La última película del veterano y reconocido octogenario cineasta britanico Mike Leigh, y la radical ópera prima de un joven director chino Ah Biao, se llevan los dos premios más importantes de esta 74 edición del festival internacional de cine de San Sebastián: Concha de oro y premio especial del jurado respectivamente.

El director británico obtuvo también el premio al mejor guion, mientras Kate O’Flynn recibió, ex aequo, la Concha de Plata a la mejor interpretación protagonista.
O’Flynn compartió el premio con Asta Kamma August por Markens grøde / Growth of the Soil, de Hans Petter Moland. La película noruega se llevó además el premio a la mejor fotografía para Oskar Dahlsbakken. Javier Cámara ganó el premio a la interpretación de reparto por 5 minutos más, de Javier Ruiz Caldera.
El Premio Especial del Jurado fue para Bian jing / Border, de Ah Biao. La Concha de Plata a la dirección distinguió a Amanda Kernell por Garrat du váimmu / Brace Your Heart. El premio a la mejor música original fue para Amine Bouhafa por 7h40 ce matin-là / Milo, de Nicole Garcia.
Los premios del público recayeron en La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, y en NAZA, de Yuval Abraham y Rachel Szor, distinguida como mejor película europea. Esta producción británica indaga en la matanza de civiles palestinos en Gaza. A mi juicio, denuncia con valentía lo que considero un genocidio en curso en Gaza, Cisjordania y Líbano. El documental se centra en Gaza. Su proyección fue acogida con entusiasmo y muestras de solidaridad con el pueblo palestino.
En Horizontes Latinos ganó La ilusión de un verano sin fin, de Alessandra Sanguinetti, con una mención especial para Moscas, de Fernando Eimbcke. El premio Irizar al Cine Vasco fue para Txakun txakür, documental de Elsa Oliarj-Inès, y el de New Directors para Body of Glass, ópera prima de Naëmi Ada. El palmarés completo incluye muchos otros premios.
Un festival distinto para cada espectador
En nueve días se programaron 263 películas procedentes de 47 países. Señalo estas cifras para que se entienda la imposibilidad de verlo todo. Cada acreditado, como cada espectador, puede hacerse su propio festival, según le gusta decir a José Luis Rebordinos. Este ha sido su último Zinemaldia como director, ya que Maialen Beloki asumirá el cargo en enero de 2027 y será la primera mujer al frente del certamen.
Personalmente he visto veintitrés películas, entre la competición y secciones paralelas como Horizontes Latinos. No he visto todas las premiadas. En la lotería del palmarés acerté el premio gordo, pero menos la pedrea: las películas de Mike Leigh y Ah Biao figuran entre lo mejor que vi aquí. Otras que me interesaron han quedado fuera de los premios y tampoco comparto el entusiasmo del jurado por todas sus elecciones.

