Los gallegos que desembarcaron en el puerto de Buenos Aires

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Roberto Cataldi[1]

Las migraciones hoy son un tema de conflicto y honda preocupación humanitaria, pero también hace un siglo eran motivo de no pocas dificultades. El tema siempre tuvo sus claroscuros.

A los italianos que llegaban al puerto de Buenos Aires muchos los llamaban “tanos”, aunque no hubieran nacido en Nápoles, y a los españoles “gallegos” pese a no haber nacido en Galicia.

Mi abuelo materno era de Pamplona y desembarcó con apenas veinte años, animado por la ambición de hallar un porvenir que no le ofrecía su tierra. Le fue bien, pero como muchos otros, jamás volvió de donde partió.

Recuerdo que en mis días de Madrid, algún colega me decía socarronamente: “Ah, tu vienes de Buenos Aires, la capital de Galicia”. Claro, en Galicia no llegan a los tres millones de habitantes, y dicen que en la Argentina habría cerca de cinco millones de personas con al menos un ancestro gallego. También he oído que a las provincias de La Coruña, Lugo, Orense y Pontevedra, habría que añadirle Buenos Aires como quinta provincia de ultramar. En fin, no hay duda que la inmigración gallega de los siglos XIX y XX en la Argentina fue muy numerosa y quizá  la más importante.

Cuando finalicé la universidad, inmediatamente hice algunos cursos que no tenían nada que ver con mi profesión. Uno de ellos consistía en reunirnos una noche por semana para dar conferencias sobre diferentes temas, a menudo improvisando.

En una oportunidad, cuando un hombre de aproximadamente 60 años terminó de exponer, otro de edad similar lo increpó de manera destemplada generándose entre ellos una acalorada discusión. Todos quedamos atónitos. Los dos procedían de España, habían llegado siendo adolescentes y mantenían la tonada de origen. No recuerdo el tema, pero sí que no ameritaba semejante discusión. Al finalizar me retiré con el profesor y ya en la calle me comentó que el padre de uno de ellos, gallego republicano, había sido asesinado por franquistas, mientras que el otro tenía todo el aspecto de un hombre de derechas.

En el Centro Gallego de Buenos Aires llegué a conocer protagonistas de la Guerra Civil. Como ser, tengo un buen recuerdo del poeta republicano Arturo Cuadrado, quien fundó en Buenos Aires una editorial de poesía que se caracterizaba por dar pérdidas.

Me han comentado que desde su editorial Botella al Mar habría sido el primer editor de Julio Cortázar. Arturo era un hombre distinguido, muy elegante, yo diría un típico bohemio. Llegué a asistirlo como médico en alguna de sus internaciones. Solía cruzarlo en los pasillos del hospital y él se detenía para saludarme con  gran amabilidad y un cierto dejo de ceremonial, propio de otra época.

Supe que finalizada la guerra, Pablo Neruda, quien estaba de diplomático en Francia, le facilitó un salvoconducto que le permitió viajar a Buenos Aires, y también que durante el primer gobierno de Perón tuvo que exiliarse en Montevideo. En la Avenida de Mayo (la calle de los españoles) hubo incontables refriegas entre los dos bandos durante la Guerra Civil. Allí está emplazado el Hotel Castelar, en cuyas tertulias Arturo Cuadrado solía contar que en el frente de batalla, cuando debía disparar su fusil contra el enemigo, levantaba la mira para evitar matar a un hermano.

En el Centro Gallego de Buenos Aires fui jefe de servicio por concurso abierto a cargo de la internación por casi dieciocho años, también fundé y dirigí el programa de residencia médica acreditada por el Ministerio de Salud de la Nación, donde pesó mucho mi condición de catedrático de medicina interna, hasta que la corrupción vio en mi un obstáculo y decidió mi remoción aduciendo razones de “reorganización interna”. Al irme escribí una carta denunciando las serias irregularidades y el vaciamiento institucional que se estaba llevando a cabo por un director enviado desde la Península.

