Los manuscritos medievales y pinturas de los juegos de ajedrez ofrecen una nueva perspectiva sobre cómo se entendían la raza, identidad y desarrollo intelectual en la Edad Media. Un nuevo estudio sobre el llamado ‘juego de reyes’ proporciona datos sobre las diferentes culturas que interactúan en igualdad en condiciones, desafiando las ideas preconcebidas sobre las jerarquías sociales y raciales del mundo medieval, poniendo el foco en España.
La investigación de la doctora en historia del arte, Krisztina Ilko, del Queens’ College de la Universidad de Cambridge, ha sido galardonada con el Premio al Mejor Artículo de la Academia Medieval de América por su estudio ‘Ajedrez y raza en la Edad Media mundial’, publicado en la revista American Medieval Studies, Speculum.
Basada en una amplia gama de evidencias -incluidos manuscritos, pinturas, textos literarios y piezas de ajedrez de la época-, Ilko argumenta que el ajedrez se convirtió en una representación del mundo conocido, de las personas que lo habitan y cómo la sociedad debería funcionar a través de movimientos ordenados.

El juego era un vehículo poderoso para que las personas que provenían de diversos lugares interactuaran entre sí, el ajedrez era el lugar de encuentro de la comunidad del conocimiento, promoviendo un intercambio intelectual que primaba sobre la clase social, religión o el color de la piel.
Las fuentes medievales afirman repetidamente que el ajedrez ″es una guerra sin derramamiento de sangre y que representa un mundo justo”, señala la historiadora de arte. Ilko en su artículo explica que el ajedrez no era solo un tiempo compartido, sino también un medio a través del cual las personas de diferentes culturas interactuaban.
El trabajo toma ejemplos, especialmente destacados en España. Uno de los más conocidos que ha usado para su trabajo es el Libro de axedrez, dados e tablas, tratado ilustrado de 1287, elaborado para el rey Alfonso X El Sabio (1221-1284), donde presenta docenas de jugadores de África, Oriente Medio y Asia que desafían las ideas preconcebidas sobre las actitudes sociales medievales.
En una de sus grabados, un jugador negro aparece relajado, con una botella de vino tinto a mano y una copa llena (la escena rememora la histórica relación), a punto de vencer a su rival, un clérigo de piel clara. Ninguno de ellos aparece humillado o caricaturizado. Ambos están ahí como jugadores iguales, concentrados en la misma batalla de pensamiento para ganar la partida.
Esta imagen contrasta con otras muchas otras que abordan la raza. ″Cuando se representan en imágenes medievales a personas de piel no blanca, los estudios las muestran en posiciones de exaltación o sumisión”, explica Ilko. ″Así, aparecen en lugares, o como la Reina de Saba o personajes como verdugos y otros de fuerzas malignas. El ajedrez revela una historia diferente”.
A lo largo del citado Libro de ajedrez hay escenas que representa a figuras identificadas como judíos, musulmanes, mongoles y mujeres músicas (las conocidas como quiyan). El ajedrez era una forma libre también de diferencias de las mujeres, con la música como ámbito singular, así se puede citar a estas cantoras.

En una imagen, con cuatro figuras de mongoles, una se apoya en un sable, pero el arma no se usa para la violencia; el único conflicto se encuentra en el tablero de ajedrez. Estas imágenes tienen un entorno de cultura que interactúan a través de un intercambio intelectual compartido, lejos de otras con mongoles unidos a la violencia o el vicio.
Ilko destaca que en la corte del rey Alfonso X se tradujeron con avidez escritos islámicos. De los 103 problemas de ajedrez descritos en su tratado, 88 proceden del mundo musulmán y de los ajedrecistas árabes más conocidos. No hay que olvidar que en esa época, los jugadores de ajedrez procedentes de países islámicos eran admirados por sus técnicas, inteligencia y tácticas refinadas.
Otro ejemplo en el estudio también se para en España, en concreto en el retablo de San Nicolás, Santa Clara y San Antonio de finales del siglo XIV (1368-1375) dedicado a San Nicolás de Mira (270-343), que actualidad se conserva en el Museo de Mallorca en Palma.
Procedente originalmente de la iglesia de San Nicolauet Vell de Portopí (estilo gótico iniciada en 1302) y atribuido al pintor anónimo Maestro del Obispo Galiana; el retablo en una de las tablas laterales representa una escena de ajedrez de un hombre de piel oscura con otro de piel más clara en lo que parecer ser la corte de la Mallorca medieval.

