Homenaje a Manuel Puig a veinte años de su muerte

Manuel Puig amaba el cine y ese amor fue la base de nuestra linda amistad

El escritor argentino Manuel Puig había nacido en 1932 en Villegas, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, y murió en Cuernavaca, capital del Estado de Morelos (México), en 1990.

Sus novelas: La traición de Rita Hayworth (1968), Boquitas pintadas (1969), El beso de la mujer araña (1976) y Pubis angelical (1979) alcanzaron fama internacional.

Manuel Puig
Manuel Puig

De su pueblo en la provincia viajó a Buenos Aires para estudiar, entre otras cosas, cinematografía. Después de búsquedas, obtuvo una beca para irse a Italia, ya que había estudiado italiano y Cinecittá era la meca del cine. Sin embargo, estando en Italia se dio cuenta de que la literatura lo atraía y tenía más condiciones.

Nuestra amistad fue “amistad viajera”, porque nos vimos en Brasil, en México y lo conocí en Buenos Aires, en la casa de la agregada cultural italiana.

Cuando nos presentaron me dijo: ¡Como te pareces a la famosa Adrianita! Le dije: “Soy”. Y me abrazó riendo. Empezamos a hablar de cine y eso selló nuestra amistad.

Puig se había ido de Buenos Aires a raíz de amenazas a su persona y la confiscación de su libro The Buenos Aires Affair. Desde la década de los años setenta vivió en Europa, Brasil, México y Estados Unidos, y cuando podíamos nos encontrábamos. Cada vez que iba a Brasil, a Río de Janeiro, nos veíamos. Me encantaba ir a la playa con él, claro… cuando lograba convencerlo. Nos íbamos a la playa de Ipanema, jugábamos con las olas como dos adolescentes, nos salpicábamos agua y nos reíamos como locos. Otras, Manolo me sentaba frente al televisor para mostrarme algún film. Tenía una videoteca fabulosa.

Sin embargo, él y yo preferíamos el ritual de “ir al cine”.

“La sala negra y de pronto la luz y el sonido de la pantalla y uno en la butaca mirando… hipnotizado en esa atmósfera oscura pero brillante. ¿No te parece algo único, Adrianita?”- me decía.

Yo lo entendía totalmente. Cuando niña y era actriz famosa, en el cine de mi barrio me dejaban entrar a ver todas las películas gratis, y yo después de los deberes corría al cine. Esa historia le fascinaba porque él en su pueblo iba al cine, todo el tiempo, con su mamá.

Manuel Puig Pubis Angelical

En México me llamaba para conversar y recordar Buenos Aires, porque estaba escribiendo una novela, creo era Pubis Angelical.

Puig nunca me comentaba sobre sus libros, pero muchas de nuestras conversaciones estaban referidas a ese libro que escribía. Me decía que estaba escribiendo y necesitaba algunas informaciones y a mí me gustaba hablar con él.

Era muy divertido, a veces irónico o pícaro, otras, muy melancólico. Entonces yo le decía: “No hagas tango”, como dicen los mexicanos. Y nos reíamos.

Al leer sus personajes femeninos me parece escuchar sus quejas, su melancolía, sus cuestionamientos sobre el amor. Era un tema que aparecía en nuestras conversaciones, Manolo era muy discreto conmigo, me trataba como un hermano mayor. Le dolía la dificultad del amor entre las personas, la falta de entendimiento. Entendía el amor como una bella comunicación y una manera de compartir en armonía, pero sentía que la sociedad estaba demasiado “sexualizada”; para él, el sexo debía ser algo natural como dormir o respirar. Tenía un gran culto por la amistad, como buen argentino, y le parecía que el sentimiento entre las personas debía estar en primer plano. Y yo compartía lo que me decía.

Vivir en el exilio le pesaba, lejos de sus amigos y del ambiente de Buenos Aires.

Conversamos sobre la nostalgia y sobre la mirada que los otros tienen de nosotros en un país extranjero. El exilio era un tema vinculado con la nostalgia, pero también con las distintas percepciones según las sociedades. Uno es lo que los otros ven en uno, lo que conocen de tu historia, que es en general muy poco.

Sartre habla del “Otro”, y Lacan del “Yo” como algo construido o percibido en el “Otro”. Lacan está presente en Pubis Angelical, en la mirada del otro, en la pareja de la protagonista con el abogado guerrillero. También aparece en el tema del desdoblamiento de la protagonista, en actriz y en enfermera. Manolo era lector de psicoanálisis, conocía bastante al respecto.

En Pubis Angelical surgen estas preocupaciones filosóficas, además de la carencia afectiva, la incomprensión, el análisis de la psicología femenina y el conflicto del exilio. Todos eran temas de nuestras pláticas.

Los dos disfrutábamos conversando; generalmente, Manolo me llamaba. Me preguntaba por calles de Buenos Aires y comenzábamos a recordar juntos:

El cafecito de la esquina ¿Te acordás? – Le decía.

¿Y no había negocios de peletería por Suipacha?” me contestaba, así recorríamos Buenos Aires.

Un día le comenté sobre el Teatro Colón, a donde iba con mucha frecuencia cuando vivía en Buenos Aires. Yo conocía los subsuelos donde estaban los talleres de escenografía, de vestuario, era una verdadera ciudad subterránea. En la oficina de prensa solían invitarme. Manolo me escuchaba y de pronto me dijo: “No sabes lo importante que es todo lo que me contás, Adrianita, me encantó lo que me dijiste del Teatro Colón.”

