Algunos recuerdos pensando en Godard: de «A bout de souffle» a «El libro de imagen» 

«El arte exige el valor de la imaginación», J.L Godard

No soy amigo de necrológicas ni de hagiografías, ejercicios de estilo muy practicados en este oficio periodístico para destilar elogios póstumos hipócritas sobre personajes que fueron ignorados o muy criticados en vida.  En esta crónica quiero solamente compartir con nuestros lectores algunos recuerdos que han venido a mi memoria al leer la noticia del fallecimiento de Jean Luc Godard, y aprovechar la ocasión para compartir algunos artículos que publicamos en periodistas-es en los últimos años.

Jean-Luc Godard Le livre dimage
Jean-Luc Godard en «Le livre dimage»

Soy de esa generación que cumplió veinte años en 1968, mi hermano Rafael, fallecido poeta, pintor y hombre de cine, tenía tres años más que yo y fue quien en 1964, frecuentando la filmoteca de Madrid, me hizo descubrir la existencia de las películas de la Nouvelle vague de Godard a Truffaut o Agnes Varda.

Recuerdo el formidable trabajo en la época de la revista «Nuestro cine» en la que escribía Víctor Erice, con sus rubricas sobre lo que se podía ver en los festivales en el extranjero. Esas películas que nos marcaron de forma profunda a varias generaciones de cinéfilos y cineastas fueron: «A bout de soufle», «Los cuatrocientos golpes», o «Cleo de 5 a 7» y muchas otras, que pude ver viajando por vez primera a París cuando tenía dieciséis años.

En esos viajes a Paris pude frecuentar la cinemateca francesa en el Palacio de Chaillot, y ver todos aquellos clásicos del cine que habían sido prohibidos o mutilados por las tijeras de la censura franquista.

Mis recuerdos van así al viejo estudio Cujas, en el barrio latino, transformado luego en espacio y cine Accattone y al Palais Chaillot en Trocadero.  Allí vimos películas de Godard, como «Le mepris», «Alphaville» o «Pierrot le fou», pero también «Jules et Jim» de Truffaut, «Morir en Madrid» de Frederic Rossif, «Rocco y sus hermanos» de Visconti, «La edad de oro» y «Un perro andaluz» de Buñuel, «Accattone» de Pasolini, «El acorazado Potemkim» de Eisenstein, «Nosferatu» de Murnau, «Roma ciudad abierta» de Rossellini, y un largo etcétera.

Rafael Feo Zarandieta: «Godard». Oleo y collage (50X257). En la exposición «El realismo es una impostura». Obras realizadas entre 1987 y 1988.
Rafael Feo Zarandieta: «Godard». Oleo y collage (50X257). En la exposición «El realismo es una impostura». Obras realizadas entre 1987 y 1988.

En sus años de pintor bohemio en Madrid, mi hermano Rafael, quien era adicto partidario del cine de Godard, le rindió un hermoso homenaje en uno de sus cuadros. Era una exposición cuyo catalogo llevaba por título: el realismo es una impostura.

Con el tiempo los diversos talentos de la Nouvelle vague evolucionaron por caminos diferentes. Jean Luc Godard fue sin duda entre ellos el más radical en sus planteamientos y teorías sobre el cinematógrafo, la literatura y el arte, pero también el más coherente en sus posiciones políticas antirracistas.

«A bout de souffle» que en español llevaba el poco adecuado título de «Al final de la escapada», fue sin duda una película fundacional de la Nouvelle vague, que revolucionaba la manera de filmar y liberaba el cine francés del rígido modo de producción de los grandes estudios en Francia.

Godard nos hizo soñar con Jean Seberg y Jean Paul Belmondo, y más tarde con Ana Karina y Brigitte Bardot. Sus películas marcaron de forma indeleble la historia del cine en los años sesenta.

Tras un largo periodo en los años setenta fuera de los circuitos comerciales, Godard volvió en los ochenta con su «Historia del cine» y una serie de películas que van de «Sauve qui peut (la vie)» a «Nouvelle vague», o «Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine».

No he visto nunca la totalidad de su prolífica obra en cine y video, sino tan solo una quincena entre sus películas más conocidas. En el 2000 volvimos a descubrir su talento y su pasión en la búsqueda de nuevos caminos en el lenguaje cinematográfico con películas como «Elogio del amor», «Adiós al lenguaje» o «El libro de imagen».

En el festival de Cannes recuerdo a Godard, cuando todavía frecuentaba en 1980 el bar «Petit Carlton», hoy desaparecido, justo antes de la destrucción del antiguo palacio del festival. Su presencia nos intimidaba y con mis colegas le observábamos con respeto, sin atrevernos a abordarlo.

Mi más reciente recuerdo de Godard data de Cannes en 2018, cuando a sus 87 años de edad presentó en competición «El libro de imagen» y animó una histórica conferencia de prensa en la que rindió un valiente homenaje a Cataluña y al pueblo palestino, entre otros, con un brillante alegato por el cine pensado frente al cine filmado.

Su mensaje artístico se resumía así: Esperanza, resistencia y utopía, contra los privilegios y la codicia imperialista. A guisa de testamento nos dejó Godard esa última obra, brillante calidoscopio, compendio de la historia del cine y reflexión filosófica, literaria y política sobre el mundo en que vivimos.

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Periodista profesional en Francia desde 1976. He trabajado durante 35 años como periodista (Responsable de edición y critico de cine) en el servicio en castellano de Radio Francia Internacional. Pero también como corresponsal en Paris de diversos diarios y semanarios españoles y critico en Cine Classics (canal plus). Jubilado desde el 2013, escribo ahora en Periodistas en español y en Aquí Madrid. Miembro del Sindicato Francés de la critica de cine y de Fipresci, he cubierto numerosos festivales de cine internacionales, muy especialmente Cannes y San Sebastián. Militante antifranquista en los años sesenta, resido en Francia desde 1974, fecha en que me acordaron el asilo político. Hoy en día tengo la doble nacionalidad hispano francesa.

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