El coronavirus muestra que la utopía es posible

Lo importante es no rendirse, reflexiones de un confinado

Lo que estamos viviendo en el planeta con la pandemia del coronavirus no es una guerra, es una catástrofe sanitaria que tiene consecuencias diversas y gravísimas en cada país en función de la degradación de los servicios públicos, y de los hospitales especialmente, provocada por las políticas antisociales de los respectivos gobiernos en el poder.

Francia fin confinement

Pero me limitaré aquí a la situación en Francia y en Europa, en donde la abyecta actitud de países como Polonia, Hungría, Chequia u Holanda, y la actitud de la Comisión Europea en Bruselas, muestran el fracaso de la Europa de los veintisiete, incapaz no ya de anticipar la pandemia, sino de proponer una acción común sanitaria para yugularla.

Vergüenza europea también en la gestión de los flujos migratorios.

Con el coronavirus y la muerte de miles de personas ha muerto también la Europa de Maastricht. Habrá que construir una nueva Europa social y generosa al salir de esta pandemia que pone al desnudo la mentira del dogma liberal. Reforzar y consolidar cada Estado Nación contra el poder abusivo de las multinacionales aparece como una urgencia absoluta. 

Los «primeros de cordada» y los primeros en la faena cotidiana 

Francia les sous et les mortsEn Francia, el desprestigiado presidente Macron y su mentirosa fábula sobre los «primeros de cordada» que arrastran a los que «no son nada» se ha desintegrado con esta pandemia. Los que «no son nada» son hoy los que son todo, los primeros de faena han mostrado su utilidad social y humana, mientras que los supuestos «primeros de cordada», se esconden y desaparecen en sus grandes mansiones para escapar a la muerte. Patéticos gobiernos financieros frente a la economía real. Ellos cuentan el dinero, nosotros contamos nuestros muertos. ¡Hasta cuando!

Mientras norteamericanos, chinos y rusos cierran sus fronteras, el CAC 40 entra en cuarentena y la farsa mundial financiera neoliberal muestra su verdadero rostro. Las finanzas, la industria de lujo, el consumo a ultranza de bienes inútiles cada vez más numerosos, se desploman, y afloran en cada uno de nuestros países las personas y las profesiones verdaderamente útiles al ser humano.

Los médicos, las enfermeras, los auxiliares de enfermería, los auxiliares de los servicios a la persona, los empleados de los supermercados, los trabajadores en las cadenas de alimentación, los agricultores, los obreros de la construcción, los trabajadores del gas y la electricidad, los poceros, los barrenderos, los bomberos, los fontaneros, los maestros y profesores en la educación, el personal de las guarderías y de las residencias para ancianos, los transportistas que aseguran el abastecimiento, la SNCF y los ferroviarios, los trabajadores de los transportes urbanos y globalmente todos los que trabajan en los servicios públicos. La lista no es exhaustiva, pero resume bien esos «héroes» que la gente bien intencionada aplaude desde sus ventanas.

Lo primero que hay que lograr al salir de la pandemia es la revalorización general de todos los salarios de esas profesiones indispensables en una sociedad humana y generosa. Un nuevo contrato social sobre el verdadero valor del trabajo y la definitiva anulación de toda remuneración a los accionistas del CAC 40.

El aplauso para ser útil deberá transformarse en movilización y en alternativa a las políticas que nos han conducido a esta catástrofe sanitaria.  La patronal en Francia se prepara ya para la salida de crisis, pero recortando todavía más los salarios, las vacaciones, y reclamando medidas antisociales insoportables. La patronal y el gobierno conducen el país de la crisis sanitaria a la explosión social.

Aquí en Francia, Macron, al servicio de las finanzas, prosigue su número de pésimo actor y de patético e incompetente almirante de un navío naufragado, consciente de que en cuanto pase la pandemia, no podrá escapar a asumir su responsabilidad en la gestión de esta crisis. Por el momento Francia carece de suficiente número de mascarillas y de pruebas de detección de la enfermedad.

¿Que desarrollo y para qué? La utopía es posible

Cuando miles de jóvenes se manifestaban a lo largo y a lo ancho del planeta para reclamar medidas contra el anunciado desastre climático y ecológico, los financieros en el poder les acusaban de «utopistas».

