Cosas de gato

Isabel Hernández Madrigal[1]

Si no fuera porque soy un gato me habría preocupado extraordinariamente al comprobar que mi vecino del quinto se precipitaba hacia mí como si de un saco de patatas se tratara, pero por fortuna soy un gato y tengo la agilidad felina que me hizo saltar hacia una esquina del patio, mientras el triste de mi vecino se golpeaba contra el suelo.

Patio de corrala en Lavapies, Madrid.
Patio de corrala en Lavapies, Madrid.

Tras el sordo ruido que produjo al estamparse, esperé sentado a que todo el vecindario reaccionase, pero para mi sorpresa, nadie pareció enterarse de que el del quinto se había quitado la vida.

Merodeé un rato alrededor del vecino, olisqueé, maullé, ¡qué otra cosa podía hacer siendo un gato!, pero ni el del quinto se movía –no podía porque estaba muerto- ni se movía el vecindario, y éste si que estaba vivo, tanto lo estaba que más de una vez algún vecino había lanzado un cubo de agua a mi patio maldiciendo al gato negro. Insistí durante un rato y seguí maullando, pensé que de este modo, alguien se daría cuenta y se haría cargo de él. Pero nada, en el mundo solo parecíamos existir mi vecino y yo, aunque él existía solo en presencia física y yo estaba desconcertado porque nunca antes me había encontrado en una situación como ésta y no sabía muy bien qué hacer.

Si hubiera sido un león, felino al igual que yo, me lo habría zampado y listo, pero los gatos no nos comemos a las personas, les acompañamos por más que algunas de ellas nos tiren cubos de agua y no lo merezcan. Así que, como no podía hacer otra cosa, acompañé a mi vecino del quinto hasta que comenzó a anochecer. El pobre estaba destrozado. A simple vista, tenía la cabeza rota y también las piernas, por lo demás estaba entero, ligeramente inclinado hacia la izquierda y con la boca y los ojos abiertos. A veces parecía mirarme y como me incomodaba sentirme observado, y él estaba girado hacia la izquierda, me dispuse a acompañarle desde el lado derecho. No sé por qué, pero no podía dejarle solo, debe ser por eso de que los gatos somos animales de compañía.

La noche era calurosa. Todos los vecinos tenían las ventanas abiertas y comenzaron a encenderse las primeras luces. Pronto, pensé, la del tercero se apoyará en la ventana y se fumará su cigarrito, o el del segundo colgará la jaula de los ratones fuera y a mi empezarán a sonarme las tripas porque me encantan los ratones, aunque ningún vecino amable me los sirva de cena ninguna noche, o tal vez la del primero se dignará a recoger la ropa que lleva tendida todo el fin de semana, y que esta vez no he arañado porque me hace de sombrilla en estas tardes calurosas en las que el sol cae de lleno sobre el patio, y entonces, alguien se dará cuenta de que el del quinto se ha estrellado en mi patio.

Esperé impaciente. Era una agradable noche de verano, demasiado agradable para que un muerto la pasara a la intemperie, y si la escasa comida que me dejaban algunas amables vecinas, apestaba al día siguiente, según les escuchaba decir a otras, no quería ni pensar en el olor que desprendería el triste de mi vecino. Sin embargo, este pensamiento me tranquilizó, si nadie se enteraba esta noche, seguro que el del quinto estaría tirado en el suelo como mucho hasta mañana, entonces seguro que no uno, sino todos los vecinos se asomarían al patio.

De todas formas, no me hacía ninguna gracia, al fin y al cabo el del quinto había irrumpido en mi territorio por las buenas, había entrado en mi patio sin llamar, sin pedir permiso y se había instalado a sus anchas, invadiendo lo que yo consideraba mi espacio, aunque los vecinos lo consideraran suyo y pretendieran bañarme cuando todo el mundo sabe que a los gatos no nos gusta el agua. No pensaba irme de mi patio por más agua que me echaran y en el fondo, me molestaba que el del quinto siguiera todavía ahí. Me pasaría toda la noche maullando, aunque al hacerlo le cayese más de un cubo de agua al vecino del quinto. Pero, ¡qué otra forma tiene un gato de llamar la atención!

Después de un buen rato maullando, escondido en una de las esquinas de mi patio en la que por experiencia sabía que no llegarían los cubos de agua, el grito estrepitoso y desgarrador de la del primero, que me puso los pelos de punta incluso a mí, consiguió lo que durante todo el tiempo yo no había logrado y en un momento el patio apareció iluminado como si fuera de día.

El edificio entero se puso en movimiento y yo pensé que todo el mundo estaría en un instante dentro de mi patio, así que, cuando los vecinos abrieron la puerta y entraron en tropel, salí ligero con la cola levantada, a ver si cazaba algo, a dejar pasar las horas, porque esta noche, entre unas cosas y otras, mi casa iba a estar llena de gente.

  1. Relatos de Isabel Hernández Madrigal

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