La Historia siempre sorprende y en ocasiones también divierte y dos artículos del portal History Facts, dan cuenta de ambas cosas.

Ahora tratamos de dormir ocho horas y es común tener insomnio, pero para quienes vivieron hace trescientos años dormir como nosotros lo hacemos sería un sueño, reseña Bess Lovejoy el 2 de abril de 2026.
Suponemos que sin tv, celulares y pantallas de luces brillantes, nuestros antepasados dormían plácidamente.
No fue así, dormir era una actividad comunitaria; las camas rara vez eran para una sola persona, la familia entera debía apiñarse en una y se esperaba que todos permanecieran quietos y no jalaran las cobijas, y en las posadas era habitual compartir cama con desconocidos.
Pero el principal problema eran los piojos, pulgas y garrapatas, además de perros, gatos y ganado que dormían con las familias.
Aún para quienes dormían sin animales, la noche no era tranquila; calor, frío y corrientes de aire se colaban por paredes y suelos; las chimeneas se llenaban de hollín y los orinales despedían aroma.
Entre los siglos quince y diecisiete, muchos europeos dormían sobre simples colchonetas de paja o cubiertas de trapos, colocadas en pisos de tierra, juncos o brezo.
El invierno usaban gorros y calentadores de cama, que eran recipientes con brasas o piedras calientes envueltas en tela; el fuego era una preocupación constante, cualquier chispa iniciaba incendios.
Y el miedo a brujas, espíritus y otras amenazas sobrenaturales que se creía que igual que los ladrones salían de noche, obligaba a estar a la defensiva.
Las ocho horas seguidas de sueño que hoy tanto se recomiendan, eran imposibles; se despertaba en mitad de la noche una o dos horas y esa «vigilia» se aprovechaba para rezar, charlar, limpiar la casa, visitar vecinos o tener «intimidad».
A partir del siglo dieciocho, las ideas sobre la noche evolucionaron; la Ilustración contribuyó a desterrar la asociación entre noche y maldad, y con el alumbrado público surgieron los cafés y la policía profesional, creció el entretenimiento nocturno y la gente se animó a trasnochar.
Ya desde el siglo diecinueve, dormir toda la noche era la norma para una vida saludable.
Empleos diferentes
Y si eran tan diferentes las noches, qué decir sobre los empleos entonces comunes.
Situada entre el apogeo del Imperio Romano de Occidente y el comienzo del Renacimiento, la Edad Media tiene fama de ser una época de retroceso en la civilización; las guerras asolaban Europa, los siervos trabajaban en pésimas condiciones para señores feudales y las enfermedades diezmaban aldeas sin poder prevenir el siguiente brote.
Situación que originó profesiones que cubrían las necesidades del momento.
El Cazador de ratas viajaba de pueblo en pueblo con algunas víctimas colgadas de un palo como propaganda, y las mataba con trampas o perros; esta profesión alcanzó esplendor en las infestadas calles del Londres victoriano.
Los Operadores de grúa con rueda dentada del Imperio Romano resurgieron en la Edad Media, para construir las magníficas catedrales y palacios que marcan el paisaje europeo.
Eran manejadas por uno o dos ciegos que por no poder ver hacia abajo, no les daban susto las alturas y caminaban por una especie de rueda de hámster gigante con una cuerda, levantando bloques de piedra de miles de kilos.
Sin embargo, este trabajo no era tan fuerte como el del actual peón de albañil, que sube por los andamios con pesados bultos sobre la espalda.
El Perdonador era designado por la Iglesia Católica para recorrer pueblos perdonando pecados y concediendo indulgencias a cambio de dinero; eran vendedores ambulantes de indulgencias,
Esto impulsó a Geoffrey Chaucer a escribir un capítulo de Los cuentos de Canterbury y posteriormente al reformista Martín Lutero; medio siglo después, en 1567, el papa Pío V sacó el empleo del mercado laboral, al abolir la venta de indulgencias.
El barbero-cirujano surgió cuando el Cuarto Concilio de Letrán, de 1215, prohibió extraer sangre a clérigos que, a principios de la Edad Media, practicaban diversos procedimientos quirúrgicos y médicos.
Y proporcionó una solución práctica a quienes sufrían dolor de muelas y querían cortarse el pelo al mismo tiempo.
Los barberos hacían hasta amputaciones y formaron el gremio de barberos-cirujanos de Inglaterra en 1540; la separación entre ambas profesiones se hizo hasta principios del siglo diecinueve.
El Batandor dedicado a suavizar telas para prendas de vestir, práctica que se remonta al antiguo Egipto; aún ahora se machaca la tela en un líquido jabonoso, pero entonces se sumergía en una tina de orina, considerada el mejor líquido por su alto contenido de sales de amonio, ideales para eliminar grasa y suavizar la tela.
Y por último el más increíble trabajo, el Flatulista, formaba parte de las cortes reales junto a bufones, malabaristas y acróbatas.
Su oficio era literalmente tirarse gases y el más famoso fue el inglés Roland el Pedorro, quien bailaba en la conmemoración anual de Navidad del rey Enrique II y terminaba «con un salto, un silbido y un pedo»; dejando al rey tan encantado que lo recompensó con una mansión en Suffolk y cien acres de tierra.
En Irlanda existieron también flatulistas y la profesión perduró después de la Edad Media; a principios del siglo veinte Joseph Pujol fue célebre por eso en Francia y Paul Oldfield, alias Mr. Methane, entró en el Libro Guinness de los Récords.



