Roberto Cataldi[1]
Las estrategias y tácticas de dominación se repiten de generación en generación, al extremo de estar presentes como una constante, lo confirma la historia universal. La sed imperial va más allá de lo geopolítico y económico. La fuerza que otorga el poder de fuego, las medidas extorsivas, el expansionismo, las apropiaciones indebidas de recursos ajenos, la carrera de la IA por colonizar las mentes, en fin, un panorama poco esperanzador para aquellos que deseamos un mundo donde la justicia y la equidad prevalezcan, y que el otro sea respetado al igual que nuestro planeta.

Albert Einstein sostenía que la amenaza del mundo no residía en las malas personas sino en aquellos que toleran o permiten la maldad.
Hoy por hoy comprobamos cómo todo está cambiando en un peligroso clima de inquietud emocional, tanto en los distintos campos del conocimiento, como en lo laboral, la vida familiar, el modo de interactuar, pero fundamentalmente en la forma de hacer dinero, pues, es el eje central de esta movida camuflada.
Mucho se habla de la urgente necesidad de establecer un nuevo orden que nos de cierta tranquilidad y nos permita vivir mejor, sin embargo, cualquier intento que se promocione como «nuevo orden» seguirá siendo injusto e inhumano.
Los que se candidatean en los distintos países para estar al frente del ejecutivo, procuran mostrar una imagen con la que pretenden agradar al electorado, pero con frecuencia se trata de una impostura, una simulación o tal vez disimulación. En efecto, detrás de la escena (backstage) está el costoso marketing, los asesores de imagen, los influencers, las encuestas, los aportes de campaña de los magnates y sus corporaciones, que juegan a dos puntas, ya que gane quien gane, deben salir favorecidos.
Recuerdo que en una importante empresa de salud que trabajé, los dueños eran dos hermanos, y como la disputa por la presidencia del país estaba entre los candidatos de los dos partidos mayoritarios, se habían puesto de acuerdo para uno afiliarse y apoyar a un partido mientras el otro haría lo mismo con el oponente, y así apostaban a beneficiar su negocio.
En la Argentina, hoy la sociedad espera «nuevos outsiders» para la próxima elección presidencial, pero no aparecen, y los que surgen en los medios, provenientes de áreas no políticas pero con grandes negocios y el respaldo de los dueños del país, no logran medir en las encuestas. Quizá porque muchos ciudadanos comienzan a darse cuenta de que lo que le ofrecen es más de lo mismo, pues, vivimos en uno de los países condenados a tener que elegir entre lo malo y lo peor, si bien es cierto que el fenómeno se va globalizando.
Cuando surgió alguien que podía revertir la situación, al menos con buenas intenciones y cierto sentido de justicia, y en la región en algunas oportunidades ha sucedido, las corporaciones se las ingeniaron para derribarlo, mediante golpes militares (hoy en desuso aquí), movilizando a multitudes clientelares que no tienen idea de lo que está en juego, o simplemente con estallidos económicos que generan pánico en la población…
Sí, justamente estas corporaciones que viven enriqueciéndose del Estado y a la vez se quejan de su ineficiencia, que piden que éste se reduzca a la mínima expresión (minarquismo cuando no anarcocapitalismo), es decir, solo protección de la propiedad privada y seguridad, con algunas otras medidas cosméticas para la tribuna, pero no mucho más. Grandes empresarios que consideran que la libertad de mercado, algo lícito, funciona si tienen las manos libres para hacer cualquier tropelía en perjuicio de contribuyentes y consumidores, y en caso de ser necesario, saben cómo lograr aprobar leyes a su medida.
La necesidad de ejercer influencia en los otros está relacionada con la condición humana y el carácter gregario o social, pudiendo lograr el cambio en el modo de pensar, sentir o actuar. Sin embargo, mi impresión es que hay más gente que observa y piensa, descubre los trucos y las coartadas de los políticos, reconoce sus imposturas, e incluso llega a predecir cómo actuará el «algoritmo tonto», desconfía del software y de la IA porque descubrió que la prioridad no es el servicio humanitario como propalan quienes lo comercializan. Asimismo, no poca gente ya aprendió a reconocer las tramoyas del mercado (escudado en una «abusiva» libertad de mercado) del cual todos somos parte.
Los Estados Unidos han logrado imponer muchas cosas apelando al poder blando (the soft power) y con Hollywood contribuyendo al relato, pero con Trump en la Casa Blanca se cayó la máscara. Vietnam, Irak, Afganistan, y otras aventuras bélicas, no fueron suficiente experiencia e insisten taimadamente en ser los dueños del planeta. Pero sus rivales y enemigos no se quedan atrás, revelan ambiciones delirantes, si bien hasta ahora se cuidan de respetar las líneas rojas, aunque como decía Mark Twain, «Ninguna cantidad de evidencia persuadirá a un idiota».
La subordinación ideológica, mercantil y en casi todos los rubros a los Estados Unidos es patética. Mi país procura liderar esta tendencia, a contrapelo del pensamiento de la ciudadanía, e incluso está en la nube. La misión encomendada a los cipayos es el «desarrollo no inclusivo», para que los capitales extranjeros se apropien incluso del Estado, al cual maldicen pero lo usan hasta para reprimir los reclamos justos de la población.
En fin, a menudo los ciudadanos con conciencia moral nos preguntamos qué es lo que debemos cambiar para que nuestro planeta sea habitable para todos los seres humanos.
Está claro que, en tanto y en cuanto no nos crucemos de brazos y alcemos la voz, le será muy difícil al poder diseñar un futuro à la carte, hacernos creer que el cambio que instrumentan resulta irreversible, que lo debemos aceptar sin protestar y adaptarnos dócilmente, en una suerte de esclavitud consentida. Y no es lo mismo aceptar las cosas que uno no puede cambiar, que intentar cambiarlas…. Pues bien, a menudo todo surge de una idea y, Elías Canetti sostenía: ¿Habrá alguna idea que merezca no ser pensada de nuevo?
- Roberto Miguel Cataldi Amatriain es médico de profesión y ensayista cultivador de humanidades, para cuyo desarrollo creó junto a su familia la Fundación Internacional Cataldi Amatriain (FICA)