El coronavirus, ha hecho posible en pocos días la utopía. Pocos aviones despegan de nuestros aeropuertos, cerrados o reducidos en su funcionamiento a lo verdaderamente esencial. Pocos autos circulan en nuestras carreteras y ciudades a excepción de lo verdaderamente esencial. Paradójicamente el terrible e inquietante virus se pasea ahora en ciudades menos contaminadas

Tiempo ahora para redefinir las bases de un sistema económico y social al servicio del ser humano, con una inversión masiva del Estado en los servicios públicos, y en las industrias indispensables, es decir al servicio de la inmensa mayoría de la población. El Estado debe recuperar el poder que le han arrebatado las multinacionales y los bancos privados. Y el Estado somos tu y yo, los que aplaudimos desde el balcón a los que nos salvan la vida.

Ferrocarriles, correos, hospitales, transportes urbanos, colegios, guarderías, universidades, viviendas dignas para todos, subsidios sociales para los más necesitados, una agricultura que permita el autoabastecimiento en cada país, escapando a la especulación financiera.

He soñado desde mi confinamiento en París con muchas cosas más: el fin de la precariedad laboral; los sin techo alojados en viviendas dignas; los inmigrantes acogidos generosamente en la adinerada Europa; los estudiantes escapando a la precariedad; el fin de la industria del armamento que alimenta guerras y tráfico de armas; la anulación de las deudas públicas de los países subdesarrollados y el fin de la expoliación de sus riquezas naturales por nuestros países desarrollados; la disolución de la Comisión Europea, de la troika europea y del FMI y de sus políticas criminales de austeridad; la abrogación de todos los tratados económicos multilaterales antiecológicos; la transformación de la industria de lujo en industria necesaria; la recuperación de todo el dinero que las multinacionales poseen en los paraísos fiscales; la persecución por la ley de la «optimización fiscal», utilizada para disfrazar la evasión fiscal; la nacionalización de los bancos y de todas las fuentes de energía, gas, electricidad, agua, telecomunicaciones para ponerlas al servicio del ser humano a bajo precio, garantizado por el Estado.

Me he despertado consciente de una cosa: Todo eso es posible hacerlo, no sé si lo conseguiremos o si yo lo veré, pero hay que luchar por ello, para nuestros hijos y nuestros nietos. La oligarquía en el poder nos habla del «costo del trabajo», pero la realidad es hoy «el costo de la oligarquía» y de sus beneficios y sus desastrosas consecuencias sanitarias, climáticas, sociales.

La juventud con aspiraciones ecológicas, las mujeres en lucha por la igualdad salarial y contra la sociedad patriarcal y la violencia de género, los «chalecos amarillos», los trabajadores y estudiantes precarios, los artesanos, comerciantes, empleados, los agricultores empobrecidos, los trabajadores y sus sindicatos que por millones han luchado contra la «ley trabajo» y por la defensa del derecho laboral y del empleo, los olvidados de ese mundo egoísta y globalizado, que deben tener acceso a la alimentación y a viviendas dignas.

Pero también junto con ellos el mundo de la cultura, los abogados, los ingenieros, arquitectos, los científicos, los profesionales de la información en lucha contra la mentira institucional y contra la corrupción… solo su movilización permitirá una amplia unidad popular de los partidos, ONG, asociaciones, y organizaciones sindicales que todavía creen en un mundo mejor… de esa movilización depende nuestro futuro.

Mientras tanto les invito a escuchar esta hermosa canción de «Grand corps malade», y ese canto de las mujeres mexicanas en lucha, ambos alimentan mi esperanza en estas horas tristes. Como decía Nazim Hikmet, «estar preso… no es la cuestión, lo importante es no rendirse».

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Periodista profesional en Francia desde 1976. Miembro del Sindicato Francés de la crítica de cine y de FIPRESCI, he cubierto desde 1979 sin interrupción los festivales de Cannes y de San Sebastián, así como otros festivales internacionales. En San Sebastián presento desde 2008, los “Desayunos horizontes” en la sección Horizontes Latinos.

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