El estudio sitúa estas imágenes visuales en un contexto global más amplio. El ajedrez se originó en la India alrededor del siglo VI, derivando del Chaturanga, un juego de mesa se jugaba en la India con cuatro partes en el ejército indio: infantería, caballería, carros y elefantes.
Desde allí, se extiende por Asia, Oriente Medio y Europa, era una práctica de las más grandes culturas del mundo medieval. A finales del primer milenio, se jugaba en una área muy amplia, desde el mundo islámico hasta el norte de Europa.
Pero a medida que los juegos de estrategia al estilo del ajedrez se extendieron por civilizaciones diferentes las piezas adquirieron características humanas.
Así, cita al conocido califa Harún Al-Rashid (766-809), mencionando el supuesto obsequio que le hizo a Carlomagno (742-814) y a Buzecca en el siglo XIII, en concreto en 1265 jugó en Florencia tres partidas con los ojos vendados de forma simultánea, de las que ganó dos e hizo unas tablas, récord que perduró más de cinco siglos. Se especula que su nombre sería Abu Bakr Ibn Zuhair y que provenía de Al Andalus antes de instalarse en la Toscana italiana.
Del mismo modo, menciona el caso del comandante portugués de la primera expedición a Malaca (Malasia) en 1509 estaba con un ajedrez que vio un javanés en el un barco, reconociendo de inmediato el juego a pesar de las formas diferentes de las piezas, estableciendo un primer contacto entre ambos.
También recoge versiones ilustradas de la epopeya persa Shahnama, que narra la transmisión del ajedrez de la India a Irán. En ilustraciones varias del siglo XIV, un embajador indio presenta la partida a la corte persa, desafiando los «sistemas de valores compartidos por el mundo cristiano que privilegiaban la blancura» al representar a la realeza y a los intelectuales con tez y piel más oscura.
En el norte de Europa, se mencionan las famosas piezas de Lewis presente que corresponden con el estilo y apariencia escandinavos.
Estas variaciones de las piezas sugieren que no era meros elementos abstractos del juego, sino representaciones de figuras humanas, moldeadas por los contextos culturales en los que se producían.
El simbolismo del ajedrez se extendió más. Los escritores medievales a veces describían el tablero como una versión del mundo, donde configuraban la estructura de la sociedad. Así lo expresa un poema del siglo XIII sobre la moralidad del tablero de ajedrez (Jacobo de Cessolis, 1250-1322).
″El mundo entero es como un tablero de ajedrez, donde una casilla es blanca y otra negra, debido a la dualidad de la vida y la muerte, de la gracia y el pecado. Las piezas de este tablero son las personas de este mundo, que son extraídas de una misma bolsa, como del vientre materno, y se ubican en diversos lugares del mundo, y cada una una de ellas tiene un nombre diferente”.
El color juega un importante papel. Los cuadrados del tablero -a menudo en blanco y negro- propiciaban un marco visual a través de la cualidad de la diferencia. Los tableros utilizaban con frecuencia elementos como ébano y marfil claro, para a los bandos opuestos.
Sin embargo, el estudio muestra que estas asociaciones de color no eras fijas, ni universales. Algunos juegos medievales utilizaban combinaciones de colores, y las obras de arte a menudo representan a jugadores de apariencias diversas compitiendo en igualdad de condiciones.
“Los cuadros de ajedrez tenían dos colores, y las piezas también se diferenciaban a través del color, esto a la gente del medievo le permitió ideas sobre el color de la piel y la raza en el juego”, aclara.
“El ajedrez era un juego de guerra, que provocó no solo la interacción social, sino también un desafío activo y competitivo entre dos jugadores que tenían la misma oportunidad de ganar, independientemente de su estatus, riqueza o color de piel”.
“Muchas cosas han cambiado desde la Edad Media, pero el ajedrez es más global que nunca. El ajedrez revela una Edad Media más diversa y amena” mantiene la autora.
″Gran parte de lo que se conserva y se enseña sobre este periodo es religioso. Está dominado especialmente por una cosmovisión cristiana. El ajedrez nos permite ver una faceta de la sociedad medieval: una conexiones de las diferencias y el intercambio intelectual”, mantiene.
La doctora Krisztina Ilko está escribiendo un libro titulado ‘Los peones de la historia: Un nuevo enfoque hacia la Edad Media mundial’.



