Imposible no sacar la conclusión más racional: esos procedimientos algorítmicos que dieron en llamar, y que llamamos, Inteligencia Artificial (IA), se basan en una galaxia de datos y aportaciones nuestras, de nuestro pasado y de todas las culturas inventadas por la humanidad en su conjunto. Si hay creatividad de la IA, forma parte de un atraco masivo a mano armada.
Imposible no darse cuenta de la enormidad de ataques y acosos que sufren muchas personas, escritores, periodistas, científicos, artistas y filósofos (quizá mucho más las filósofas, sí), que no están impulsados nada más que por bots, grupos artificiales creados por la IA, etcétera, y que están destruyendo los discursos y la acción política de las estructuras democráticas.
Imposible hacer frente a ese universo de despropósitos de las buenas personas que nos rodean (Escucha hombrecito, Wilhelm Reich), que siguen obedientemente las consignas internas de los tecnócratas de Facebook, Google, Amazon, etcétera.
Imposible leer todos los mensajes que me llegan a través de mi teléfono celular, ver los vídeos que me proponen a todas horas mis amigos y quienes lo son menos.
Imposible estudiar todos los textos, protestas, manifiestos y peticiones que me proponen suscribir (todos de causas socialmente justas, quiero suponer).
Imposible aceptar que la multiplicación de los textos, su difusión y/o su alargamiento representen una mayor riqueza intelectual. Ni mucho menos, amiguitos.
Imposible considerar inteligente esa espiral de procesos de reciclamiento universal de datos, según modos digitales (mecánicamente) elogiados como inteligencia. Todo eso se parece más a un enorme, ciego, invisible, sistema de robo de derechos de autor a escala planetaria. Todo es de Getty Images, aunque no pueda serlo.
Imposible filtrar mentalmente el océano turbulento de datos que me rodea. Me aporta cada vez menos y lo único que consigo es marearme. Soportarlo sólo anima a los siervos y predicadores de la nueva religión tecnófila y a quienes hacen negocio con ella.
Imposible hacer el triaje entre las buenas y las malas fuentes informativas. En muchos casos resulta ya (casi del todo) imposible establecer qué es propaganda y/o fascismo y qué verdadera información. Jodido, amiguitos.
Imposible no ponerte a zampar patatas fritas con una cerveza al ritmo que te marque el TikTok y/o las búsquedas de Google. Comer frente a una pantalla es ya algo muy distinto de aquel acto juvenil olvidado: cuando comíamos palomitas frente a la proyección de la película La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint your wagon), mientras seguíamos mentalmente a Lee Marvin cantando A wandering star.
Imposible. ¡Qué asco estas comidas de oficina frente a una pantalla! Para vomitarlo todo, pantalla, intoxicación de la IA y esa cerveza asquerosamente parecida a la Heinelechen (o como se llame). No es verdadera cerveza.
Imposible no reir ante el comentario del experto y analista tecnólogo Javier Lacort: «Vivimos en un bucle donde una máquina alarga un texto para que parezca importante, y nosotros usamos otra máquina para que nos lo resuma en tres bullets y así ahorrarnos el trámite. Unos dan la chapa y otros la neutralizan».
Imposible no ver el machaconeo que nos domina. Más o menos, el mismo Lacort cree que hoy ya no hay más curiosidad intelectual sino mayor carencia de ideas y más presión para asumir la producción multiplicada y recreada como supuestamente inteligente. Lo que llaman FOMO (fear to missing out), el miedo a perderse algo. Una patología social más que añadir a todas las demás.
Imposible evitar que los tecnófilos y tecnofílicos te consideren un analfabeto digital absoluto, en cuanto no les das la razón o intentas trasladar sus dilemas técnicodigitales a la montaña desde la que intentamos ver la luna.
Imposible no percibir que nuestra rutina y nuestra pereza nos hacen creer que descansaremos, y que nos podremos relajar un poquito, si dejamos el menú del restaurante en manos de un algoritmo que se puede organizarnos y adelantarse a nuestros deseos organizándolos, es decir, sustituyéndolos.
Imposible mantener el debate de las ideas y la racionalidad si la muchedumbre tecnofílica insiste en que nos centremos en sus dilemas de teclado o prácticas ante el teclado: «para desbloquear eso tienes que…», «te falta una app nueva que…», «tienes que dar tus datos, si no no te dejará seguir… », «hace años que eso dejó de ser así…», «lo que se hace ahora utilizando la lA es…»
Imposible no pensar en que puede que exista esa nueva ley de la proporcionalidad inversa (a ver, que me lo voy inventar) de (digamos)… Ley de Walentowicz-Pérez-Albershausen: en nuestra época, nuestra capacidad de razonar es inversamente proporcional a nuestra capacidad mental para acumular indefinidamente datos y lecturas cocinadas en las salsas digitales y/o mediante la IA.
Imposible no inclinarse a pensar (quizá para contradecirnos a nosotros mismos) que la verdadera lectura es la nocturna, en el sofá o en la cama, en silencio y ante la letra impresa y con la tipografía adecuada. La verdadera inteligencia rechaza todos los imposibles, porque queremos tener esperanza, pero (ahora mismo) cuanto más leemos menos entendemos.
Imposible no proponer a quienes queremos que intentemos liberarnos juntos de la maldita presión digital y de la maldita IA (aunque le valga a nuestro médico). ¡Dejad de fumar, hostias!
Quizá hay que leer menos para leer mejor, para liberarnos de la presión pantallística y/o de los vídeos y de los audios amigos que nos acosan cada segundo.
Vomitemos esas patologías bien reconocibles: leamos menos para leer mejor y para intentar liberarnos de esa basura, sea la que sea.
Imposible no acordarse del oficio cubano del lector de tabaquería, aquella profesión que consiste (o consistía, vete a saber) en leer literatura diversa, periódicos o lo que fuera, para quienes iban haciendo los puros habanos que otros se fumarían.
El tabaco también mata, desde luego, pero el lector de tabaquería es una figura entrañable.



