había; se compraba para intercambiar con conocidos, porque el trueque era común y, generalmente, procedía de artículos robados de los centros de trabajo.

Cuando «aparecieron» ralladores de queso alemanes, las colas llegaron casi a Polonia; porque en esa URSS que presumía de liberación de la mujer, no existían licuadoras, lavadoras, ni otros utensilios que le facilitaran el trabajo doméstico.

Y un diciembre que «aparecieron» helados de fresa y chocolate, había solo de vainilla; mi amiga Liuda me tenía aburrida repitiendo lo adelantada que era su rodina, patria, por tener helados de tres sabores.

Le conté que en México había más de treinta; no me creyó y, mirándome con lástima, me aconsejó no acomplejarme por pertenecer a un país subdesarrollado; ya nos llegarían tiempos mejores.

Frente a los elevadores de cada piso de los edificios de departamentos había un cubo, con hediondez constante, para los sobrantes de comida.

Pasaban quincenalmente a recogerlos y se afirmaba que servían para alimentar animales de las granjas estatales; no era de extrañar que salieran espantosos.

Era abismal la diferencia entre los flacos pollos soviéticos, olorosos, grises y mal desplumados, y los llegados de Hungría.

Escaseaba el papel de baño y se atesoraban jabones y detergentes de la India, porque los locales ni hacían espuma ni quitaban mugre.

Los comedores populares, estalobayas, eran infames; se podía comer delicioso en restaurantes elegantes y comprar con dólares en las berioshkas, y lo hacía con alguna frecuencia, pero era caro y, además, quería conocer cómo se vivía.

También eran caras las carnes y verduras que vendían koljosianos de las repúblicas soviéticas asiáticas, en su mercado moscovita.

Sorprendía que pudieran producir privadamente productos excelentes y el Estado fuera incapaz de hacerlo; se decía que por la sangría que, en vidas y recursos, había significado la Segunda Guerra Mundial.

Pero hasta yo cosechaba tomates mejores que los estatales, de una mata que puse en la cocina; como había calefacción, se sintió como en un invernadero y creció enorme y rapidísimo.

Las citas médicas tardaban meses; faltaban medicinas y máquinas para fabricar tabletas y cápsulas; y las aspirinas se vendían en polvo, en sobrecitos de papel estraza.

Antes de llevar trajes a la tintorería, había que descoserles los botones para que no se achicharraran; señalar las manchas, identificando si eran de vodka, pepino, mostaza o mayonesa y, como usualmente encogían, terminaban en una comissione, tienda de segunda mano.

La realidad contrastaba con la información del principal noticiero nacional, Bremia, que aseguraba que la URSS era la nación más adelantada y abastecida del mundo, pese al gasto de la ayuda a Cuba y a otros países.

Pero de ella era consciente el director de la KGB, Yuri Andrópov, y al convertirse en máximo dirigente de la Unión Soviética tras el fallecimiento de Leonid Brézhnev, en noviembre de 1982, inició reformas reconociendo que el socialismo estaba lejos de alcanzarse.

  1. Teresa Gurza es una periodista mexicana multipremiada que distribuye actualmente sus artículos de forma independiente

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