Stfan Zweig y Joseph Roth: una amistad

Dos libros recientes rescatan las relaciones de amistad entre dos escritores perseguidos por el nazismo

Verano de 1936. En España acaba de estallar una guerra civil provocada por el alzamiento de las tropas fascistas del general Franco contra un gobierno republicano democráticamente elegido. En Alemania, el nacionalsocialismo de Adolf Hitler cumple su tercer año en el poder y la persecución contra judíos e izquierdistas se hace cada vez más violenta.

Xulio Formoso: Zweig y Roth

En Ostende, una localidad de veraneo en la costa belga del Mar del Norte, coinciden un puñado de intelectuales procedentes de Alemania y Austria perseguidos por el nacionalsocialismo. Entre ellos hay dos escritores que mantienen una fuerte amistad desde hace años. Son Stefan Zweig y Joseph Roth.

El primero, trece años mayor que Roth, es un escritor de éxito internacional y de vida mundana, dueño de una mansión en Salzburgo, que ayuda a Roth a salir de una crisis a la que lo han precipitado una vida de bohemia y alcohol y el exilio provocado por la persecución nazi, que quemó y prohibió todos sus libros. Los nazis prohibieron y quemaron también los libros de Zweig y registraron su casa y traspapelaron su colección de manuscritos (de Balzac, Tolstoi, Mozart, Dostoievski, Goethe…) y esta circunstancia une aún más a los dos amigos.

Roth acude a Ostende a instancias de Zweig, que intenta sacarlo del alcoholismo y también de la depresión a la que lo ha llevado la separación de su pareja, la actriz camerunesa Andrea Manga Bell, aunque Roth insiste en que sus mejores ideas literarias se las debe al alcohol.

Zweig está allí acompañado de su secretaria y amante, Lotte Altmann, con la que había llegado huyendo de las reacciones provocadas en Suiza por su crítica a Calvino, a quien comparaba con Hitler en su ensayo “Castellio contra Calvino”.

portada-ostendeEl escritor y periodista alemán Volker Weldermann ha recreado estos días del 36 en un fascinante libro que acaba de publicar Alianza Editorial: “Ostende. 1936, el verano de la amistad”.

Entre los intelectuales con quienes Zweig y Roth coinciden en Ostende están el periodista Otto Katz, el novelista Herman Kesten, el editor Willi Münzenberg (uno de los fundadores de Worker’s Film and Photo League), el cineasta Géza von Cziffra, el escritor Arthur Koestler, el dramaturgo Ernst Toller y su esposa la actriz Christiane Grautoff. Todos ellos se reúnen diariamente en el Café Flore para discutir sobre la situación internacional y planear el futuro.

Al grupo se une Irmgard Keun, una joven alemana aria de gran belleza, que tuvo la osadía de denunciar al gobierno nazi y pedir una indemnización por las consecuencias de haber prohibido sus libros. Huye de una Alemania “donde tenderos de ultramarinos y viudas de sargento aplican la filosofía de Nietszche”. Ha sido abandonada por su amante judío, huido a América, y entre el asombro de todos acaba profundamente enamorada del escritor decrépito y alcoholizado en que se había convertido Roth: “Cuando vi a Joseph Roth por primera vez en Ostende, tuve la sensación de ver a alguien que se moría de tristeza la hora siguiente”. Ella conoce todos sus libros, él ninguno de los de ella. Ambos son grandes bebedores y eso les une aún más. En Ostende Irmgard Keun hace a Roth y Zweig una famosa fotografía en la que ambos posan en una terraza soleada de un restaurante italiano.

Mientras Roth prolonga su estancia en Ostende, Zweig parte a Londres, donde residía, para embarcarse a Brasil desde Southampton. El barco hace escala en Vigo el 10 de agosto y Zweig se arriesga a conocer una ciudad en guerra en la que ve camiones llenos a rebosar de soldados, gente “maravillosamente bella”, escaparates de librerías donde sus obras están junto a los textos de Hitler. Una ciudad, dice, donde podría uno vagar durante horas sin darse cuenta de que la guerra está allí al lado. En su diario escribe que estas dos horas en Vigo le han resultado más intensas que todo un año en Inglaterra.

Aquel verano de 1936 fue especial para los dos escritores porque sus vidas se cruzaron por última vez en una situación en la que ambos podían aún controlar sus emociones. Cuando se vean la próxima vez, la última, en París, en 1938, ya ninguno de los dos sería el mismo. Abandonado por Irmgard Keun y después de escribir “La leyenda del Santo Bebedor”, una de sus mejores novelas, Roth moría al año siguiente en París, en la terraza del Café Le Tournon, mientras escribía. Cuatro años después Zweig y Lotte Altmann, con quien se había casado, se suicidaban en Brasil.

