Open Arms: la muerte en vida en nuestras costas

Hablamos desde la poltrona de la riqueza, de ese status que hemos adquirido por haber nacido en el primer mundo; es que de tarde en tarde nos hace quejarnos porque hoy, es agosto y no tengo las vacaciones perfectas. Acaso estas son esas que me permiten decir, porque yo lo valgo y desde una nueva estancia, veo cómo las olas del mar golpean mis muslos que ya lucen bronce. Ese ejemplo es el de cualquiera de nosotros que tiene sus más o menos, y también disfruta de días de asueto y relajación y cuyos tiempos en plural, se pierden mientras se tumba en una toalla, hace una paella o se come una mariscada al borde del mar.

Luego, en el mismo mar, unas personas que no han tenido suerte, se tiran al agua, sí, han oído bien, para lograr llegar a tierra; a la tierra prometida, acaso la nuestra, en donde no reciben nada más que una manta, un trozo de pan y todos los insultos posibles.

Son personas, personas humanas como dijera alguna vez una portavoza en un acto que procuraba la igualdad, pero qué poco nos acordamos de la igualdad cuando hablamos de refugiados que son como usted o como yo. Personas, repito, que tuvieron una vida, una historia, una familia, unos estudios, y todo se lo llevó el mar.

La mar de Alberti o el Mediterráneo de Serrat, se tiñe de dolor cuando vemos que entre sus olas ya no solo convive el plástico del primer mundo que por dejadez ha acabado ahí, allí se comen los peces a las personas que no llegaron nunca porque entretanto se perdieron en la travesía de la muerte. No hablamos de Richard Gere que al menos ha llegado en su yate y ha procurado algo desde la fama y el trono; no hablamos de ignorarlos o de decir que vayan a Ibiza a divertirse según apuntaba Salvini, hablamos de personas que van a morir tarde o temprano, porque como reses, están muertas en vida.

Y hoy, tumbados para mayor gloria de los que nos ven, nos untamos de crema la piel ya tostada y escuchamos, leemos y vemos acaso en los medios de comunicación que cientos de personas están en un barco español que no tiene dónde atracar. Esas personas no se han muerto afortunadamente pero están muertas y sentenciadas. En sus ojos existe el dolor de la infamia, de la violación de derechos; el de la mirada de la humildad que no pide nada salvo amparo; el del dolor por haber partido y acaso el dolor por haber llegado a ningún lugar.

No hablamos de a dónde van, hablamos de dónde vienen. Vienen de la guerra, del hambre y del genocidio; de lugares en donde nosotros no hemos visto ni en foto, porque en la amabilidad de los días de vacaciones no nos interesan nada más que las idioteces en donde manejar nuestras pequeñas frustraciones. ¿Y saben por qué? Porque no tenemos nada. Tenemos un trabajo, una casa, una familia, unos hijos, unos problemas sin final feliz pero no tenemos realmente en dónde encontrar eso que ellos buscan.

Tenemos todo y no tenemos nada porque no entendemos nada más que lo nuestro.

Nuestro egoísmo ha hecho que no solo nosotros, sino las generaciones que vienen detrás, no miren otra cosa que su mirada perturbadora delante acaso de un selfie y esta sea proyectada al mundo porque yo lo valgo de nuevo; esa frase que nos contaron en un anuncio de la caja tonta. Es así de lamentable, así de real; así de triste. Y en definitiva, nos importa nada y menos que esas personas estén en un barco; ese de la esperanza que se llama Open Arms, pero que no tengan a dónde ir.

No es cosa nuestra, pero sí de los gobernantes que votamos, porque casualmente, querido lector, todos somos responsables de lo que les suceda a esas personas que han muerto ante los ojos de nuestra sombrilla amarilla; esa que destaca con el naranja del bikini y la pamela a juego y en esa vanidad vanidades estamos inmersos porque ninguno se moja, mire usted por dónde.

Esto es una reflexión en voz alta; una contradicción si hablamos constantemente de derechos humanos; si entendemos la vida con el buenismo que nos venden porque hay que hacerse la foto con un niño a ser posible de color, para que luego en las redes sociales hablemos de lo guay que soy. Y no, no somos guays, somos una panda que ni siente ni padece, que es capaz de dejar al abuelo en la gasolinera; que es capaz de matar a un niño por odio a su mujer o de colgar un perro de una soga mientras agoniza.

Menos golpes de pecho y más acción; menos decir y más hacer; esto no va de naranjas, azules, morados o rojos; más empatía por los que sufren que puede que estén a nuestro lado, en la otra toalla y ni siquiera hemos reparado; y saben la razón, porque comprometerse con un ser humano supone perder un poco de nuestro preciado tiempo y darlo al que no tiene, al que sufre, al que está solo o al que se está ahogando es un problema que no queremos asumir.

Sigan disfrutando del verano y sálvese el que pueda que viene que ni pintado. La conciencia y el razonamiento finalmente es lo único que nos distingue de los animales y estos nunca abandonan a sus iguales. Gracias a todos los que visibilizan el dolor y hablan en nombre de los que han perdido hasta la identidad; a todos los que se dan a los demás, ¡chapeau! y a los que se han sentido ofendidos, vaya por delante mi disculpa. Es una reflexión ante la importancia que para mi supone ver a un ser humano sufrir. Supongo también, que es nuestra asignatura pendiente, pero a todos nos llega, no se crean.

Feliz verano, no obstante.

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PhD, Doctora C.C. Información / Periodista / Editora Adjunta de Periodistas en Español / Divulgadora Científica / Profesora Universitaria / Fotógrafo / Comprometida con la Discapacidad, los Derechos Humanos, la Infancia y la Tercera Edad / Miembro Consejo Asesor de la Fundación Juan José López-Ibor / Miembro del Comité Asesor de Ética de Eulen Servicios Sociosanitarios / Miembro de The International Media Conferences on Human Rights (United Nations, Switzerland) / Presidenta de D.O.C.E .- (Discapacitados otros Ciegos de España) - www.asociaciondoce.com / Coautora del libro EL CEREBRO RELIGIOSO junto a la Profesora López-Ibor. Editorial El País Neurociencia https://colecciones.elpais.com/literatura/62-neurociencia-psicologia.html / Autora del Libro Fotografía Social.- Editorial Anaya / Consultora de Comunicación Médica. www.consultoriadecomunicacion.comContacto Periodistas en Español: [email protected]

4 Comentarios

  1. Este es el relato romántico de la emigración, pero hay otro relato que habla de tráfico de migrantes y la implicación de Open Arms…

    • En este periódico no escribimos relatos, damos información contrastada.

  2. Verdad o mentira. El caso es que la inmigración es un negocio. Sorprenden que estos barcos de estas ONG se sitúen en puntos estratégicos y las mafias aprovechen para cargar decenas de subsaharianos y otras nacionalidades para traerlos a Europa. Que se oculta, cual es la autentica verdad del Open Arms. Hay que acabar con este trafico humano, un trafico que se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del siglo actual

    • Antonio, estás mal informado, los barcos de rescate actúan también cuando les avisan los servicios de salvamento de Malta e Italia, como ha ocurrido con la última actuación del Open Arms. Deberías preguntarte por qué estos barcos de rescate de las oenegés no actúan en El Estrecho, porque la respuesta es muy esclarecedora, aquí son los propios barcos de Salvamento Marítimo los que rescatan a los náufragos.

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