Mi padre y el hombre de los nitratos de Chile II

No se veía a nadie por los alrededores y todo el campo brillaba con un sol abrasador. Mi padre manejaba la guadaña y con la mies que tumbaba, yo formaba las gavillas que luego amontonaba en morenas.

EtnoLeon: segadores
EtnoLeon: segadores

Tenía entonces yo nueve años y -¿quién habló nunca de trabajo infantil?- me había levantado a las cuatro de la mañana. Eran los maravillosos sesenta, cuando en todo el mundo triunfaban Los chicos de Liverpool, solo que nosotros nos enteraríamos de todo eso mucho más tarde.

Acababa de quitarme la chaquetona negra de mi abuelo que me protegía del sol y del frío tanto como me asfixiaba, y la había dejado doblada con muchísimo cuidado, sobre una de las primeras morenas, las que quedaban junto al camino. Todas las morenas son iguales y no podía arriesgarme a no encontrarla en el momento de irnos, pues aunque ahora me estorbara con el calor, a la mañana con la helada me sería imposible salir al campo sin ella. Por eso la mancha negra que formaba en lugar bien visible en previsión de posibles olvidos.

Así de necesaria era la chaquetona negra de mi abuelo. Para usarla nos turnábamos mi madre y yo, como nos turnábamos también, día sí, día no, en la casa y en el campo. Hoy me había tocado salir a mí, pero si me quedaba en casa, el privilegio consistía en cuidar de los tres más pequeños (éramos cinco niños entonces en la casa pero la que me seguía, al ser más fuerte que yo, ya estaba ajustada como ayudante de Tía Manuela y su marido, una joya para ellos que no tenían hijos y la trataban como a una reina), atar las vacas a sus pesebres cuando volvieran de la boyada (para lo cual tenía que subirme a un taburete y abrazarlas una a una por el pescuezo: mansos y nobles animales que nunca se me revolvieron), barrer y regar la portalada, fregar los cacharros de la leche para el ordeñe…

Todo ello antes de encender la lumbre y preparar el almuerzo para los de casa y los de fuera, que para todos era el mismo: cantidades ingentes de leche o de calostros con los que se remojaban en nuestros estómagos los exquisitos chorizos y lomos recién sacados de la olla que, dispuestos en una gran sartén, soltaban su grasa roja de pimentón sobre las brasas. Con esta grasa se hacían luego unas patatas exquisitas, pero sigamos.

Uno de los tres pequeños sería el encargado de llevar el almuerzo a la era subido a lomos del burro, donde apenas destacaba su leve bulto. Anécdotas de las veces que nos caímos del burro, o que el animal, harto, se puso de ancas y nos tiró al suelo, tenemos muchas. Casi tantas como chichones en la frente, que nos hacían nacer el pelo arremolinado y rebelde.

Pero los tres pequeños dormían todavía en sus camas, benditos ellos, y ojalá no se movieran hasta que yo los despertara con todo ya listo. Cómo los envidiaba. Yo envidiaba por entonces hasta a las gallinas, al gato y a los conejos con su estigma de condena entre los ojos, a todo bicho viviente que no tuviera que madrugar.

Ya estaba cerca el día Grande, el día de Nuestra Señora de agosto, aquel que marcaba un hito en medio del mes más ardoroso, con el obligado respiro, al ser fiesta religiosa, que además este año se acompañaba de un balance que nos haría ricos: ¡Qué cosecha!

Seguramente la víspera del día de la Virgen se decidirían a sacrificar un conejo, o un pollo, el más grande del corral, que nos comeríamos entre todos ¡con arroz con leche! en lugar de llevarlo a vender a Almanza.

La cosecha aquel año fue buena, muy buena, una cosecha «como nunca la hubo por aquí», decían todos, «mejor que nunca», añadía mi padre a propósito de la nuestra. Pero la de los demás todavía fue mejor y sobre todo -y esto era lo más importante- ellos habían terminado a tiempo.

El rumor de que los últimos no serían admitidos a cupo se confirmó la víspera del día Grande de la Virgen de Agosto, cuando ya teníamos todo limpio y recogido, esperando solo la orden del Silo para cargarlo en el camión de pago, con chófer y todo.

Por esta vez los últimos no serían los primeros, con lo que el precepto bíblico que así lo ordenaba no se cumplió.

Sin embargo, el precepto bíblico acabaría por cumplirse tres años más tarde, cuando a mí, y solo a mí de entre todos los niños y niñas de la escuela entera (había nada menos que cuatro aulas bien nutridas, dos de niños y dos de niñas, según las edades), me dieron la beca del PIO (Patronato para la Igualdad de Oportunidades), no aquella beca que consistía en una carpeta llena de libros, sino una beca de verdad, para ir a León a estudiar el bachillerato, algo que a la gente en principio, la verdad sea dicha, le sentó muy mal, acostumbrada como estaba a ver cómo nos hundíamos año a año con las cosechas.

Y todavía reaccionó peor, yendo a hablar con la maestra por si ella podía hacer algo para que no me la dieran, por miedo -seguro- a que se nos subiera a la cabeza: «no vayan éstos ahora, según son, a sacar los pies de las alforjas». Cosa que, por otra parte, nunca ocurrió.

No al menos de la forma en que ellos temían que sucediera.

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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