La lengua existe desde hace cientos de millones de años y gracias a ella los animales salieron de mar, pero excepto cuando nos atragantamos, nunca pensamos en la nuestra.
Y fue evolucionando en aspecto y funciones.

«Azul y altamente prensil en la jirafa para protegerse del sol africano y poder bajar alimento, larguísima como la del oso hormiguero, casi papel de lija en los gatos, más suave y flexible en los caninos, veloz en el camaleón, o larga, oscura y bifurcada de las cobras reales, la lengua es uno de los órganos más versátiles y variados del reino animal», explican Caroline Steel y Jo Glanville, periodistas de BBC World Service, en un artículo del 5 julio 2026.
Y su entrevistado Callum Ross, especialista en sistemas de alimentación en la Universidad de Chicago, precisa que la diferencia es fundamental en ese órgano que ayuda a alimentarnos.
En África las jirafas comen muchas acacias cuyas espinas hieren la lengua, pero su saliva tiene propiedades antisépticas que ayudan a cicatrizarla.
La lengua bífida de las serpientes percibe las cosas de forma diferente en cada lado y huele señales químicas en el entorno, señala Ben Tapley, curador de anfibios y reptiles del Zoológico de Londres.
Añade que tienen en el paladar el llamado órgano de Jacobson, que detecta la dirección en la que se encuentra la persona o el animal detectado, con una precisión extraordinaria.
La de los loros, tiene un hueso adentro, dijo a la BBC Jessica Ray, cuidadora en jefe del Zoológico de Londres, es dura como cuero, oscura y un poco curvada, parecida a nuestro dedo índice, para permitirles cascar la nuez con el pico y pelarla separando lo que quieren y escupiendo lo que no.
Pero, si en algún momento de nuestra historia guacamayos y humanos compartimos un ancestro común ¿Cómo fue que ellos acabaron con básicamente un dedo dentro de la boca y nosotros con un músculo plano y rosado?
El biólogo Kurt Schwenk, de la Universidad de Connecticut, sostiene que todos evolucionamos a partir de peces que se alimentan con presas que flotan en el agua, abren la boca, succionan y la comida queda atrapada.
Mientras que en la tierra, hay gravedad; la comida tiene peso y hay que levantarla y en lugar de succionar, sacar la lengua para que entre a la boca.
Una vez dentro, se puede levantar, mover hacia adelante y empujar hacia la garganta para tragarla; porque la lengua de los mamíferos está cubierta de papilas, pequeñas protuberancias que ayudan a manipular los alimentos y percibir sabores.
Y lo especial de ella, es que al ser solo de músculo ganamos movimientos dentro de la boca; lo que es clave para colocar la comida de forma casi automática, en la posición correcta entre los dientes.
Lo que se hace dolorosamente evidente, cuando por accidente te la muerdes en lugar de la comida.
Y esa precisión casi invisible en el día a día, es posible gracias a una estructura anatómica sofisticada; porque se mueve usando solo músculo, sin huesos ni articulaciones; semejante al brazo de un pulpo o la trompa de un elefante.
Eso se llama hidrostatos musculares y funciona como un globo lleno de agua, si se quiere sacar el agua hay que apretarlo; si se quiere aplanar, hay que acortarlo.
Aunque usamos la lengua todo el tiempo, no pensamos en ella muy a menudo.
Siendo por ella que distinguimos lo dulce de lo amargo, encontramos una espina entre el pescado, sentimos lo que quema, formamos cada sílaba que entonamos y no lo hace nada mal con los helados.
Por si esto fuera poco, cada vez que tragamos nos salva de un desastre al empujar la comida hacia atrás a través de la orofaringe; donde se cruzan las vías respiratoria y digestiva.
Respiramos por la nariz y el aire baja hacia la tráquea, pero la comida tiene que ir hacia el esófago, que está detrás, y para que todo funcione la lengua se estrecha lateralmente y al hacerlo, parte de ella se desplaza hacia atrás, empujando la comida.
Este mecanismo solo funciona si la boca está cerrada, pero es fundamental para evitar que entre en los pulmones.
«A todos nos ha pasado, insiste Ross, que un bocado que se va por el camino equivocado y nos deja tosiendo; en personas sanas, es un susto pasajero, pero para quienes han perdido ese control por un derrame, Parkinson, cáncer y otras condiciones, cada bocado puede terminar en asfixia o neumonía».
En fin, para tragar, oler el aire, masticar, cazar presas, la lengua es una de las herramientas más versátiles de la evolución y fundamentales para la supervivencia.
Y toda esa diversidad surgió de un remoto ancestro acuático que un día abandonó el agua y enfrentó el desafío de alimentarse en tierra firme.



