De la colocación a la calcomanía (y 2)

¿Se han preguntado alguna vez por qué el canal de la Mancha recibe ese nombre? De niño, a mí me evocaba una vía fluvial que discurriera desde la Alcarria hasta sierra Morena; o entre los montes de Toledo y la serranía de Cuenca: nada que ver con el brazo o manga (manche, en francés) de mar que comunica al del Norte con el océano Atlántico…

Sin salir de aquella zona marítima, lo mismito cabe decir del caladero llamado Gran Sol: su nombre es otra mala traducción: por Grand(e) Sole, que viene a significar ‘abundancia de lenguados’…

Entonces ambos calcos ¿son incorrectos? Pues… no más que la metátesis ‘cocodrilo’ por *crocodilo, cuya única diferencia respecto de *cocreta por ‘croqueta’ radica en su proceso de lexicalización en norma culta, ausente en esta última. Es decir, si bien la transposición fonémica ‘cocodrilo’ empezó siendo incorrecta, su uso unánime y secularmente continuado por la auctorĭtas lingüística acabaría por normalizarla en nuestra lengua. Y en la italiana: la otra excepción a la regla general de fidelidad a la raíz griega κροκόδειλος observable en el latín crocodīlus, el alemán Krokodil o el francés crocodile, por ejemplo.

Luego la pregunta no es si los calcos toponímicos ‘canal de la Mancha’ y ‘Gran Sol’ son correctos, que ni hablar, sino si son normales, que resulta que sí: la antigüedad y constancia de su uso, tanto en el habla común como en el registro culto, y sobre todo el prestigio de sus innumerables registros documentales les han otorgado plena carta de naturaleza, consolidándolos en norma con exclusión de cualesquiera alternativas …O casi: aunque no cuesta imaginar el estupor que provocaría su sustitución individual por sendas traducciones —más exactas que idiomáticas— como *canal de la Manga o *Banco de Lenguados, tampoco es imposible que más de un marino ya le esté llamando al primero ‘Canal Inglés’, por trad. automática EN>ES donde la caja alta de ‘Canal’ parece remarcar el servilismo que caracteriza a los calcos de nuevo cuño:

El pantallazo pegado aquí encima proviene de la web Meteoblue —muy consultada, entre otros, por navegantes no virtuales—, cuya v. esp. recurre visiblemente al traductor automático de Google, que a la herida de omitir el topónimo normal en español le añade la sal de elevar su calco a «traducción verificada». Para ello Google suele esgrimir un criterio de frecuencia que tiene trampa: antes de reflejar en su buscador la asiduidad en la Red de un término dado, su traductor se ha ocupado de engordar dicha frecuencia alimentándola con su propia producción terminológica. En el caso de «Canal Inglés», a 11 de enero de 2021 su búsqueda en Google arroja unas 72.200 coincidencias (en 0,48 segundos), evidenciando que la única alternativa a un mal calco es otro aun inferior:

Digo inferior porque al menos los recién citados calcos «con solera» revelaban cierto ingenio. Así en la anécdota atribuida a Cristóbal Colón durante su Cuarto Viaje (1502): al preguntar a un lugareño cómo se llamaban las tierras que acababa de descubrir, el almirante de la Mar Océana habría recibido la respuesta «Kus terrik» [‘No comprendo’, en lengua cabécar], decidiendo bautizarlas ‘Costa Rica’. En la misma veta, los pescadores que acuñaron el calco ‘Gran Sol’ para nombrar un mar no tan soleado demostraban no sólo su creatividad, sino también su perfecta comprensión de la arbitrariedad del signo según don Ferdinand de Saussure (1857-1913).

En marcado contraste, amén de su nula creatividad, los calcos que Google Translate (GT) fabrica y propaga con eficacia digna de mejor empeño tampoco suelen ser arbitrarios, como corrobora en primer lugar una unidireccionalidad que, partiendo siempre del inglés, barre invariablemente para casa. Así, la predilección y promoción por GT de ‘Canal Inglés’ frente al término establecido ‘canal de la Mancha’ —contraviniendo paladinamente su propio criterio de frecuencia—, lejos de ser casual ni indiferente, sirve al fin de descartar toda duda en cuanto a la posesión de ese brazo de mar: el Canal Inglés, como su nombre indica, sólo puede pertenecerles a los ingleses…

En segundo lugar, como vimos en la anterior entrega de #LinguaTertiæReiPublicæ, el puritanismo anglosajón nos ha llevado, por ejemplo, a tildar de adicciones conductas que no hace tanto conceptualizábamos como aficiones, restringiendo sabiamente el concepto de adicción al sema de la política. Tampoco la obligada sustitución de ‘sexo’ por ‘género’ tiene nada de arbitrario, obedeciendo igualmente a un puritanismo definido por la más inerte esterilidad e incapaz de sembrar sino confusión conceptual. Este bárbaro arrasamiento de todo matiz por la vía de empobrecer regresivamente los pujantes recursos de la lengua prepara el camino para una dictadura cultural cuyo último objetivo es abolir la verdad abortando el pensamiento independiente.