Mi sorpresa surgió cuando leí Pubis Angelical y la protagonista trabajaba en el teatro Colón, en la oficina de prensa. Finalmente, el teatro Colón es algo emblemático para los argentinos y con Manolo recordábamos esa vida cultural de Buenos Aires, era normal que el Colón le interesara, pero justo mi historia coincidía con lo que aparecía en la novela.

También comentábamos las diferencias culturales de México, país que los dos amábamos. Yo hacía muchos paseos a centros arqueológicos y le contaba, también hablábamos de la comida mexicana, tan distinta a la argentina.

Cuando nos poníamos a comentar las diferencias lingüísticas, nos sorprendíamos.

Todo eso aparece en Pubis Angelical, de una manera u otra.

Puig tenía una sensibilidad especial para el español, el léxico, los matices, el lenguaje popular.

Yo le hablaba de Saussure, el significado y el significante y él conocía la teoría, sabía del Estructuralismo, era muy lector, no hacía alardes, pero era muy culto. Para Puig había una estrecha relación entre la lingüística, la carga significativa de las palabras en el discurso y su carácter social. Conversando hacíamos listados de palabras, notábamos las diferencias expresivas entre los argentinos y los mexicanos y las clases sociales. Su interés por la dimensión sociocultural del signo léxico era real y constante, como era constante su preocupación por la lengua en sus novelas.

Vargas Llosa creo que dijo que su literatura se parecía a la de Corín Tellado; en realidad rescataba la manera de hablar de la gente de su pueblo. Pero ese rescate de la lengua hablada era intencional. Vivía pensando en ensayar algo nuevo en narración, en filtrar la telenovela, el radioteatro en la literatura, era algo nuevo y no siempre lo comprendieron, especialmente la editorial española Barral. En cambio, fue el escritor español Luis Goytisolo quien presentó la primera novela de Puig para ser publicada.

A Manolo le preocupaba la idea del desdoblamiento, me preguntaba sobre la actuación, el ponerse en el papel del otro. Sin duda, conocía a Lacan y su pensamiento influyó en Puig, como influyó Sartre, no porque se lo propusiera, sino porque Sartre tuvo mucha importancia en Argentina durante la década de los años sesenta y setenta; su filosofía marcó toda una generación, especialmente a los cineastas argentinos de la generación del sesenta. Manolo era producto de esa época y su vida, tan azarosa, lo tenía al borde de la “angustia existencial”.

Me consideraba su referente de “Baires” porque le recordaba muchas cosas de la ciudad y, además, porque el cine nos acercaba mucho.

Un día hablábamos de los estilos de actuación, de las distintas estéticas fílmicas y, de pronto, discutimos, porque a Manolo no le gustaba la actuación del actor americano William Hurt, en El beso de la mujer araña dirigida por Héctor Babenco.

A mí me parecía una verdadera creación actoral (por esa interpretación le dieron el Oscar), pero a Manolo le parecía “un mariquita gringo” y que nada tenía que ver con el personaje por él creado: “Es la película de Babenco, no la mía” me decía.

Yo le recordaba que un libro después de publicado tiene vida propia y él lo aceptaba, aunque a regañadientes.

La última vez que nos vimos en Río de Janeiro, estaba muy estresado, me decía que se sentía muy presionado por los editores y que ya no era vida. Quedamos en encontrarnos en México, nuevamente, lugar que los dos amábamos y que, según Manolo, le quedaba más cerca para ir a ver a los editores y atender sus asuntos en Estados Unidos. Yo creo, por otra parte, que Hollywood lo hechizaba y así estaba más cerca. Pero a veces pienso que Manolo buscaba la muerte.

Fue muy triste para mí, la mañana que escuché la información de su muerte en Cuernavaca, el 22 de julio de 1990.

Yo vivía entonces en Nueva York y hablamos una vez. Me contó que vivía un sueño, querían hacer en Broadway la versión de La mujer araña, en musical, que él no llegó a ver. Me decía: “No comprendo cómo una historia tan fuerte puede llevarse a un musical”.

Cuando vi el musical, quedé impresionada y pienso que le hubiera gustado. Recuerdo que comentamos las versiones teatrales de esta novela en Argentina y en México, le gustaban más que la versión cinematográfica, que yo siempre defendí.

Puig amaba el cine, pero ninguna de sus novelas hechas películas lo convenció totalmente. Yo le decía que ese problema era porque en el cine es el director quien tiene la última palabra, no el escritor. Él lo entendía pero no le gustaba.

En Manuel había una intención fílmica en su literatura, él no me lo negaba, había estudiado cine y concebía sus novelas un poco como guiones cinematográficos. Escribió varios guiones, aunque nunca se destacó, incluso hizo el de Pubis Angelical, con el director Raúl de la Torre.

Le parecía extraño que gustándole tanto el cine, la literatura fuera su modo de expresión, no entendía por qué se había dado así, pero el lenguaje fue determinante, la palabra lo dominaba, no la imagen. Siempre había una referencia lingüística en nuestras conversaciones, no podía evitarlo, era un interés genuino.

Yo le decía que una cosa es ver cine como “espectador” y otra es “hacer cine”.

Tanto movimiento y orquestación, tantos detalles que exige una película, a Manuel lo agotaba, escribir era una actividad más tranquila y solitaria. Su intencionalidad fílmica en la literatura era algo buscado, soñaba que sus novelas se hicieran película y ocurrió a menudo.

“El cine tiene magia, Adrianita, es tan vivo”– y añadía con picardía:

“Los dos compartimos el mismo amor sin problemas… pensar que el amor es tan difícil y sin embargo, vos y yo, queremos al mismo amor y somos tan felices.

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