Langosta: la soltería como peste

El planteamiento inicial de Langosta es majestuoso y deja con la boca abierta de puro atrevido. Es futurista y a la vez verosímil, cercano, tanto como la llegada del hombre a la Luna vista desde los relatos de Julio Verne. Vemos que una mujer muy atractiva, elegante y decidida se dirige conduciendo un coche, campo a través, hacia un burro que pasta plácidamente junto a otro en un verde prado y lo abate de un tiro. Cae muerto a tierra y no sabemos más.

Langosta, cartel
Langosta, cartel

Luego la acción sigue en otros ámbitos y no se habla más de esta secuencia del burro que sólo más tarde comprenderemos pero que nos deja bastante tocados ante la majestuosidad de lo que viene después. Casi nos impedirá disfrutarlo: ¿Por qué, puesto que son dos los asnos, mata al uno y se va dejando al otro con vida? Eso ya debería darnos la pista de que estamos ante algo muy medido, muy preciso, casi como una cuota fija animal que hay que cobrarse para quedar en paz. Algo tiene ese burro para merecer tal ataque. Así es y así será cuando nos llegue el momento a los demás, todo consiste en dejarse llevar por la fantasía que propone Yorgos Lanthimos en Langosta.

Langosta, última película del griego Yorgos Lanthimos, director de la mítica Canino, plantea algo que ya está en el aire y que, a poco que uno tenga el oído afinado, pone los pelos de punta: el egoísmo atribuido socialmente a quienes se empeñan en vivir solos y que, solteros separados o viudos, se niegan a compartir su vida y su espacio con alguien, todo ello situado en un contexto urbanita en que el bien más cotizado son los metros cuadrados. Esta aversión hacia los solteros está naturalmente avalada por la envidia del resto y es lo que materializa Yorgos Lanthimos en Langosta.

Para ello imagina una historia de amor ambientada en un lugar donde los solteros, de acuerdo con las reglas de La Ciudad, son detenidos y trasladados a El Hotel. Allí les obligan a encontrar pareja en un plazo máximo de cuarenta y cinco días y, si no lo consiguen, son transformados en un animal de su elección y soltados en El Bosque. Es en ese Hotel donde se encuentran recluidos los personajes representados por Colin Farrel, John C. Reilly y Ben Wishaw, que harán nuestras delicias en esta primera parte. Un Hombre desesperado se escapa de El Hotel y se adentra en El Bosque, el lugar donde habitan Los Solitarios, y allí se enamora de una joven (Rachel Weisz) rompiendo todas las reglas establecidas. Es la otra cara de la moneda llevada al extremo, como si de dos asociaciones sectarias se tratara. Las dos sociedades viven de espaldas y no pueden convivir porque si pertenecen a la una, repelen a la opuesta.

Estos extremos de exageración harán que la película se llene de detalles chuscos, como el de la pareja que se empeña en funcionar pero no puede, por lo que recibirá la asignación de un hijo a ver si los “arregla”; en el bosque, veremos a los solteros vocacionales “bailando suelto” como en las modernas discotecas, y sin poder tocarse ni un pelo. No hay término medio. Todo emparenta burlonamente con la actualidad, todo resulta verosímilmente espantoso. ¿Y el burro? A estas alturas ya sabremos por qué el disparo le tocó a él.

Sin embargo la película en conjunto llega a decepcionar al ser la primera parte mucho más brillante que la segunda. Las expectativas eran demasiado altas.

Lo mejor es que estamos ante una historia de amor ambientada en un futuro que se prevé muy cercano y que cabe dentro de lo posible, un futuro en el que los que mandan obliguen a vivir juntos. Frente a ellos, los revolucionarios del signo opuesto que preconizan la soledad -libremente elegida en un primer momento- y que nos pueden caer muy bien, pero que tienen unas normas igual de duras y prohíben hasta el “baile agarrao”.

Langosta (The Lobster 2015) es la primera película de habla inglesa dirigida por el griego Yorgos Lanthimos. Con un producción internacional y un reparto de lujo -junto a los ya citados, colaboradores anteriores de Lanthimos, como Ariane Labed o Angeliki Papoulia-, Langosta consiguió el Premio del Jurado en Cannes 2015 y fue premio de vestuario en el European Film Awards.

 

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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