Los Exámenes (Bacalaureat): un thriller sobre la culpa

El director rumano Cristian Mungiu, quien ya ganó la Palma de Oro en Cannes 2007 con la película 4 meses, 3 semanas, 2 días, ha vuelto a ser galardonado en la edición de 2016[1], esta vez a la mejor dirección, por la película Los Exámenes (Bacalaureat), premio ex aequo con Olivier Assayas por Personal Shopper[2].

Los Exámenes es un thriller psicológico que aporta un minucioso análisis sobre la culpa derivada de la corrupción entre la clase media rumana. Esta culpa se muestra difusa hacia el pasado, como una especie de pecado original, pero por las acciones que el protagonista acomete en el presente, podemos inferir las del pasado, cuando él y su mujer, dos jóvenes universitarios suficientemente preparados, regresaron a Rumanía en el 91 esperando encontrar el ansiado cambio.

Es seguro -y así nos lo da a entender él mismo repetidamente- que entonces tuvo que hacer cosas horribles para llegar a situarse como médico, y aún así: su mujer, bibliotecaria, sufre horribles jaquecas, su hija se rebela contra sus trapicheos y el mejor regalo que puede llevar a su amante, que es profesora en el colegio de su hija, tampoco tuvo que ir muy lejos, es una bolsa del supermercado con productos de primera necesidad.

El argumento no puede ser más idílico, empezando por el nombre del protagonista: «Romeo se encuentra en la cocina frente a la ventana abierta y mira los trenes que pasan en la distancia. Se está haciendo de noche ahí afuera. Es julio. Romeo tiene que hablar con Eliza y todavía no sabe qué decirle. La paternidad y envejecer se están volviendo cosas difíciles para él últimamente. Se siente cansado, su vida se ve tan diferente a lo que imaginaba cuando tenía treinta.»

Éste es Romeo, el personaje principal, médico de profesión aparentemente bien situado y padre ejemplar de una única hija que saca sobresalientes en todo. Pero un día se levanta con una pedrada en el cristal de la amplia cocina donde prepara el picnic de la niña y otra mañana es el parabrisas el que estalla en añicos; acto seguido, su hija es víctima de un ataque sádico que le deja la muñeca derecha herida, lo cual es fatal para los exámenes de reválida que ha de pasar (Bacalaureat) si quiere estudiar con una beca en Inglaterra. Es el sueño del padre, que su hija logre lo que a él se le negó. Para ello ha de sacar 9’5 sí o sí y es entonces cuando el padre empieza a mover los hilos de un sistema que está ya engrasado para girar solito a nada que se le toque.

Y como en toda buena historia, no puede faltar el humor, negro y blanco: la rueda de reconocimiento a los sospechosos del ataque sádico y los métodos de relajación del jefe de policía (oscilando por consejo médico entre el Yin y el Yan cuando tiene en sus manos los exámenes, por cierto, ¿por qué no modifica él mismo las notas y se acaba ya la porfía?), resultan tronchantes.

Imaginamos a Romeo como un personaje estresadísimo y así es, pero en medio de la vorágine, veremos también surgir algunos gestos individuales en momentos de tensión máxima en los que el padre enlaza con la rebeldía de la hija (se niega a entregar al moribundo a la fiscalía, ni siquiera pare negociar el futuro de las pesquisas que lo alcanzarán a él), y al final este Romeo se nos mostrará trágico y en cierta manera heroico porque todosen su entorno esperan algo de él, sabiendo que, como buen pater familias, no los meterá en líos y cargará él solo con la culpa.

Curiosamente, y como suele ocurrir también en España, aquí las generaciones primera y tercera son coincidentes en su rebeldía, saltándose la de en medio (la de los protagonistas del desencanto) que parece perdida para siempre.

Otra curiosidad es la música: como clase media, la música que escuchan en el coche, en casa, por los cascos, es clásica, excepto al final, donde se oye una banda en rumano del tipo de la televisiva Chicos y chicas de Preu.

Enlaces:

Cannes 2016: «Baccalauréat», un drama humano de Cristian Mungiu

Cannes 2016: decepción total con los franceses  Assayas y Nicole García

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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