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Augusto Roa Bastos: mis recuerdos

Homenaje al escritor en el centenario de su nacimiento

Llegaba al café de Corrientes en Buenos Aires el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos (13 de junio de 1917  – 26 de abril de 2005) donde nos encontrábamos para hablar de cine y literatura, con algún cuaderno de notas y su manera discreta y amable de ser.

En ese entonces, la década de los 60, vivía en la capital porteña y tenía éxito en el cine con sus guiones y como escritor. Argentina y el mundo intelectual lo habían recibido con beneplácito y Roa estaba contento de los amigos que recogía y de la vida cultural, a pesar de su exilio en Paraguay.

Augusto Roa Bastos en Argentina
Augusto Roa Bastos en Argentina

El café era muy ruidoso, entonces nos sentábamos en una mesita de costado cerca de la ventana. Yo era amiga del escritor David Viñas, y fue David quien me relacionó con Roa para que lo ayudara con algunos asuntos de cine. La primera vez que nos encontramos, Roa llegó muy apurado, intercambiamos números de teléfonos de gente del medio y algunos comentarios sobre su vida en Buenos Aires, ciudad que le fascinaba.

Su acento paraguayo era notorio, hablaba el guaraní y un español muy culto. A mi pregunta sobre la película “El trueno entre las hojas”, que había filmado con Armando Bo, me comentó que el film le había dado mucha proyección a su libro de cuentos. El cine argentino estaba viviendo una transformación con nuevas propuestas y nuevos directores; ese movimiento se llamó “Generación del 60”. Una de sus características era el acercamiento a la literatura, la búsqueda de buenos libros que pudieran llevarse al cine.

“El trueno entre las hojas” de Roa era un libro de cuentos que se había publicado en Argentina en 1953 y tuvo buena acogida. Uno de los cuentos de ese libro, “La hija del ministro”, se adaptó al cine. Era la historia de un aserradero donde se explotaba a los trabajadores, se filmó en Asunción y Guaira, en Paraguay, y tuvo como protagonista a la estrella sexy Isabel Sarli, quien filmó la primera escena desnuda frontal del cine argentino, bañándose en un lago.

Roa Bastos veía al cine como una gran posibilidad, y le interesaba la realización de guiones (escribió un libro sobre guiones cinematográficos a partir de estas experiencias). Comprendía que no siempre se podía adaptar un texto literario con la visión de la literatura, y que eran lenguajes diferentes.

Reconocía la proyección artística y publicitaria que daba el cine, de allí que casi todos los escritores desearan llevar sus libros al cine. Era un verdadero boom de cineastas y escritores pensando películas en función de libros. Y, lógicamente, el aspecto económico también contaba, especialmente porque Roa vivía en el exilio. Se sentía bien recibido y apreciado en el medio cultural argentino, y muy integrado. Obvió comentar la película de Bo. En cambio, me habló de los guiones “Shunko” (1960) y “Alias Gardelito” (1961), filmes dirigido por el actor y director Lautaro Murua; esos filmes le habían dado mucha satisfacción. También trabajó con Manuel Antin, director precursor de la “Generación del 60”, con quien realizó el film “Castigo al traidor”, que Antin me obsequió.

Argentina vivía un tiempo de esplendor en los 60, con la creación del Instituto Di Tella, auge literario, cinematográfico, y musical. Roa participaba de ese gran movimiento cultural y artístico, pero cuando llegó el gobierno militar en los 70 aceptó una invitación de la Universidad de Toulouse y se fue a Francia, en 1976.

En otra ocasión nos encontramos en el mismo café. Lo felicité por el Premio Faja de la Sade, y por su novela “Hijo de Hombre”, que me había impactado tanto. Yo estaba estudiando en la Facultad de Filosofía y Letras, y Roa quería saber qué autores se analizaban. Al verme tan interesada por “Hijo de hombre”, me contó que esa novela tenía aspectos autobiográficos, sus experiencias y vivencia en Paraguay, en el pueblo donde pasó su niñez: Iturbe y otros pueblos paraguayos, donde había aprendido el guaraní.

