El cura, los mandarines, la censura, la reina y el planeta

Hace muchos años, con ocasión del lanzamiento y promoción de un periodiquillo de opinión ciudadana en Salamanca, quise contar con el apoyo de algunos iconos de la cultura patria. Ni el escritor Torrente Ballester, vecino de esa ciudad a quien tuve oportunidad de tratar en diversas ocasiones, ni el académico y entonces catedrático de aquella universidad Víctor García de la Concha me prestaron la más mínima atención. Alguien me dijo entonces que mi publicación era en extremo progresista y que a esos dos señores les pesaba su pasado azul.

Gregorio-Moran
Gregorio Morán

Consideré demasiado rigurosa esa opinión y me limité a lamentar su indiferencia. Celebro que mi estimado y admirado Gregorio Morán haya tenido oportunidad de publicar su libro El cura y los mandarines. Historia no oficial del bosque de los letrados en la editorial Akal, luego de que Planeta lo apremiara a censurarlo si pretendía editarlo bajo su sello. No son once las páginas malditas, a juicio del editor Lara, que deberían haber sido eliminadas de la obra, sino tan solo un par, las que corresponden al excura García de la Concha, exdirector de la Real Academia de la Lengua (RAE) y actual presidente del Instituto Cervantes.

No ha sido nada comedido Morán, en la reciente rueda de prensa en la que habló de su libro, a la hora de glosar la figura de su paisano (natural de Villaviciosa), pues aparte de referirse a sus tiempos de magistral en la catedral de Oviedo y a su especialidad en la confesión de mujeres (como el canónigo Fermín de Pas de La Regenta clariniana), el escritor ovetense incidió en el pasado falangista del académico y en su talante reaccionario, hasta el punto de considerar al Espíritu Santo coautor de las obras de Santa Teresa. No satisfecho con esa recordación, Gregorio Morán considera a don Víctor un trepa de toda la vida, que logró sus ascensos en el escalafón desde que, como profesor en Salamanca, cultivó el pupilaje de Lázaro Carreter, académico y director de la RAE, además de guionista de esa peli de arte y ensayo titulada La ciudad nos es para mí, con Paco Martínez Soria.

Las páginas a censurar versan precisamente sobre la Academia de la Lengua, una institución en la que prima el trato de favor -según Morán-, relacionada con la editorial Planeta gracias a la publicación del diccionario del español, uno de los mayores negocios editoriales de los dos mundos, del que García de la Concha es colaborador eficacísimo, según expresión literal del propio José Manuel Lara. El autor de “El cura y los mandarines”, donde se hace una crítica de la cultura y la política en España desde principios de los años sesenta hasta 1996, dedica también hasta dos capítulos a Juan Luis Cebrián y al diario El País, periódico al que considera un “falso intelectual colectivo” y con cuya colección de ejemplares vivió una muy interesante aventura lectora.

Acerca de la editorial que debería haber puesto en las librerías su obra -a la que el autor ha dedicado nada menos que diez años de investigación-, apuntó Morán un último dato en torno a la concesión del último premio Planeta, el de mayor dotación en la literatura española: lo ganó Jorge Zepeda porque la reina Letizia trabajó como periodista en el diario que dirigía este escritor mexicano. No deja de ser notable coincidencia, además, que El cura y los mandarines se vaya a publicar finalmente en Akal (saldrá a la calle a finales de año, con alguna nota añadida sobre las páginas censurables), uno de cuyos sellos (Foca) publicó en su día Adiós, Princesa, el libro del primo de la reina, David Rocasolano, que tanto nutrió los mentideros con el pasado de la protagonista.

Más que nada, por reconocernos.

PS.- Lamento que mi querido y recordado amigo Manuel García Viñó, creador de La Fiera Literaria y crítico mayor y certero de la cultura y la literatura españolas en su libros y en esa públicación durante muchos años, no esté ya con nosotros. Seguro que apreciaría mucho la necesidad y edición completa de El cura y los mandarines, que no nos vamos a perder. Más que nada, reconocernos posiblemente en muchos de sus puntos de vista crítica.

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