Se han acumulado esta semana las vergüenzas a la presidenta Claudia Sheinbaum y a su partido Morena.

Atrapada en mentiras, pierde agilidad mental y trastabillea cuando Donald Trump despepita acuerdos a los que asegura que ambos llegaron y de los que ella nada había dicho.
Ha reiterado que regala petróleo a Cuba por humanismo y soberanía de México y que de ese tema, no habló con Trump.
Pero cuando Bloomberg destapó que habían parado sus envíos, Trump sostuvo que le pidió no enviarlos y ella le obedeció.
Y como quiere quedar bien ante sus amigos, los dictadores cubanos, ahora les manda dinero, libros, comida; lo que sea.
Esta semana obedeció otra orden gringa: la de detener al narcoalcalde de Tequila, de quien hace dos años existían pruebas que trabajaba para el Cartel Nueva Generación, que le entregaba millonadas obtenidas de sus extorsiones a empresarios y comerciantes.
Todo indica que Sheinbaum debe estar prevenida porque Trump exigirá tiburones que más temprano que tarde deberá entregar; no puede seguir ocultando que en gran parte del país los narcos deciden quien manda, qué se vende.
Y quien se suma a la lista de 119 alcaldes asesinados y 130.000 mexicanos desaparecidos, entre los que están los diez mineros «levantados» en Sinaloa, cuyos cuerpos aparecen en fosas de todo el país donde por complicidad de las autoridades, deben cavar las madres buscadoras.
Cada vez que se le critica por defender indefendibles, Sheinbaum pide pruebas.
Pero cuando se las dan se enfurece y las califica de «ficciones» promovidas por la derecha; como lo hizo desde Michoacán, contra el The Washington Post; cuya articulista Mary Beth Sheridan afirmó que no combate a los cárteles del crimen como debiera, por las complicidades existentes con los políticos de su partido.
Nadie puede negar que López Obrador incrementó el poder de los narcos y sus vínculos con el Cartel de Sinaloa; que, se asegura, pagó su campaña presidencial.
El detenido alcalde Rivera es solo uno de los cientos de alcaldes narcos; la mayoría, como Rivera y Gerardo Cortés de Cuautempan, Puebla, apresado también esta semana, militantes de Morena.
Tras las tardías detenciones, Sheinbaum declaró que su partido «no puede ser paraguas para delinquir», pero pudo durante más de siete años.
Y la presidenta de Morena, Luisa María Alcalde, alardeó se rigen «bajo la convicción (sic) del combate a la corrupción».
Raro, porque las últimas encuestas muestran que el 83 por ciento de los mexicanos pensamos que la toleran.
Les decía en un artículo de hace seis años, que lo que a los morenistas molesta de los fifis, como llaman a los ricos, es no serlo.
Ahora que tienen el poder hacen lo que sea, para allegarse lujos y privilegios, porque no querían cambiar las cosas; sino ser ellos, los beneficiados.
Y para evitar que sus transas se conozcan, las ocultan por «seguridad nacional» por «soberanía nacional».
Por eso, escondieron sus robos y despilfarros en el Tren Maya; por lo mismo, reservaron por cinco años lo relacionado con el Tren Interoceánico y el accidente que mató catorce personas.
Culpabilidad que achacaron al conductor, a pesar de que entre 2023 y 2025 gastaron más de seis millones y medio de pesos, en capacitar al personal que lo manejaría.
Pero la vox populi señala como responsable al hijo de López Obrador, que supervisó de la obra y se llevó sus tajadas.
En fin, el premio para fifi de la semana es para el magistrado Hugo Aguilar, gastador de millones en camionetas blindadas, togas bordadas, alimentos especiales y el humo de copal para bañarlo en una «limpia indígena», cuando tomó posesión como presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Triunfó, porque este lunes dos su directora de Comunicación Social se hincó a sus pies para limpiarle los zapatos que, dijo, le ensució con nata y café; raro que los hubiera en un evento que no era desayuno, sino conmemoración del 109 aniversario de nuestra Constitución.
Nuestra triste fama internacional ganada a pulso por crímenes y tonterías de los últimos años, aumentó con la epidemia de sarampión; que se decía erradicado y por falta de vacunación a los niños en el sexenio de AMLO, estamos exportando.
Y por la calificación sobre derechos Humanos, en la que fuimos reprobados.
Otra vergüenza fue el salón de belleza que Morena instaló, en la Cámara de Senadores.
Su descubrimiento, seguido de clausura y reapertura en menos de tres horas, pescó a una senadora con la cabeza entintada; sin que sepamos si se le pasaron los minutos o el color negro piano que le quedó, fue porque así lo quería.
Dudo que pasara por ahí, para inflarse los labios o teñir de rojo su pelambrera, la gobernadora de Campeche, Layda Sansores, porque no parece ducha en secretos de belleza y sí en reprimir periodistas y robar recursos públicos.
Casi olvidaba contarles que en el Paseo de la Reforma y centro de la Ciudad de México hay ratas.
Y no me refiero a las morenistas, sino a unas de cuatro patas que la gobernadora de la CDMX, Clara Brugada, debía fumigar en lugar de andar recomendando a los medios bajarle a las informaciones sobre los diarios crímenes que ocurren en la capital del país.