Le comenté que admiraba la condición bilingüe del Paraguay: español-guaraní. Riendo me dijo algunas palabras en guaraní y que tenía que visitar Paraguay. También me habló sobre su participación en la Guerra del Chaco contra Bolivia. En su novela “Hijo de Hombre” hace una fresca exposición de la historia paraguaya, de los aspectos sociales, de la cultura, de la realidad de su país. Sentía amor por Paraguay; sus recuerdos afloraban naturalmente.

Yo conocía muchas melodías paraguayas, me encantaba el arpa y a Roa le gustaba el tango, incluso creo que me dijo que había escrito letras de tango. También hablamos de poesía, admiraba a Borges, mi profesor en la universidad. Roa tenía bellos poemas, contribuyó a reactivar la poesía paraguaya junto con Josefina Plá y Herib Campos.

Esa tarde me dio una clase de historia. Me habló de la guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia, en la que él participó, y luego mencionó la de la Triple Alianza, de la cual yo tenía una idea difusa. Roa Bastos se dio cuenta, y entonces me contó los motivos y lo desastrosa que fue para Paraguay: prácticamente se había quedado sin hombres, diezmada su población, empobrecida. Recordé los cuadros de Cándido López, donde narra históricamente esa triste epopeya. Fue en esa ocasión cuando me habló del tema del poder, “una fuerza destructiva que limita nuestra sociedad”, me decía. Quedamos en encontrarnos nuevamente.

Roa Bastos no tenía mucho tiempo para escribir, pero no dejaba de hacerlo. Me comentó unas notas sobre el tema del poder, el abuso y las deformaciones a las que llegan los tiranos, eran notas para lo que luego sería “Yo, el supremo”, libro que completaría la trilogía de sus novelas sobre ese tema. Me habló de un acuerdo que hizo con el escritor mexicano Carlos Fuentes y con García Marquez para escribir sobre este tema, ya que a esos escritores les interesaba profundamente. A Roa, ademas de interesarle le inquietaba, me decía: “el poder cambiaba al hombre, lo vuelve soberbio, lo trastorna impidiéndole ver la realidad”. Yo pensaba en algo instintivo: los animales que devoran a los débiles, o los someten. El concepto bíblico del deseo del hombre de emular a Dios.

Roa meneaba la cabeza. Fue entonces cuando recordó con afecto a su tío, el obispo Hermenegildo Roa, que lo había motivado a leer. Reconoció que el poder era diabólico. Nuestros pueblos americanos no podían escapar del caudillismo, de gobiernos dictatoriales, productos de la ignorancia y falta de educación de la gente, y de la herencia medieval española. Roa era moderado en sus juicios, sin exaltaciones. Me gustaba conversar con él porque no se enojaba como David Viñas; era muy tranquilo.

Al concluir mis estudios yo quería optar a una beca y Roa me sugirió Francia. Me contó que él había sido corresponsal en Francia, y que había entrevistado a Charles de Gaulle, una experiencia muy especial que Roa recordaba con aprecio. Estos consejos influyeron, porque al terminar mis estudios solicité una beca y me fui a estudiar a París.

Roa dejó Argentina en los 70 y no volví a cruzarme con él, ni siquiera en México, donde yo viví y él estuvo desarrollando una labor de apoyo al movimiento ecológico del poeta Homero Aridjis.

Aquellos encuentros en nuestro ruidoso café de Corrientes y Callao no volvieron a repetirse. La novela que me había dedicado, “Hijo de Hombre”, se perdió en mudanzas de países, como parte de la obra de Roa, que también se extravió.

Actualmente, una de sus hijas, Mirta Roa, encargada de la Fundación que lleva su nombre, con quien hablé cuando estuvo en Miami, está recopilando las entrevistas y artículos publicados en el diario El País de Asunción. En esos textos se expresa el pensamiento y la estética de su padre.

Fue maravilloso haber descubierto Paraguay, su cultura y su historia, de la mano de Roa Bastos, un verdadero privilegio compartir sus vivencia, sus anécdotas, con quien representa uno de los grandes autores de nuestra literatura latinoamericana.

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