Masaan: el cuerpo del delito

Masaan, título del primer largometraje del director indio Neeraj Ghaywan, es una película coral que aborda con naturalidad y poesía, a través de diferentes historias paralelas, temas universales como el amor, la vida y la muerte, entremezclados con otros mucho más particulares y específicos de sus protagonistas, como la falta de libertades, la falta de garantías legales… Y siempre con el soborno y la murmuración como telones de fondo.

La historia transcurre en Benarés, ciudad sagrada de la India situada a orillas del Ganges donde, a tenor de lo que se desarrolla en Masaan, el sexo fuera del matrimonio no sólo es un pecado sino que es un delito, un crimen perseguido judicialmente, relatado por espías y penado brutalmente a manos de policías corruptos amparados por la ley. Una ley que, empero, no ampara al individuo y hace que lo puedan torturar, encarcelar, chantajear en el mayor oscurantismo si es sorprendido in fraganti, desposeído así de sus mínimos derechos. Las escenas iniciales de Masaan son brutales para asombrar al mundo y te ponen por ello ante el velo de la incredulidad. ¿Cómo se pueden contar estas cosas y que sigan ocurriendo?

Sin embargo, la película resulta en conjunto de una factura muy bella y sus protagonistas principales también lo son. Uno no se explica tales bellezas, personas tan perfectas en fondo y forma como Devi, Deepak o el propio Pathak, en medio de una atmósfera tan asfixiante. Devi y Deepak, chica y chico, protagonizarán por separado sendas historia de represión, injusticias y azarosos anhelos que al final harán brotar la belleza más armónica como una flor entre las rocas. Sólo cuando esto ocurra, se podrá decir que los dos estarán ya purificados de tanto sufrimiento y que merecen que las piezas empiecen a encajar.

Esto creo que habla de la supervivencia del espíritu, que es capaz de sobreponerse a lo peor. Pero en su camino hasta encontrarse, otros muchos «peones» de su historia habrán desaparecido, y bien podrían haber sido ellos los que ocuparan su lugar.

La extrema desigualdad de géneros en una sociedad profundamente injusta con las mujeres queda patente y por momentos parece que no estuviéramos en Benarés sino en Lahore, de donde nos llegan de vez en cuando a través de los telediarios, noticias de lapidaciones y cremaciones en vivo por cuestión de honra, pero también es una sociedad injusta con los hombres que quieren actuar en conciencia alejándose de la hipocresía que ampara la tradición. Sólo el dinero parece que puede engrasar la maquinaria que les libre de esclavitudes.

Porque Neeraj Ghaywan no se limita a transmitir con su película las vivencias individuales de los protagonistas, sino que Masaan representa también, a través de diferentes historias, la situación en la que se encuentra la sociedad india en la actualidad: debatida entre modernidad y tradición. Y las historias acaban encajando y engarzándose entre sí mediante objetos que toman la característica de mágicos, como el anillo de mujer salvado misteriosamente de una cremación, o las 300 000 rupias que unen el soborno policial del principio con el precio de una concesión gremial heredada de generación en generación. Por otra parte, en Masaan, exteriores e interiores deleitan porque están muy cuidados, con esa luz de postal, esa forma de vestir de las mujeres que llevan el sari con una elegancia como si fueran emperatrices aunque estén cocinando, y esa simplicidad del ajuar doméstico en medio del calor tropical. Las motos también ocupan un protagonismo muy oportuno y hasta oportunista. Y cómo no, la poesía, que une mundos en conflicto, tan opuestos que se repelen entre sí pero que un deus ex machina truncará oportunamente.

El mismo director reconoce que Masaan es una producción diferente a las que habitualmente se hacen en India y que responde a que hay un público cada vez mayor que se interesa por un cine diferente del cine tradicional de Bollywood.

Masaan, coproducida entre India y Francia, ha obtenido un amplio reconocimiento de la crítica, como ópera prima, y ha triunfado en el Festival de Cannes 2015 siendo doblemente premiada con el Premio Fipresci y Premio Avenir en la sección Una Cierta Mirada.

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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