Para exponer mejor la rigidez unidireccional del calco gugueliano, así como su obtusa literalidad a plomada, sin olvidar los estragos del no menos rígido criterio de frecuencia, recurriré a algunos ejemplos extraídos del presente contexto que a mi entender ilustran elocuentemente estas tres fallas fundamentales e incluso alguna más: si le pedimos a GT una trad. EN>FR (=directa) del mismo topónimo English Channel:

…por mucho que intente disimularlo volviendo a perjurar ofrecernos una traducción verificada, GT incurre en flagrante contrasentido [*cadena inglesa], propiciado por un criterio de frecuencia que, de puro acrítico, ni siquiera es tal criterio. Que la anterior trad. EN>ES no reflejara dicho contrasentido se explica sólo por la equivalencia biunívoca entre el ing. channel y el esp. ‘canal’. Ahora bien, ésta no ha lugar en fr., que sí distingue terminológicamente entre los semas ‘conducción de agua’ (canal) y ‘red de emisoras’ (chaîne), que se correspondería con el esp. ‘cadena’. Completan la pifia otros defectos tan graves como la inoperancia de GT para deducir sentidos opuestos discriminando entre la caja alta de los nombres propios y la baja que distingue a los comunes. Pero el factor determinante de su fiasco quizá sea su cruel dependencia de la literalidad. En efecto, para obtener la trad. EN>FR correcta del nombre propio no basta con ponerle sus mayúsculas iniciales: se precisa además especificar unicidad mediante el artículo determinado The, preferiblemente en caja alta también…

Sólo adaptándole la fuente hasta el límite de lo razonable se logra por fin que GT traduzca correctamente como ‘la Manche’, a secas, el topónimo que nos ocupa. Téngase en cuenta aquí que la acepción francesa de canal como ‘conducción de agua’ excluye el brazo o manga de mar, restringiéndola aproximadamente al tipo de vía fluvial a que me refería al principio. Por otra parte, constatar que, para traducir directamente diecinueve míseros caracteres de un nombre propio harto documentado, GT necesita que antes se los adapten bien adaptaditos a su motor de traducción me tienta a encargarle una trad. inversa —esto es, FR>EN—, para que aprenda; y encima, a partir de un original fr. bastardo (algo como *Canal de La Manche, que por más que registre 255 mil coincidencias en su buscador, n’est pas français); y como siempre, sucumbo a la tentación porque el mundo me ha hecho así:

¿Son imaginaciones mías o el cambio de dirección, complicado por un original poco idiomático —aunque gramaticalmente correcto— le funde estrepitosamente los plomos al motor de traducción? Pero tampoco hay que ensañarse: bastan nueve caracteres, espacios incluidos, de un original maqueado para que su trad. inversa le presente dificultad:

La dificultad estriba en que, a diferencia del fr. la Manche, el ing. the Channel no está lexicalizado para designar por antonomasia un canal o manga de mar determinada. Así pues, no hace falta sino revertir el producto de la anterior trad. FR>EN para que revele su endeblez …y la de GT, que incurre nuevamente en el primer contrasentido de retraducir ‘canal’ como ‘cadena’, lo que no le impide volver a asegurarnos que se trata de una trad. «verificada». Que va a Misa, vamos.

Tampoco es que la trad. al esp. del fr. Grand(e) Sole, en principio nada compleja, ofrezca resultados muy alentadores; pues es de hecho una retraducción FR>EN>ES. El ing. siempre interviene en el motor de GT, como analizaremos otro día.

Incluso la trad. al fr. (ES>EN>FR) de un término monosémico como el esp. ‘lenguado’ le planteará problemas de ambigüedad a GT, pues el inevitable paso por el ing. volverá a reproducir las homonimias y polisemias que encierra el ing. y el fr. sole. Ante la absoluta ausencia de contexto, el pobre GT hace lo que puede, que en su caso no es mucho; y como cabía esperar, el criterio de frecuencia, aplicado sin ningún criterio, le juega otra mala pasada…

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