Requiem por Lope de Vega, en el Día de la Mujer Trabajadora

En conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, la figura del que fuera “fénix” de los ingenios, Lope de Vega, subió al escenario en el Patio de Comedias del pueblo manchego de Torralba de Calatrava junto a las mujeres que le quisieron, odiaron, adoraron, dieron hijos, cobijo, cariño o desengaños.

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Unas mujeres que le van ajustando cuentas en los últimos momentos de su existencia, cuando ya, convertido en sacerdote, Dios le llama desde el más allá porque, según sus palabras, “la vida es una partida que va quedando en tablas y es al final cuando se decide la suerte de la inmortalidad”.

Sobre un texto original de Antonio Gala, que lo escribiera en los primeros años ochenta del pasado siglo para el programa Paisaje con Figuras de Televisión Española, vamos a ir conociendo la vida de un Lope de Vega que, según el autor, vivió en el Siglo de las Luces, “de grandes escritores, pero que fue también de espadachines a sueldo, matarifes de baja estopa nobles de sueldo en Corte alcahuetas y meretrices de cama o corral ajeno entregadas al mejor postor”.

“Lope fue un hombre que lo fue todo en su tiempo -dice Antonio Gala en el texto original-. De esta manera pasó por los oficios de soldado, amante, unas veces bravo y otras cobarde, y también adúltero. Fue igualmente secretario de amoríos, estuvo preso, fue maestre de escena, casero, lazarillo y hasta sacerdote.

Pero Lope de Vega, el gran «Fénix de los Ingenios» fue, ante todo, un gran poeta. Hizo de todo en la vida menos gobernarse a sí mismo, porque seguramente nació para ser desgobernado…”.

Conrad-Lope-de-VegaAsí lo pudimos ver en el escenario manchego cuando la vida se le va, en un momento en el que el espíritu de las mujeres se lo disputan, mujeres que le puntuaban, al tiempo que se lo dividían. Mujeres que son de alguna manera las verdaderas protagonistas de la obra, ya que sus espíritus acuden a la tierra para ajustar cuentas, no doliéndole prendas y diciéndole al poeta las verdades del barquero.

Mujeres como esa María de Aragón que fue Marfisa en sus versos, y con la que tuvo dos hijos, mientras Lope ya andaba metido en las faldas de Elena Osorio, “peor pécora que comediante”, a la que el poeta llamará Filis, mientras ella lo tilda de carnero consumado y enviará al destierro por mediación de su padre.

Isabel de Alderete, Belisa, será otra de las mujeres de Lope, “menuda, poquita cosa, suave, hija de un rey de armas, bastante buen partido”, con la que se casará por poderes, y a la que dejará plantada mientras se embarca con la Armada Invencible. La viuda doña Antonia Trillo fue otra de las mujeres de Lope, a la que “en la Plaza de Matute le paseó la calle, y algo más…”, mientras que al marido de la susodicha llama sordo, “porque no oyó ni el fragor de los cuernos ni la bullanga de la cencerrada”.

Es un toma y daca sobre el escenario entre Lope y las mujeres que pasaron por su vida. De esta manera, tras la viuda doña Antonia Trillo conoceremos a Juana de Guardo, que era “boba, un poco gorda, lenta y buenaza”, y con la que se casará en la iglesia de Santa Cruz, la cual descubre que el Lope casado mantiene otra casa con Micaela Luján, altanera, de risa lozana y con unos andares que van diciendo “que todo amante libre se ponga en cobro”. Después vendrá Jerónima de Burgos, con la que tendrá un hijo llamado Fernando Pellicer, faena hecha “en un par de noches, y al zurrón”, un hijo del que ni se acuerda. Y Lucía de Salcedo, a la que llamará “la loca”, pero la que a Lope enloquecía, porque no le estorbaba el manteo al poeta, no… aunque ya no estaba para esos trotes…

Finalmente, la última mujer que conoceremos será Marta de Nevares, a la que el “fénix” nombrará como Amarilis y que entrambos se amarán con locura y a la que separará de su marido y meterá en un convento para que nadie la mire.

Serán los dos, el espíritu de Marta y la vida de Lope los que se irán apagando sobre el escenario porque al poeta, amante, vividor, soldado, sacerdote, se le escapa la vida…

En “Réquiem por Lope de Vega” vemos a un hombre enfrentado a las mujeres y que intenta justificarse ante sí y ante la historia con frases y alegatos como: “Os amé a todas. ¿Quién me comprenderá? Viene el ímpetu y empuja como un viento imprevisto, como un gran oleaje, y se siguen, a empellones, los gritos de la sangre… Cuando lloré, lloraba, y amaba cuando amé. Del todo y para siempre a cada una. ¿Qué es la vida, sino? ¿Cómo cumplir, sino, mi corazón, que tanto se ha excedido? En cada momento de mi vida ha hecho apasionadamente lo que apasionadamente deseaba… Dios en más grande que mis pecados, y su misericordia más que mis reincidencias…”.

Un Lope que vivió y murió en el Barrio de las Musas madrileño, teniendo como vecinos a Quevedo, Cervantes, Góngora, Rojas y Quiñones de Benavente, o la Riquelme, o Juan Rana, aquel barrio que era el mentidero de la trapacería teatral, junto al Corral de la Cruz y la Pacheca, en un Madrid del Siglo de Oro.

Un Lope al que Quevedo, describe en uno de sus mordaces versos de esta guisa:

  • Cuando fue representante
    primeras damas hacía;
    pasóse a la poesía
    por mejorar lo bergante.
    Fue paje, poco estudiante,
    sempiterno amancebado;
    casó con carne y pescado,
    fue familiar y fiscal.
    Y fue viudo de arrabal
    y sin orden ordenado.

Un Lope de Vega al que las mujeres ajustaron cuentas en el Patio de Comedias de Torralba de Calatrava, vecino al Corral de Comedias de Almagro, y al que tuve la satisfacción de interpretar.

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