La vida por correspondencia

portada-Ser-amigo-mio-es-funestoStefan Zweig y Joseph Roth mantuvieron durante largos años una intensa correspondencia que ahora se publica en España con el título “Ser amigo mío es funesto. Correspondencia (1927-1938)” (Acantilado), en cuya portada se reproduce la famosa fotografía de Irmgard Keun.

La lectura de las cartas cruzadas entre Roth y Zweig permite conocer las vidas y las pasiones de ambos escritores, su profunda amistad, mantenida hasta el final, sus ideas políticas y literarias, sus gustos personales, sus filias y sus fobias.

Ambos escritores se intercambiaban sorprendentes revelaciones sobre sus vidas íntimas, sus problemas y las opiniones acerca de personajes públicos, algunos de ellos amigos comunes.

Roth, siempre con problemas de salud, los expone con una sinceridad brutal (“estoy muy débil, apenas puedo andar… cuando no vomito bilis y sangre tengo los ojos inflamados o se hinchan los pies… migraña, escalofríos, caída de dientes… me encuentro mal, no puedo escribir”).

Sorprende que dos personalidades tan diferentes hayan llegado a un nivel tan elevado de identificación y compenetración espiritual. Zweig era metódico y ordenado; Roth, despreocupado y caótico (no conservaba ninguno de sus libros), una actitud que despierta sorprendentes reacciones en Roth (“usted es sensato, yo no. Pero veo lo que usted no puede ver porque su sensatez le impide verlo”). Zweig era de costumbres virtuosas, incluso dejó de fumar; Roth estaba consumido por un alcoholismo que terminó por llevarlo a la tumba.

Los unía el hecho de que ambos eran judíos y que como tales sufrieron la persecución por el régimen nazi y el exilio, pero el judaísmo de Zweig no era comprometido y el de Roth era incluso crítico, hasta el punto de sentirse en lo religioso más cerca del catolicismo (“no veo nada, salvo la fe cristiana”). En lo político, Zweig estaba más cerca de una izquierda socialdemócrata, mientras Roth se definía como conservador monárquico y deseaba el regreso de los Austrias (“a veces me preocupa que mi orientación política me distancie un tanto de usted”). Zweig creía en la literatura para dar sentido a su vida, mientras que para Roth era más importante que las personas tuvieran qué comer (“¡La vida es muchísimo más bella que la literatura!”).

Ambos escritores se intercambiaban sus manuscritos para conocer sus opiniones respectivas, y muchas veces corregían los originales en función de estas opiniones (Roth a Zweig: “Yo separaría y acortaría las frases… alargaría el último párrafo… utiliza con demasiada frecuencia infinitivos sustantivados cuando existen los sustantivos correspondientes… anticipa demasiadas cosas al principio”).

En las cartas de Roth está siempre presente la queja: contra sus editores, contra su país, contra el sistema… y sobre todo hay un lamento permanente por su situación económica, para salir de la cual implora con frecuencia la ayuda de Zweig (“Se lo ruego, sálveme, me voy a pique”), quien le rescata en numerosas ocasiones con préstamos cuya devolución es más que dudosa, aunque las muestras de gratitud de Roth son permanentes (“Qué terriblemente perdido estaría yo sin usted”). Esta situación económica se manifiesta en toda su crudeza en esta correspondencia, y Zweig la atribuye a su adicción al alcohol, a no tener un domicilio fijo (Roth vivía continuamente en hoteles), a las ayudas que prodigaba con desprendimiento a amigos y compañeros y a la enfermedad de su primera mujer, internada en un costoso siquiátrico.

Zweig le aconseja permanentemente que abandone el alcohol (“no se invente sofismas de que el aguardiente le ennoblece y le vuelve sabio y productivo: envilece”), le recomienda que viva en hoteles baratos, que administre mejor sus gastos. Roth es incapaz de cambiar esta situación (“el alcohol, sí, acorta la vida, pero impide la muerte inmediata”) y únicamente ve la salvación en el trabajo. Escribe hasta 18 horas al día, publica artículos, relatos cortos, libros… que no pudieron salvarlo de la actitud autodestructiva que lo llevó a la muerte.

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Profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural Asignaturas: Información Cultural, Comunicación e Información Audiovisual y Fotografía informativa. Autor de "Qué es la fotografía" (Lunwerg), Periodismo Cultural (Síntesis. Madrid 2006), Cultura y TV. Una relación de conflicto (Gedisa. Barcelona, 2003) La mirada en el cristal. La información en TV (Fragua. Madrid, 2003) Perversiones televisivas (IORTV. Madrid, 1997). Investigación “La presencia de la cultura en los telediarios de la televisión pública de ámbito nacional durante el año 2006” (revista Sistema, enero 2008).

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