Mi padre y el hombre de los nitratos de Chile

Un lugar importante en los primeros años de mi vida lo ocupan los nitratos de Chile. Hace poco leí en las memorias de Salvador Pánikker que él se había hecho rico como ingeniero y empresario al ser el iniciador de la importación de los abonos o fertilizantes desde Chile hacia España, que debieron cambiar, allá por los años sesenta, la fisonomía del campo español.

Propaganda del Nitrato de Chile en los pueblos agrícolas
Propaganda del Nitrato de Chile en los pueblos agrícolas

Este personaje fabuloso, rara avis de la intelectualidad española al ser hijo de catalana e indio de La India, haber estudiado en Londres y viajado por todo el mundo, vivía hasta hace poco en su casa de Pedralbes, donde escribía maravillosamente sobre sí mismo y su capacidad para aunar culturas diversas en una sola, y allí recibía a sus amistades de la manera en que uno sueña que lo reciban cuando va de visita.

Los nitratos venían de Chile y así se podía leer claramente en los grandes sacos que ocupaban el portal bien alineados en la entrada a la casa camino de las cuadras. Nitrato de Chile. Mi padre nos decía que los mandaba el Tío Paco. O el Tío Quico, según el humor, que allí el humor de los adultos cambiaba por momentos y lo mismo te daban un abrazo que un sopapo. Por entonces no sabíamos quién era este personaje tan familiar que más tarde se convertiría en un proscrito, ya lo aprenderíamos por nosotros mismos a su debido tiempo.

En los sacos, la efigie recortada en negro de un jinete con sombrero, seguramente chileno, guardaba cierto parecido con mi padre montado en la yegüina, con lo cual no nos costaba gran cosa imaginar que aquel jinete chileno pudiera ser un pariente nuestro cercano o lejano (a veces los lejanos son los mejores) y que  cualquier día entraría por el portón cargado de regalos, pues al parecer era rico.

En Venezuela teníamos emigrado un primo de mi padre, quien, en uno de sus regresos, se había hecho construir una mansión en Cistierna, había ayudado a su hermano a montar una cabaña bien nutrida de vacas y burros y acto seguido había vuelto para allá porque aquello era jauja, nada que ver con la miseria de aquí. Una hermana monja de mi madre estaba en Brasil, de donde volvía sólo una vez cada diez años para colmarnos de escapularios. Allí había bautizado con nuestros nombres y apellidos a cuantos meninos da rua se había encontrado.

Como se ve, no faltaban ejemplos de gentes que habían partido hacia lejanías inimaginables, como las que debía habitar el Tío Paco.

Por otra parte, estábamos bastante familiarizados con el más allá, ya que a más de la tía monja (lo que no tenía nada de particular, ya que en cada familia había uno o dos miembros dedicados a la iglesia para salvar a todos los demás), compartíamos calle con la iglesia del pueblo, y todos nuestros movimientos, nuestros gritos y salidas de tono eran seguidos en primicia por el cura cuya casa estaba frente por frente de la nuestra. Nuestra vida debía de ser un espectáculo en primera plana  y a todo color para este solterón que trabajaba para la vida eterna y que murió en su cama, cumplidos los ochenta, sin dejar de ejercer un solo día.

Así atrapados entre lo sagrado por un lado y lo más urgente cotidiano de no poder comprar nunca si no era de fiado, lo menos que nos podía ocurrir era tener un tío en Chile que providencialmente nos mandaba los sacos de nitrato. Esperábamos y confiábamos en él.

Él era quien, por el momento, nos proveía de los sacos de abono. Parece que por entonces ya no bastaba con el abono natural de la tierra para que diera frutos abundantes y sanos, ni bastaba el guano de las palomas ni el estiércol de las vacas y de los cerdos para alimentarla. Había que echarle sulfatos y abonarla con nitratos de lo más variado (potásico, cálcico) para que las semillas encontraran su camino al germinar y no se malograran. Dependíamos de eso como el pábilo de una vela depende del viento, más valía que no vacilara.

Además, y porque allí no se podía desperdiciar nada, mi madre, de cuyo sentido práctico fui consciente desde que tengo uso de razón, hacía con los sacos del jinete, que eran de tela -por entonces no se había inventado el plástico-, unos cobertores con los que cubrir las parvas de trigo cuando ya esperaba limpio en la era, no sea que a última hora lloviera o helara, que las dos cosas se podían dar a la vez en el mismo día -tormentas en la tarde de agosto, heladas de madrugada-, y este trigo, no sé si por efecto de haber sido tan mimado con nitratos, era de lo más sensible.

