Cuando los médicos nos equivocamos

Roberto Cataldi[1]

Que un médico admita en voz alta haberse equivocado es algo sorprendente en el imaginario social, inadmisible para muchos, escandaloso para otros, sobre todo cuando el error no fue menor o irrelevante, sino que causó un daño secuelar o incluso le costó la vida al paciente.

Estela-de-Hammurabi-parte-superior Cuando los médicos nos equivocamos
Estela de Hammurabi, parte superior

Más allá que la ley contemple la reparación del daño, algunos daños son irreparables: ¿existe el «fenómeno de Lázaro»? Además, ¿cuál es el valor económico de una vida humana?; en fin, la apreciación no dejará de ser subjetiva y, para mí, resulta incalculable.

Hace 3700 años, el Código de Hammurabi exigía una responsabilidad de resultado (no de medios como la actual), y el médico debía reparar el daño (restituyendo un esclavo) o sufriendo un castigo draconiano según la Ley del Talión (ojo por ojo).

Los tiempos han cambiado, la cultura y la contracultura son diferentes, y la tecnociencia ahora es otra. Pero los dioses jamás se equivocan, los humanos sí, dirían los antiguos…Porque la condición humana lleva en su ADN el error. No me canso de decirles a mis alumnos y médicos residentes, que el único médico que no se equivoca es el que nunca asiste enfermos. Y en términos generales, es natural que los seres humanos cometamos errores. Decía Carl Jung que: «El conocimiento descansa no solo sobre la verdad sino también sobre el error».

Los que tenemos conciencia moral, entre amigos solemos contarnos los errores sin identificar el paciente y, a lo largo de las décadas, he visto en algunos que el sentimiento de culpa les produjo ansiedad, angustia e incluso depresión (aquí para contrarrestar puede aparecer el consumo de alcohol o de drogas); asimismo colegas que cambiaron de especialidad (por una con menos exposición riesgosa) y, otros que en silencio colgaron la bata (el hábito no hace al monje pero lo ayuda). Cuándo el médico se da cuenta del error, su conciencia (si no está desactivada) severamente se lo señala.

Y sería deshonesto si no reconociera que muchos errores graves no llegan a la justicia porque los mismos pacientes y familiares tienen una buena relación con el médico, existe empatía, confianza, y prefieren dejar el hecho en aguas de borraja, e incluso seguir asistiéndose con el mismo médico, pues, comprenden que el daño no fue intencional. En efecto, en ética se privilegia la intención. Por otro lado, muchas leyes que son legales, no dejan de ser contrarias a la ética (la ley injusta).

La confusión en el diagnóstico, en la prescripción de un tratamiento o en la técnica de una práctica intervencionista, configura el «error médico». Algunos errores son fruto de la desactualización, por eso en materia de responsabilidad legal, se juzga si el médico aplicó los conocimientos que en ese momento aceptaba la medicina, porque la ciencia vive autocorrigiéndose (lo que hoy está indicado, mañana ya no lo está)… Y la «ficción legal» es dar por sentado que el médico está capacitado para hacer frente a cualquier situación de salud o enfermedad, algo imposible o descabellado.

Al médico se le puede demandar para que la justicia lo inhabilite (fuero penal) o para obtener un resarcimiento dinerario (lo más frecuente) en el fuero civil, y aquí suele aparecer la «industria del juicio», con sus métodos inmorales de captación de clientes y así generarse trabajo.

Del lado médico surgió ya hace décadas la «medicina defensiva», que más allá de hacer hincapié en la información, la confección detallada de la historia clínica, el «consentimiento informado» (o el rechazo informado) para una práctica, y la consulta (infrecuente) al comité hospitalario de ética cuando surgen dudas morales en la toma de decisiones, encareció notablemente la asistencia, porque el médico para cubrirse de una posible demanda y mostrar diligencia profesional, solicita numerosas prácticas innecesarias y costosas; la desconfianza del médico cada vez es mayor.

Muchas demandas están «armadas», no tienen sustento, y por eso los jueces las desechan. Además, es común que la gente, adicta a las series médicas de TV, crea fantasiosamente que porque está en desacuerdo con el médico o ha tenido un altercado, eso es suficiente para demandarlo y que la causa prospere.

La justicia no es igual para todos, de eso no tengo dudas. Y en el caso de la mala praxis, hay innumerables errores, dolo, vicios, abusos, y toda clase de irregularidades con graves consecuencias, que son cometidos por otros profesionales no médicos, como ser: políticos, funcionarios públicos de distinto tenor y nivel, magistrados, empresarios amigos del poder, sindicalistas, entre otros, quienes al parecer en muchas situaciones gozan de una impunidad absoluta. Bástenos lo que sucede hoy con los principales líderes del mundo actual y el caos que han desatado.

El tema es muy delicado, de difícil abordaje, diría que es un tema espinoso, pero creo que será necesario hallar una nueva fórmula legal que proteja a los pacientes y que a la vez no desproteja a los médicos.

Sin caer en una defensa corporativa, ya que en cualquier profesión hay individuos que merecen ser severamente sancionados y se les debería prohibir ejercer por su mal desempeño, la situación del médico es peculiar.

En efecto, él tiene acceso a la desnudez del cuerpo, también a la intimidad del alma, necesita la confianza del paciente, y sobre todo, suele tener en sus decisiones la salud cuando no la vida del paciente, ni más ni menos.

En fin, siempre sostengo que, solo llegan a dominar el difícil arte médico, aquellos que además de ser buenos médicos, tienen por condición ser médicos buenos.

  1. Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)
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