La sinonimia no es perfecta

Existen personas que, con el afán de exhibir facilidad en el aspecto lingüístico, de manera regular se preocupan por conocer el significado de las palabras con las que a diario se encuentran en diferentes ámbitos, lo cual no es cuestionable, sobre todo si es educador o comunicador social, oficios que les imponen la obligación moral de ser poseedores de un alto nivel cultural y un  dominio relativo del aspecto gramatical, pues de lo contrario no estarían desempeñando cabalmente el rol que les corresponde.

Eso de aprenderse el significado de vocablos, repito, no es criticable; pero se debe tener cuidado, para que esa práctica no se convierta en una obsesión que conduzca a equívocos y a otros despropósitos que denuncien la incultura de sus autores.

Ha habido casos de personas que se aprenden el significado de una palabra, y con la intención de adornar su prosa y de exhibir su «gran dominio» de la escritura, no desperdician ocasión para usarla; pero desafortunadamente no cumplen el cometido, pues en su supuesta erudición en materia lingüística se evidencia un lenguaje forzado, rebuscado y plagado de incoherencias. ¿Por qué sucede eso? Porque se aprendieron el concepto; pero ignoran el contexto de uso, que es fundamental para entender y que los demás entiendan.

Es aquí donde es menester recalcar que la sinonimia no es perfecta, ni en español ni en cualquier otra lengua, lo cual implica que existen términos que aunque tienen significado similar, no podrán emplearse en el mismo contexto. Bravío y bravo en ocasiones pudieran ser sinónimos, amén de que tienen una raíz común; pero decir, por ejemplo: «Fulana de tal se puso bravía conmigo porque no la llevé al cine», es una gran idiotez, de esa en la que incurren aquellos que constantemente les gusta mostrar sus gran talento.

La sinonimia no es otra cosa que la gama de palabras o expresiones que tienen significado idéntico o muy parecido, con la que es posible evitar repeticiones monótonas, de esas que abundan en los medios de comunicación, con predominio en las redes sociales, en las que, con contadas excepciones, hay mucha basura que desechar.

No es lo mismo alimentario que alimenticio, aunque profesionales de la comunicación social y de la publicidad los usen indiscriminadamente. Alimentario es el medio o el modo para obtener lo que alimenta. En tanto que alimenticio es lo que se ingiere con intención de sustentar el organismo. Tampoco es lo mismo cancerígeno que canceroso. Cancerígeno es lo que puede producir cáncer; mientras que canceroso es lo que tiene cáncer. Son, como habrán podido notar, dos palabras que tienen una raíz común; pero hay en ellas una sutil diferencia que conviene conocer en función de llamar las cosas por su nombre.

Y ya que les he hablado de cáncer, estimo prudente aclarar que metástasis no es un tipo de cáncer, como algunos diaristas descuidados han escrito y escriben como si se tratara de una innovación idiomática. Ese despropósito se ha trasladado al habla cotidiana, favorecido por el inmenso poder inductivo que ejercen los medios de comunicación, lo cual implica que todo lo que en ellos se diga o se escriba, mal o bien, tiende a arraigarse en el vocabulario. Metástasis, de acuerdo con la terminología médica, es cuando un cáncer, luego de producirse en determinada parte del cuerpo, invade otras zonas, que por lo general se transforma en lo que los oncólogos llaman cáncer terminal, que no es un tipo de cáncer, sino lo avanzado del mal.

De modo pues que, con lo  expuesto podrían disiparse las dudas, sobre todo en los diaristas que se dedican a escribir sobre temas de comunidad (así se le llama en Venezuela), ámbito en el que, también con contadas y honrosas excepciones, hay muchas deficiencias, que van desde la repetición monótona, hasta el uso de términos con significado diferente del que registran los diccionarios.

A lo anterior se aúna la falta de interés por innovar, por mostrar una escritura que sea amena, instructiva y que cumpla la noble función de educar, entretener e informar. Me complace saber, y no me sonrojo al decirlo, que a la luz de muchas observaciones y recomendaciones vertidas en este espacio de divulgación periodística, muchos redactores amigos y otros no tanto, han adquirido soltura, lo cual les abre la posibilidad de distinguirse entre el grupo. ¡Esa es la consigna!

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David Figueroa Díaz (Araure, Venezuela, 1964) se inició en el periodismo de opinión a los 17 años de edad, y más tarde se convirtió en un estudioso del lenguaje oral y escrito. Mantuvo una publicación semanal por más de veinte años en el diario Última Hora de Acarigua-Araure, estado Portuguesa, y a partir de 2018 en El Impulso de Barquisimeto, dedicada al análisis y corrección de los errores más frecuentes en los medios de comunicación y en el habla cotidiana. Es licenciado en Comunicación Social (Cum Laude) por la Universidad Católica Cecilio Acosta (Unica) de Maracaibo; docente universitario, director de Comunicación e Información de la Alcaldía del municipio Guanarito. Es corredactor del Manual de Estilo de los Periodistas de la Dirección de Medios Públicos del Gobierno de Portuguesa; facilitador de talleres de ortografía y redacción periodística para medios impresos y digitales; miembro del Colegio Nacional de Periodistas seccional Portuguesa (CNP) y de la Asociación de Locutores y Operadores de Radio (Aloer).

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