Si los granos se mojaban, se hinchaban y se arrugaban, no nos los iban a coger en el Silo y nos tendríamos que comer el trigo nosotros y nuestras vacas, que por aquel entonces ya sólo eran dos. Estos dos animales sagrados en el más puro y prístino sentido de la palabra, con su leche y su ternero que parían cada año, eran nuestra salvación, y además trabajaban todo el día enganchadas, ya al carro, ya al trillo, sin tregua y sin rechistar. Respondían por su nombre, la Serrana y la Linda, y asistimos completas a su vida y a su muerte.

En cuanto al trigo, unas manos exigentes habían de examinarlo hasta encontrarlo sin tacha y si tenía algún defecto, no entraba en el Silo. Esta autoridad, ejercida por un personaje muy conocido en la zona, era inexorable, pues además de examinar concienzudamente la calidad del grano, era el encargado de descontar del valor del mismo el del nitrato de uso obligado que se entregaba a los agricultores, lo que los convertía en deudores y súbditos. Una vez descontado del montante global el valor de los sacos de nitrato, lo que restaba se pagaba al agricultor en una ceremonia privada que tenía lugar en la cocina de la casa delante de la mujer y de los niños.

El hombre felicitaba al jefe por la hermosa prole y a continuación, delante de una jarra de vino de la que bebían por turno, le pasaba unos billetes que mi padre tenía el orgullo de no contar. No al menos delante de él, si total iba a dar lo mismo y no había posibilidad alguna de retracto. Este personaje no tenía hijos y se debía de carcajear a costa de los pobres infelices que fabricaban uno cada año. Venían con un pan debajo del brazo, pero cada vez menos se vivía solo de pan, aunque fuera en un pueblo y unas vidas de mera subsistencia.

Ya por entonces, cada vez que llegaba una carta -y no digamos un telegrama-, se consideraba de mal agüero, ¿quién se acordará de nosotros?, y a la luz de aquella bombilla que amarilleaba en el techo, se trataba de descifrar entre todos lo que allí se nos pedía. No era fácil y tampoco era de extrañar que incluso las buenas noticias fueran recibidas con recelo; y los regalos, con sospecha.

Un día, ya mocita de nueve ó diez años, llegué de la escuela con una carpeta gruesa llena de libros exóticos que me habían regalado por ser de familia numerosa y supongo que por algo más, pues hubo quien fue a quejarse a la maestra de que me los hubiera dado a mí y no a otras niñas o niños del pueblo que también eran de familias numerosas, y nosotros al fin y al cabo, según contó ese alguien, éramos ricos al tener muchas tierras.

Lo cierto es que en casa no había ni un solo libro a excepción de la Vida de Santa Genoveva princesa de Brabante y la Enciclopedia, que pasaban de unos a otros, y aquellos libros exóticos, llenos de dibujos a todo color, con protagonistas tan llamativos como un pez macho muy astuto, o una marmota muy perezosa, constituyeron toda una fiesta que casi había que ocultar. Los pasábamos de mano en mano para admirar bien las cubiertas y mi madre llegó a sugerir que los leyéramos sin abrirlos, no sea que hubiera que devolverlos o, en su defecto, pagarlos. Desconfiaba ante tanta generosidad.

Pero aquella carpeta y aquellos libros pertenecían al programa PIO y así se leía en las fundas, donde se especificaba su significado completo: Patronato para la Igualdad de Oportunidades, lo cual no impedía que la P fuera para nosotros la P del Tío Paco.

Hace no muchos años asistí, ya en Madrid, a la presentación de un programa de becas para promover esa ansiada igualdad de oportunidades, y era Caja Madrid, antes de pasar a llamarse Bankia, quien organizaba el evento y concedía las becas. El programa se llamaba IO, Igualdad de Oportunidades.

Rápidamente eché de menos la P del Tío Paco (o del Patronato, que para mí eran lo mismo), y así se lo hice ver al organizador en confidencial cercanía delante de una copa: “A la IO le falta la P del Tío Paco”.

Esto no tuvo ninguna gracia. Fulminándome con sus ojos enmarcados en una montura dorada, sin necesidad de palabras, el ilustre organizador me hizo ver que estaba al tanto de quién era el personaje del Tío Paco, que no hacía ninguna falta que yo le explicara quién era el proscrito que había perdido toda la gracia con que lo designábamos nosotros en nuestra ignorancia pueblerina.

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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