Todo México es una fosa común

En México no hay muerto que borre la memoria del otro, pero son tantos ya, que pareciera imprescindible para la supervivencia tener una memoria a corto plazo. Sin embargo, no se puede ser tan inhumano como para guardar el luto de una nación en el cajón del archivo en desuso.

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Yolisbeth Ruiz García

Se creería que la abundancia con la que la naturaleza dotó a las tierras mexicanas son el tesoro maldito de los aztecas. La avaricia, la maldad, la corrupción y las pestes se ensañan con todos. Unos mueren de hambre, otros por gula, otros tantos, como víctimas de algún ataque a civiles por parte de algún escuadrón que seguía órdenes de un mando superior. Otros, porque se atravesaron en una “balacera”, y unos más por pertenecer a grupos delictivos.

Pero están los muertos porque a alguien le pareció buena idea acabar con su vida. Estos últimos son civiles que, sin deberla ni temerla, simplemente ahora no están con sus familias.

Existen tantos reportes de personas desaparecidas en tan diversas circunstancias que es imposible seguir una sola línea de investigación.

Así, es fácil encontrar encabezados en cualquier periódico en donde se habla de una niña desaparecida en Veracruz y otra en Chiapas, o el caso de los estudiantes de Ayotzinapa que, al día de hoy, no se sabe su paradero, o de algún “levantón” en cualquier calle de la Ciudad de México a plena luz del día; o de un periodista secuestrado en Sinaloa, o de mujeres que salían del trabajo y no regresaron a su casa en el Estado de México o en Ciudad Juárez.

Estas noticias ya se beben con café y galletas todas las mañanas, mientras se lee la prensa y, en el mejor de los casos, se sigue sintiendo repulsión y dolor por una vida más que se pierde; pero ya muchos mexicanos están desarrollando una especie de coraza de apatía ante tales noticias. La memoria de un muerto se borra ante la noticia de uno nuevo. Los ojos se ciegan ante el descubrimiento de tantas fosas comunes como vidas perdidas a diario. Por sobrevivencia o apatía, algunos mexicanos simplemente prefieren dar la espalda al terror de vivir en un país que apesta a cadáver.

Pero existe el otro grupo de mexicanos que, acompañados de activistas y gente comprometida con la justicia, siguen metiendo el dedo en la llaga. “Ni perdón, ni olvido” es el grito que aglutina a todos los que siguen pidiendo el esclarecimiento de cada uno de los muertos o desaparecidos que, sin tener nada que ver con grupos delictivos, han caído en esta guerra sin piedad.

Muertos sin identificar, una deuda pendiente

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Mexico-mujeres-riesgoEl caso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos el pasado 26 de septiembre y de los que aún no se sabe de su paradero, ha puesto en tela de juicio la capacidad del sistema de procurar justicia en el Estado de Guerrero y de todo el país. En solo tres semanas, se han encontrado más de 20 fosas comunes con muertos que ahora no tienen nombre ni apellido. Sin embrago, la investigación que arroja cada uno de los cadáveres encontrados será la respuesta para alguna familia que desde hace tiempo está buscando alguno de sus miembros.

Los muertos allí encontrados son historias que alguien borró sin darle oportunidad de escribir todo el guión de su biografía. Sean delincuentes o no, son fallecidos que no han recibido justicia. Tal vez no sean los estudiantes desaparecidos, pero son mexicanos que perdieron la vida en condiciones infrahumanas y violentas. Y esto pasa a diario.

Otras noticias rutinarias son las de los feminicidios en el Estado de México. De acuerdo con el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, aquí se han registrado 1003 asesinatos de mujeres entre 2005 y 2011, un número mayor al reportado en el municipio de Ciudad Juárez en el mismo periodo. Así lo reporta el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, CIESAS.

Desgraciadamente, el gobierno estatal no ha reconocido la emergencia que representan estas cifras para la comunidad de mujeres mexiquenses. Múltiples instituciones han solicitado al gobernador Eruviel Ávila que reconozca la Alerta de Género y, por extrañas circunstancias, ha sido rechazada en dos ocasiones.

Sin embargo, las noticias sobre los cadáveres de mujeres mutiladas, quemadas o asesinadas a golpes, cada vez es más frecuentes, pero las autoridades han ocultado el tema.

Basta ver la polémica que se desató hace unos días con el hallazgo de más de 50 cadáveres encontrados en un río de Ecatepec (municipio del Estado de México), de los cuales 16 eran de mujeres que presentaban claras muestras de violencia de género. El gobierno negó la existencia de tal acto de barbarie mientras que otros presentaron pruebas de éstos y otros casos más de feminicidio y homicidio, solo en este municipio. Se habla de entre 21 y 46 fallecidos sin identificación.

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En estas fosas que se encuentran a diario también están sepultados esos migrantes sin nombre ni apellido que, en su paso por territorio mexicano, encuentran el fin de su sueño de llegar a la frontera con Estados Unidos. Antes viajaban con el temor constante de ser asaltados o extorsionados; pero en esta marcha, ahora se arriesgan a encontrar la muerte. Ellos lo saben, sin embargo, nada los detiene, ni la amenaza de que algún día sus cuerpos desaparezcan en alguna fosa, víctimas de grupos de secuestradores o, ¿por qué no decirlo?, de los agentes de migración o de la misma policía local.

Las familias de los migrantes los ven partir y les lanzan una bendición, pero ya no saben si es un deseo de buen viaje o una despedida para siempre. Y el gobierno de México les debe esa respuesta.

Así pues, abrir los diarios como tarea diaria, se ha vuelto la lectura de las esquelas de réquiem y el listado de los que recibirán los santos óleos sin escuchar su nombre.

Los casos arriba descritos son solo la muestra de lo sucedido en las últimas semanas y en algunas localidades. La tragedia se cuenta por miles multiplicados por las entidades federativas, y los días que pasan sin una política que ponga fin a esta masacre de inocentes que viven a dos fuegos.

La lucha contra el narcotráfico solo ha aumentado la sangre inocente derramada, la impunidad y la corrupción de las instituciones que deben impartir la justicia es el pan de todos los días, y la ceguera de los representantes de gobierno solo los convierte en cómplices del los asesinos que han dirigido sus balas hacia los más desprotegidos.

Hoy, el territorio mexicano, que antes estuviera cubierto de selva, bosques y desiertos, es un camposanto que hiede a muerte e indignación.

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