Pacto faústico

El hemisferio norte arde este verano y las gráficas aseguran, que Europa se calienta al doble de velocidad de hace cien años.

Lo que llevó a El País, a publicar este 3 de agosto un artículo de Pedro Torrijos precisando que el 24 de junio, el aeropuerto de Bilbao marcó 42.7 grados; la cifra más alta registrada allí.

Torrijos advierte que encender el aire acondicionado «que enfría la habitación, pero calienta el planeta» es firmar un pacto faústico que vende frío a cambio de futuro y permite a quienes lo tienen sentirse inteligentes y modernos.

Pero hace dos mil cuatrocientos años en los desiertos de Persia, asienta, alguien fue de verdad inteligente.

Y pide imaginar los desiertos de El Dasht-e Kavir y Dasht-e Lut, donde la tierra parece el recuerdo de un mar que se evaporó de pura desesperación.

Ahí, «como brotando de la arena, hay una colina de barro con forma de colmena gigante o de teta apuntando al cielo, una cosa con pinta de cosa-que-no-debería-estar-ahí y sin embargo está, lleva siglos estando».

Es un yakhchāl palabra que significa pozo de hielo, porque en la mitad de ese horno los persas de hace dos milenios y medio, lo fabricaban.

«No lo traían en camiones refrigerados ni lo escupía ninguna máquina, lo hacían nacer de la noche; se aliaron con su peor enemigo, porque tenían barro, sombra, agua, paciencia y una observación feroz del cielo»

Porque cuando el sol se pone, el cielo seco y despejado, se convierte en un sumidero y el calor del suelo escapa hacia arriba, hacia el espacio negro.

Y sin vapor de agua que lo retenga desploma la temperatura; lo que en física se llama, enfriamiento radiativo.

Añade que vertían el agua en pozas poco profundas que la mantenía en sombra durante el día y en la noche se congelaba y en ocasiones ayudaban a que se congelara más aprisa, poniéndole hielo llevado de las montañas.

Y para guardarlo, lo cortaban al amanecer en láminas heladas que llevaban a una cámara subterránea, una suerte de vientre del yakhchāl, donde aguantaban congeladas el verano entero.

Ese vientre era la otra mitad del prodigio por sus muros de hasta dos metros de grosor en la base levantados con sarooj; un compuesto de arena, arcilla, clara de huevo, cal, ceniza y pelo de cabra mezclados, que lo hacían tan impermeable y reacio al calor, «como un monje al pecado».

Cavaban en la tierra un hueco que en los pozos grandes podía alcanzar miles de metros cúbicos y en la cúpula hacían un orificio para que el aire caliente se escapara por arriba y arrastrara consigo el bochorno, dejando el fondo frío y quieto.

Y todo esto no funcionaba solo, «porque nada hermoso funciona solo».

El yakhchāl era una de las piezas de una orquesta hecha a base de ingenio, que se integraba con los qanats; acueductos subterráneos, que se extendían por kilómetros y eran cavados a mano por hombres que jamás verían el agua llegar a su destino, pero sabían que esos túneles iban a traer el frescor de las montañas hasta el corazón de las ciudades.

Y con los bâdgirs, chimeneas al revés, que en lugar de expulsar humo capturan brisa y la hunden y cuando no la hay, succionan el aire por puro juego de presiones y densidades; refrescándolo al pasarlo sobre el agua de una poza oculta.

En Yazd, la ciudad del desierto central donde el termómetro supera holgadamente los cuarenta grados, todavía se alzan unas setecientas de esas torres.

Y la más alta del mundo, de casi treinta y cuatro metros, corona un pabellón en el jardín de Dowlat Abad.

El conjunto de qanats persas es Patrimonio de la Humanidad y Yazd, la ciudad donde se inventó respirar el calor en lugar de combatirlo con máquinas eléctricas, también lo es.

Aquellos persas sabían termodinámica sin conocer la palabra ni los gráficos del programa Copernicus, que hoy nos dicen que Europa se calienta al doble de velocidad que hace cien años.

Pero, reitera Torrijos, tenían barro, sombra, agua, paciencia y una observación feroz del cielo y eso les bastaba para fabricar hielo en el infierno.

Y nosotros, que tenemos la termodinámica entera y sabemos exactamente por qué la noche del desierto enfría y por qué la dorsal nos asa, respondemos a la canícula encendiendo aparatos que devuelven al aire más calor del que extraen de la habitación; exportando el problema al pasillo, a la calle, a la atmósfera, al año que viene, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos.

«Compramos frío y no somos conscientes de lo que pagamos a cambio».

Teresa Gurza
Periodista. Soy mexicana, estudié la carrera de Historia y soy Locutora, Cronista y Comentarista y Licenciada en Periodismo, pero ante todo reportera. Me inicié en televisión en 1970 y fui reportera, conductora y productora de programas noticiosos; reportera de asuntos especiales de los diarios El Día, UnomásUno y La Jornada, y corresponsal en la Unión Soviética, Checoslovaquia y Michoacán. Por razones familiares, mi marido era chileno, viví en Chile más una década. He recibido muchos premios y reconocimientos, entre ellos el Nacional de Periodismo en Reportaje y ahora radico en México y escribo artículos para Periodistas en Español y otros medios.

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