«Tender Loving Care»: humanidad ante el fin de la vida
La Concha de Oro para Mike Leigh no me parece un simple reconocimiento a su trayectoria, sino un premio a esta película. Con su estilo reconocible, su temática humanista y social y el esmerado trabajo con los actores, nos habla con humor y gravedad del final de la vida, pero también de la vida misma.
Los diálogos entre las dos trabajadoras sociales interpretadas por Kate O’Flynn y Alice Bailey Johnson son una bocanada de aire fresco. Sus conversaciones, y la relación de una de ellas con sus padres, aportan sentido del humor y espíritu crítico. Leigh aborda el futuro de las nuevas generaciones, la situación de las mujeres, el deterioro de los servicios públicos y el empobrecimiento de sectores cada vez mayores de la sociedad. Frente al egoísmo, la injusticia, la intolerancia y el racismo, su película es una cálida llamada contra la indiferencia.
Tender Loving Care suena casi a película testamento. La imagen final del anciano que se ha escapado del hospital y nos mira a los ojos, frente a la cámara, se confunde para mí con la mirada del propio Leigh, que interpela al espectador sobre cuanto acaba de ver. El cineasta, de 83 años, explicó durante el festival que una afección limita su movilidad y que probablemente esta sea su última película. Sería un brillante adiós.
«Bian jing / Border»: los límites entre las personas
La ópera prima de Ah Biao transcurre en una región minera del norte de China, cerca de la frontera con Mongolia. Su estética depurada, los pocos diálogos, el respeto por los silencios y su tiempo pausado me hicieron pensar en Robert Bresson. Sus intérpretes parecen por momentos «modelos» más que actores empeñados en explicar la psicología de sus personajes.
Los planos largos nos invitan a descubrir un mundo cruel y oscuro. Un joven minero visita a una enigmática mujer de origen mongol, atrapada en una red de explotación sexual. Un colega me dijo al salir de la proyección que la película le recordaba a Aki Kaurismäki. Su tono cáustico, patético y humano tiene, en efecto, algo de ese cineasta. Las tres secuencias sexuales hacen aún más arriesgada esta propuesta.
No es la imagen que una campaña turística querría difundir de China. Ah Biao muestra explotación, crimen organizado, prostitución y relaciones incestuosas sin plegarse al relato cinematográfico convencional. Su cámara busca otra vía hacia la emoción y la razón del espectador a través de personajes frustrados y sin futuro. El propio director habló en el Diario del Festival de las «fronteras entre las personas». Aunque este es su primer largometraje, llevaba ya una década trabajando con la cámara en otros proyectos.

Las otras películas de «mi festival»
Volví a ver con placer los homenajes a El desencanto, de Jaime Chávarri, y a Ander eta Yul, de Ana Díez. Fuera de concurso, Bucking Fastard, de Werner Herzog, merece ser descubierta: Kate y Rooney Mara interpretan a dos hermanas gemelas tan excéntricas como desconcertantes.
En competición, 7h40 ce matin-là / Milo merecía, a mi juicio, mejor fortuna que el premio a su música. Me parecen excelentes el guion y las interpretaciones de Marion Cotillard y Théodore Pellerin. Entre las obras olvidadas por el palmarés destacaría también Muyou no hito / In My Father’s Room, de Maha Harada, ópera prima minimalista y poética; y Artakalan, de Yeşim Ustaoğlu, un viaje de tono documental por la Turquía profunda.
También me interesaron Glaxo, de Benjamín Naishtat, ambientada en la Argentina de 1957, y Geister, de Fatih Akin, una original tragedia romántica en la que el fantasma de la joven amada se introduce en los sueños del protagonista. Es una sensible reflexión sobre el duelo y la ausencia.
No tuve tiempo de ver la ganadora de Horizontes Latinos. Sí vi Moscas, de Fernando Eimbcke, y celebro su mención especial. El cineasta vuelve a personajes anónimos de profunda humanidad: un niño y su padre se alojan en una pensión y alteran la vida de su huraña dueña. La relación del niño con la mujer me recordó a El chico, de Charlie Chaplin.
En esa sección destacaría Narciso, de Marcelo Martinessi, situada en el Paraguay de 1959, bajo la dictadura de Stroessner. La película evoca la represión de la homosexualidad y me parece especialmente interesante por su reconstrucción de un universo radiofónico desaparecido. También El deshielo, de Manuela Martelli, que recurre a claves del cine de género para abordar los silencios de la sociedad chilena tras la dictadura.
Chicas tristes, de Fernanda Tovar, evoca a través de dos adolescentes de un equipo de natación la violencia sexual y sus consecuencias para una amistad. Y La Perra, de Dominga Sotomayor, con una brillante interpretación de Manuela Oyarzún, muestra el estrecho vínculo de una mujer con Yuri, una perra callejera, en una comunidad que vive de la recolección de algas. La mezcla de actores profesionales y no profesionales refuerza su tono casi documental.
Estas son algunas de las películas que quedan conmigo al terminar la edición. Los premios ofrecen una lista; cada espectador conserva, además, la memoria de las imágenes que lo acompañarán mucho después del festival.