Claro que la corrupción es como el tango, se necesitan dos para bailarlo. Esto sucedió en el 2003 y ningún diario de Buenos Aires publicó la misiva, pero sí lo hizo el semanario Galicia en el Mundo, donde con anterioridad se había publicado un artículo mío sobre “Medicina, moral y ética” debido a  mi condición de bioeticista. El periódico me sorprendió, ya que le dio un lugar destacado a la información y puso como título: “El peor momento del Hospital Centro Gallego de Buenos Aires”.

Pues bien, eso ya es historia y, desde entonces la institución sigue decayendo, al momento de escribir esta nota se halla tomada por sus trabajadores. Claro que no es un hecho aislado, aquí otras instituciones de salud que otrora fueron económicamente sólidas terminaron en manos de aviesos personajes que destruyeron un legado ejemplar.

En Buenos Aires he sido jefe por concurso en tres hospitales de diferentes colectividades (quizá sea el único caso), y en todos he comprobado cómo miembros de las comisiones directivas, privilegiando sus intereses personales, traicionaron la generosa voluntad de aquellos migrantes que fundaron sus “hospitales de beneficencia” con la misión de ayudar a los coterráneos procedentes de ultramar, una loable tarea que sus descendientes han menoscabado.

CastelaoRecuerdo que en el segundo piso de mi servicio en el Centro, había una habitación permanentemente cerrada que se la declaró museo, porque allí murió Alfonso Rodríguez Castelao en su prolongado exilio argentino. En efecto, Castelao murió en el hospital en 1950 y dicen las crónicas de la época que su cortejo fúnebre dejó estupefacto a los porteños por la multitud de gallegos que lo acompañaban y que bloqueaban la tradicional Avenida Belgrano. Tengo entendido que en la Península la dictadura franquista censuró la noticia de su fallecimiento, al extremo de que si en la nota necrológica llegaba a mencionarse su cualidad de político, había que dejar sentado que estuvo errado y que Dios en su misericordia debía perdonarle sus pecados.

Castelao junto con Rosalía de Castro son los dos máximos símbolos del pueblo gallego. Rosalía, por su parte, era hija natural de un sacerdote y de una hidalga soltera, declarada hija de padres incógnitos, se salvó de la inclusa al ser criada por familiares. La lírica española a través de los siglos ha tenido trascendencia universal, y dentro de ésta debemos reconocer a la lírica gallega. Rosalía junto con el sevillano Gustavo Adolfo Bécquer son considerados los precursores de la poesía española moderna.

A Castelao se lo conoce como político (elegido en 1931 diputado para las Cortes Constituyentes de la Segunda República) además de poeta, pero también escribió narrativa, teatro, ensayo, fue dibujante y pintor, y para colmo médico.

Creo que se hubiera hallado muy cómodo en la época del Renacimiento, ya que su formación lo equiparaba al de una figura renacentista. Estimo que fue un intelectual en el genuino sentido del término, como lo reveló con su defensa de la identidad gallega dentro del Estado español, el gobierno autonómico, así como el uso del idioma gallego.

Hay una frase célebre que recogen sus cronistas: “Me hice médico por amor a mi padre; no ejerzo por amor a la humanidad”. Es una frase que tengo presente y que ante determinadas situaciones suelo repetir ante mis alumnos y discípulos.

Hace unas semanas Castelao, cuyos restos se hallan en el Cementerio de la Chacarita,  volvió a ser motivo de conflicto a través de un cuadro de su autoría. La obra se llama “A derradeira lección do mestre” (La última lección del maestro), un óleo de dos metros de altura donde aparecen dos niños llorando ante el cadáver de su maestro que fue fusilado de un tiro en la sien por franquistas. El maestro fusilado el 17 de agosto de 1936 era Alexandre Bóveda, según he podido leer, y el carácter simbólico está dado porque fue uno de los cientos de maestros republicanos asesinados.

Para algunos es el Guernica de Galicia. El cuadro fue cedido en préstamo y se halla formando parte de una muestra en España que tengo entendido es muy concurrida.

