Matadero de Madrid

Con los delantales machados de sangre salían los matarifes del Matadero a tomar unas cervezas en los bares de la colonia de Pico del Pañuelo donde vivíamos. Y yo les veía como si la muerte fuera algo normal y la vida una sucesión de carreras por las aceras, partidos pequeños de fútbol, hombres salpicados por la sangre de animales muertos por ellos y beber el agua de las fuentes.

Madrid, Matadero antes y ahora
Madrid, Matadero, foto de archivo y en la actualidad

 

Una tarde se escapó un toro del Matadero. Acababan de bajarlo de un camión e hizo caso omiso (ningún caso) a quienes creían tenerle dominado y convencido de cuál era su destino. Y el toro eligió otro camino, uno que empezaba en la plaza del General Maroto y acababa no me acuerdo ya dónde.

Hoy el Matadero oculta sabia, jovialmente, tras su capa de auténtica cultura, su pasado de sangre y vísceras y alimentación de un Madrid para antes y después de una guerra. Hoy, Matadero, sin su artículo, es un ámbito donde el pasado y el futuro se rozan misteriosamente.

El siglo XX se fue posando sobre la capital de España con las buenas intenciones que suelen traer siempre los siglos. Y pronto le dejó junto a su río Manzanares, camino del Tajo al que no sabe bien que se dirige, un espacio donde el sur de Madrid iba a ser el estómago de la imposible capital de la Gloria, de la ciudad enseguida con un millón de muertos. Matadero como eslogan de la carnicería que abrasará el país de arriba abajo.

Yo llegué al siglo XX y al barrio del Matadero poco antes de aquellos 25 años de paz. Llegué a las casas más cercanas al lugar de muerte y despiece de aquellos animales criados para dar dinero a unos pocos y de comer (literalmente) a muchos. Carne. Comer carne en el último siglo humano durante el cual fue difícil encontrar quienes quisieran acabar con aquella práctica humana milenaria.

Crecí mientras el Matadero seguía siendo aquello para lo cual fue construido. Comencé a envejecer cuando el Matadero dejó de ser aquello para lo cual fue construido. Conocí a Marga cuando el Matadero era ya la maravilla que es hoy, y que pareciera que fuese para lo cual fue construido: un mundo vaciado de su pasado sanguinolento para hacer que lo que brilla en los espíritus indomables de los artistas pueda depositarse suavemente sobre los sentidos de quienes necesiten ser rescatados de sus naufragios.

Cerca muy cerca de Matadero, acariciándolo, abarcándolo, deslumbra el espectáculo vital de Madrid-Río, esa pretendidamente fastuosa construcción faraónica que yo amo, pero no tantísimo como a Marga. Marga, que nos contó a todos que en Madrid-Río, “por la mañana prontito, las gaviotas desayunan y tienen tal guirigay montado que si cierras los ojos escuchas el mar”. El mar.

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