Roberto Cataldi[1]
Los argentinos somos tango, dice una amiga psicoanalista, y un futbolero dirá, somos fútbol; pero más allá del tango, el fútbol, el asado, el mate y el dulce de leche, los argentinos que tenemos «conciencia moral», somos un mix de amistad, solidaridad, contrariedades y dignidad.
Nosotros vivimos preguntándonos qué nos pasa, y por qué nos pasa lo que nos pasa. Tenemos muchas preguntas y, de las respuestas se encarga la clase dirigente con sus abusivos privilegios, negocios oscuros, cipayismo e impunidad, lo que nos produce vergüenza ajena.
En mi juventud, a Buenos Aires se la conocía como la capital mundial del psicoanálisis y, nunca como hoy existen tantos trastornos de salud mental… El stress crónico domina el panorama nacional, sin embargo, la macroeconomía crece.
Hace tan sólo unas horas, perdimos de forma justa, honesta y respetando las reglas, el título de campeones mundiales, ante el campeón de Europa, después de haber terminado el partido en un empate, la selección argentina con un jugador menos expulsado y cuatro lesionados que seguían jugando… El DT del equipo español, maestro del DT argentino, sabía que si en el segundo alargue no definía el juego, en los penales la posibilidad de perder se convertiría en probabilidad, pues, había que vérselas con dos zorros viejos fogueados en definiciones de eventos mundiales: el arquero Dibu Martínez y el mejor jugador del mundo, ya con cuarenta años, a punto de retirarse con toda la gloria, Lionel Messi.
Mi hijo menor, en Madrid, fue haciendo el duelo mientras se desarrollaba el partido; consideraba una injusticia si iban a los penales y nuestra selección ganaba, pues, la española había jugado mejor. Un par de días antes, en Telediario aparecieron dos chicos de diez años, dialogando sobre las posibilidades del partido (la producción no les dio libreto) y, ambos se comprometieron a seguir siendo amigos más allá de quien ganase; el niño argentino es Joaquín, mi nieto mayor.
La amistad genuina es algo muy especial en nosotros. Como decía mi maestro Laín Entralgo, en su libro Sobre la amistad: «dejar que el amigo sea lo que él es y quiere ser, ayudándole delicadamente a que sea lo que debe ser». Y recuerdo a Aristóteles, en su Ética a Nicómaco (nombre de su padre y de su hijo, pero dedicado al hijo), cuando sostiene que es una virtud indispensable, que puede conducir a la felicidad.
Mientras se desarrollaba el partido, por WhatsApp llovían mensajes de diferentes partes del mundo, expresando su solidaridad: amigos, colegas, discípulos. Una paciente futbolera, que vive entre libros, me llamó: «Doctor de almas», tal vez porque los argentinos de bien, en lo que hacemos ponemos el alma. Y en la previa, comiendo chocolate negro por ansiedad, se me rompió un molar, quizá buscando subir la serotonina, la dopamina y las endorfinas, para que despierten en mi cerebro la felicidad.
Pues bien, como argentino estoy acostumbrado a las contrariedades, porque, «primero hay que saber sufrir, después amar, después partir. Y al fin andar sin pensamiento», dice la poesía tanguera.
Después de ganarle a Inglaterra y exhibir la bandera de Malvinas, ya habíamos ganado un lugar en la historia, e intuía que perderíamos uno a cero, se lo dije a varios.
Que la FIFA haya prohibido el ingreso de la bandera lo entiendo, pero que lo haya avalado el ejecutivo, resulta imperdonable.
Hace cuarenta años un submarino nuclear con información logística y asistencia del gobierno de Pinochet, hundió en la «zona de exclusión pactada» al viejo crucero General Belgrano, matando a 323 tripulantes, la mayoría jóvenes que cumplían con el servicio militar obligatorio. Así fracasó la digna mediación del peruano Belaúnde Terry, y Margaret Thatcher, a punto de ser removida, logró salvar su cargo, hoy los cipayos la elogian… Un crimen de guerra que jamás será juzgado, porque los crímenes de guerra de las grandes potencias jamás se juzgan.
Aunque los ingleses también padecieron a Thatcher y, parte de la población chilena padeció los crímenes de Pinochet. En fin, tengo muy fresca en mi memoria esta historia, pues, como decía Pablo Neruda, «Confieso que he vivido».
Yo fui uno de los que iba a la Plaza de Mayo a infundir ánimo, pero no a los dictadores sino a quienes exponían su vida con pasión por unas islas que pertenecen al territorio argentino y que la Pérfida Albión (según Napoleón), cínicamente desconoce, como lo ha hecho con el Peñón de Gibraltar.
Cuidado con la IA y el marketing, nosotros que manejamos la Inteligencia Natural y el silencio. El 14 de junio de 1982 Menéndez firmó la rendición (tachó «incondicional») y el cese del fuego, para que devolvieran a los prisioneros argentinos, contrariando la orden de la Casa Rosada, que negaba rendición o capitulación y solo aceptaba evacuación y retiro de tropas.
De inmediato, el Proceso Militar con Bignone comenzó la «desmalvinización», que fue seguida por el gobierno de Alfonsín, y al final, el presidente Menem, quien siendo candidato habría dicho que las Malvinas se iban a recuperar «a sangre y fuego», sin que ningún argentino de bien se lo pidiese, firmó en 1989 los «Acuerdos de Madrid», donde la Nación Argentina se rendía; tampoco el pacto fue discutido en el Congreso Nacional según la Constitución Nacional, una «ley de leyes» que se respeta cuando le conviene al poder.
En cuanto a la solidaridad, la divido en anónima y reconocida. De la primera veo ejemplos todos los días. En cuanto a la segunda, nuestros próceres liberaron a Chile y Perú, y evitaron colonizarlos. El canciller Saavedra Lamas, Premio Nobel de la Paz, en la Guerra Civil Española no reconoció a los dos bandos, porque la población española de aquí estaba dividida (se enfrentaban en la Avenida de Mayo), más allá de las simpatías de nuestro pueblo por la República.
El juicio a las Juntas Militares, finalizó con la frase histórica para los Derechos Humanos: «Nunca más». Mi colega René Favaloro, egresado de la Universidad Nacional de La Plata y formado en el Hospital Policlínico, como yo lo hice mucho después y a quien conocí, con su técnica del bypass coronario revolucionó la Medicina salvando millones de vidas humanas.
Podría seguir, pero no hay espacio ni tiempo. Escribo de un tirón a pocas horas de finalizado el evento deportivo, subrayando que la Selección nos devolvió la dignidad que nos mancillan los dueños del país y sus gerentes cipayos, pero que tengan cuidado, no somos tontos…
- Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)