Castelao lo pintó en su exilio y es propiedad del Centro Galicia de Buenos Aires, sin embargo según noticias periodísticas hay quien considera que no debería volver a Buenos Aires, pues, pertenecería a Galicia y allí debería quedar. Sin embargo sus legítimos dueños no están dispuestos a venderlo,  sostienen que su lugar está en donde Castelao pintó el cuadro y vivió su exilio.

El lienzo forma parte de las obras de los derrotados que en la soledad del exilio y con la voz rota dejaron su testimonio. Un testimonio hoy recogido por las jóvenes generaciones, sedientas de verdad y justicia, por ello la polémica reaparece, después de 80 años las heridas se reabren, pues, es evidente que nunca cicatrizaron. Entiendo que muchos de los derrotados no quisieron o no pudieron emigrar, y debieron vivir un exilio interior. No sé cuál es más duro.

Muchos gallegos que asistí en sus dolencias en el Centro Gallego me dijeron que iban allí porque esa era su casa, así lo sentían. En realidad, Buenos Aires, con sus múltiples defectos que no me cansaré de criticar, fue, ha sido y es la casa de los gallegos en el exilio. Miles y miles de gallegos que descendieron de los barcos, al igual que migrantes de otras procedencias, encontraron su lugar en el mundo en la cosmopolita Buenos Aires.

Pero también hoy se debaten en la Península por el lugar donde irán a parar los restos de otro gallego, generándose una grieta más. En fin, no se puede vivir en el pasado y, añorarlo es como correr tras el viento, dice un proverbio ruso. Lo grave es  que la dirigencia política, las “élites iluminadas”, las corporaciones financieras, prefieran ignorar lo trágico que fue el Siglo XX para los europeos en general y para los españoles en particular.

Cuando se inicia una guerra, nadie sabe cuántos muertos, heridos e inválidos costará, en todo caso se trata de “daños colaterales”. Pienso que si la política no funciona resulta imposible solucionar el problema suprimiéndola, a lo sumo habrá que cambiar a los políticos, hallar gente capacitada y honesta que esté convencida de que la tarea de gobierno es un servicio público como Castelao seguramente pensaba. La política es inevitable, aunque nos irrite, y como toda actividad humana es mejorable.

  1. Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldo Amatriain (FICA)

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2 Comentarios

  1. También aportar sobre la alusión a Alexander Bóveda, que no era maestro, sino funcionario de Hacienda, y uno de los miembros de la comisión redactora del Estatuto de autonomía de Galicia, en Pontevedra tiene un monumento donde fue fusilado y entre otros muchos recuerdos hay un libro de homenaje colectivo ‘Coroa poética para un mártir’ con versos de distintos poetas.

  2. Leí con atención el artículo sobre “los gallegos” de Buenos Aires, en el que se alude a Castelao, símbolo de la Galicia perseguida y ultrajada por el régimen franquista en lo que la identifica como un país singular en el concierto del mundo. Político, artista, ensayista, médico, exiliado. Autor de “Sempre en Galicia”, escrito precisamente en el exilio, que muchos tenemos como una especie de “biblia” del galleguismo político y humanista. Hay que agradecerle al articulista el respeto y la admiración con que lo trata, muy lejos de la utilización espúrea a que lo están sometiendo los que, como el presidente autonómico Núñez Feijóo, son herederos ideológicos de aquellos que lo persiguieron y exiliaron. Acaba de utilizar como escenografía el cuadro “A última lección do mestre” (homenaje de Castelao al galleguista republicano Alexandre Bóveda) que forma parte de una exposición sobre Castelao, para dar un discurso de fin de año en el que abogó por castigar a quienes defienden actualmente ideales con los que se identificaría Castelao si viviese.
    Hay un dato que no se ajusta a la realidad: los restos de Castelao ya no descansan en La Chacarita, sino en el Panteón de Galegos Ilustres, ubicado en la iglesia que actualmente forma parte del complejo “Museo do Pobo Galego”, en Santiago de Compostela. Esos restos fueron trasladados a Galicia en 1984.

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