“Inmersión” es una historia de amor con tintes trágicos que llega de la mano del veterano realizador alemán Wim Wenders (72 años, “El cielo sobre Berlín”, “París-Texas”, “Lisboa”, “La sal de la tierra”), uno de mis cineastas preferidos que esta vez no ha conseguido convencerme.

Basada en la novela “Submergence” de JM Ledgard (editada en España por Planeta de libros, 2017), la relación entre los dos personajes, un melodrama teñido de tristeza, está rodeado de un halo de misterio al tiempo que denuncia la violencia y el fanatismo en una historia que trasciende los problemas terrenales: “Una parte del problema –ha dicho Wim Wenders- lo ha creado nuestra propia civilización (…) y tiene que ver con el desequilibrio entre pobres y ricos. Declarar la guerra al terrorismo en 2001 fue lo mejor que podía pasarles a los grupos terroristas, realmente hemos creado un monstruo”.
Intenciones aparte, la película –que habla también de la soledad y el miedo- es grandilocuente, pretenciosa y aburrida. Wim Wenders no tenía su mejor día cuando rodó “Inmersión”.



