El bofetón a Gianni Infantino, presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación, ha sido muy sonoro: el principal componente de la FIFA, la UEFA (Unión Europea de Fútbol Asociación) ha rechazado «por unanimidad» los planes de privatización del trumpista Infantino.
La misma oposición han expresado la Confederación de Norteamérica y el Caribe de Fútbol (CONCACAF) y la asiática AFC. Amenazaron con boicotear el próximo campeonato del mundo, si seguía adelante el proyecto de Infantino.
En un comunicado, la AFC expresó su solidaridad con la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA) y la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Fútbol (CONCACAF), que ya habían manifestado su rechazo a la controvertida propuesta.
Cuando acaba de terminar el último Campeonato Mundial de Fútbol, con victoria nítida de la selección española en los Estados Unidos, no hay que olvidar que la FIFA es una organización mundial que tiene más países miembros que las Naciones Unidas.
Claro que –por distintas razones históricas– algunos de esos afiliados a la FIFA no se sustentan en la existencia real de un Estado propio. Un caso especial, por ejemplo, es el de las federaciones de fútbol de Inglaterra, Escocia y Gales, que ya existían cuando se fundó la FIFA en 1904 y a la que se afiliaron con la condición de seguir teniendo una existencia independiente. Irlanda del Norte forma también su propia selección, como heredera del mismo origen histórico que las anteriores.
En el siglo XIX, el primer partido que se consideró internacional lo jugaron Escocia e Inglaterra en 1872, es decir, veintiocho años antes de que se fundara la FIFA.
De algún modo, el fútbol moderno generó ciertas dinámicas internas anteriores a su nacimiento como juego moderno, así como a su concreción reglamentaria y expansión fuera de las llamadas Islas Británicas.
La realidad del fútbol, su imbricación en las poblaciones de esos territorios, tiene unas características especiales, que se refleja de manera muy cercana con la identidad de sus distintas comunidades.
Y no se trata sólo de nacionalismo, los conflictos de clase siguen estando muy presentes en el comportamiento de los supporters, igual que la oposición de quienes fueron colonizados (hablamos sobre todo de los irlandeses) por Londres. Además de la división posterior de las selecciones de la república de Irlanda y de Irlanda del Norte, se constata en Escocia un club (el Celtic de Glasgow) que tiene una fuerte personalidad irlandesa, aunque juegue en la liga de Escocia.
El bofetón a Infantino, como antes el de Florentino Pérez con su fracasada propuesta de Superliga, es el de quienes ven el fútbol sólo como un asunto de negocios y dinero. Sí, lo mueven en su superestructura en este siglo XXI; no es reductible únicamente a eso.
Aquella famosa frase de Bill Shankly, viejo entrenador del Liverpool, aquello de que «el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es mucho más importante que eso».
De modo que la mitad de las seis confederaciones que forman la FIFA han sido muy rápidas: no quieren participaciones de inversores privados en las competiciones mundiales de fútbol.
«La Copa del Mundo no puede ser tratada como un producto de inversión. Es uno de los mayores legados deportivos del fútbol. Se ha construido a lo largo de generaciones gracias al trabajo de jugadores, selecciones nacionales y aficionados de todos los continentes. Ninguna parte de ella debería entregarse jamás a inversores privados. La Copa del Mundo no está en venta», señaló de inmediato la UEFA.
La indecencia y el sometimiento visible de Infantino hacia Donald Trump, ofreciéndole un título de pacificador mientras relanzaba el belicismo en distintos continentes, ha tenido otros capítulos humillantes: su receptividad servil ante el intervencionismo público de Trump en asuntos reglamentarios, el rechazo de la entrada de los seguidores de distintos países en EEUU para ver el campeonato in situ, el maltrato y las humillaciones de jugadores africanos en los controles fronterizos, la expulsión de un árbitro somalí con excelentes referencias de la propia FIFA, la aceptación de pausas comerciales imitando las maneras de los deportes estadounidenses tradicionales, ajenas a las prácticas habituales del fútbol mundial, son algunos de los puntos que anticipaban el proyecto de Infantino.
Y no es que idealicemos la trayectoria de los dirigentes futbolísticos, en el pasado los escándalos financieros no han faltado, ni en la FIFA, ni en la UEFA, pero el misil de Infantino se ha lanzado quizá demasiado a la luz pública. De manera evidente, se trata ahora de un proyecto que apunta hacia unos planes generados en medios diversos que incluyen el dinero de los países petrolíferos de Oriente Medio y la misma familia de Donald Trump, ajenos al fútbo durante décadas, pero no a la avaricia y al dinero que atrae el principal juego planetario.
Por ahora, tarjeta roja para el perverso Infantino. Esperemos que no se le retire como él hizo con la que recibió un jugador estadounidense tras la llamada de un ignorante de la historia y de ese juego mayor de los humanos. Un tal Donald Trump.



