Un libro para entender qué es y qué sucede en Argelia

La revuelta argelina, el hirak (movimiento) es otro proyecto detenido por el coronavirus planetario. A mediados de marzo, cuando ya había cinco víctimas mortales y unos sesenta casos de COVID-19 oficialmente constatados en el país, un grupo diverso de médicos y profesores de medicina pidió que las manifestaciones populares semanales quedaran en suspenso : «Quienes desaparezcan ahora no volverán nunca. El hirak es una idea que no muere», decían.

Sin embargo, los 25 firmantes de ese escrito denunciaban -a la vez- el inmovilismo de las autoridades. De modo que el ímpetu del hirak, persistente desde febrero de 2019, queda en estado de hibernación. Lo que no implica ni el final del movimiento de contestación, ni tampoco que el poder libere a los detenidos. El primer ministro  subrayó en marzo que no quería prohibir las manifestaciones, aunque expresó su preocupación «por la salud de los manifestantes» (sic).

En cualquier caso, Argelia nos queda pendiente. Y para entender ese país mucho más cercano –desde todos los puntos de vista- de lo que muchos creen en España, debemos seguir atentos. Tenemos que comprender Argelia. Imprescindible.

De modo que durante mi propia tregua por el coronavirus, recupero un libro reciente, Argelia en transición hacia una Segunda República, (Icaria Editorial, Barcelona, 2019) delque son autores Miguel Hernando de Larramendi, Laurence Thieux y Aurèlia Mañé Estrada. Son profesores, respectivamente, en las universidades de Castilla-La Mancha, la Complutense y en la universidad de Barcelona.

Es un libro que se dirige al público en general, pero el texto es muy serio. El trío autor tiene tras de sí años de trabajo continuado sobre la evolución de la realidad argelina.

En su estructura, esta obra (136 páginas) va más allá del hirak. Se fija primero en los mitos fundadores de la Argelia independiente, así como en la imagen del país. Una imagen mitológica para un cierto romanticismo de la izquierda tradicional que terminaría destilando el siguiente esquema ideológico: «un joven Estado que, después de haber combatido heroicamente al colonizador, Francia, se había convertido en un país moderno, laico y socialista, y que, además, sin alinearse con ninguno de los dos bloques, el capitalista y el socialista, se había convertido en uno de los adalidaes del movimiento antiimperialista y anticolonial».

Hay que recordar aquí que, más allá de lo geográfico, la histórica Argelia francesa mantenía unos lazos históricos y sociales de enorme calado humano con el Mediterráneo español. Se apuntan ya en la introducción. Después, hay una explicación profunda del papel clave jugado por los hidrocarburos en el desarrollo de la Argelia actual hasta llegar a sus revueltas islamistas (finales del siglo XX) y al hirak de nuestros días.

En los primeros capítulos, un rápido repaso de la colonización (1830-1962) : «el germen de mucho de lo acaecido en Argelia desde los años noventa es consecuencia lógica de la forma en la que se gestó el Estado argelino en los años de la Guerra de Liberación Nacional, y en cómo se creó el momento de la independencia».

Los militares han seguido ocupando el poder, de un modo u otro ; con una u otra apariencia. Esa realidad sólo ha sido posible a través de una redistribución desigual de las rentas del gas y el petróleo. Cuando esos ingresos, por los vaivenes del mercado internacional, se tambalean, Argelia se agita. La llamada revuelta del pan (1988) y la insurgencia islamista de la última década del siglo XX hunden ahí sus raíces.

También en conflictos internos no resueltos desde y durante la lucha por la independencia y en las fases posteriores. La represión de las libertades, con alguna fase excepcional de lo contrario, es una constante. Y siempre hablamos de espacios controlados en los que le pouvoir permite –provisionalmente- un respiro. Sin que nunca la represión cese.

A quien escribe estas líneas, le ha llamado la atención la cifra de unos 200.000 muertos y 15.000 desaparecidos que se reitera para referirse a la última guerra civil (o como queramos llamarlo). Las estimaciones, desde mi punto de vista, siguen siendo problemáticas. En cualquier caso, ni siquiera esas cifras sirven para explicar todos los traumas que anteceden a la generación actual. Argelia pareció despegarse de las primaveras árabes ; pero sigue pendiente de sí misma. Una y otra vez. Y las distintas Argelias, en sus fases sucesivas, históricas y políticas, se suceden de manera afásica, distinta a los otros países del Magreb y a eso que el mundo anglosajón simplifica como MENA (Middle East and North Africa).

En cualquier caso, la veintena de páginas relativas a la gestación del Estado argelino son una de las mejores síntesis que he leído del tema. Un poco al modo de Pierre Vilar y su mítico texto resumido de la historia de España.

Los éxitos y el prestigio del Estado argelino independiente se explican con claridad por tres causas o ‘rentas’ : «los hidrocarburos, la legitimidad histórica-revolucionaria-nacionalista y la diplomática». Una certera precisión de una realidad muy compleja.

Desde la desarticulación del sistema o entramado económico francés, y del mundo pied-noir, hasta la quiebra del modelo industrial forzado durante la última etapa de Houari Boumèdienne (Bumedián, según otras transcripciones), pasando por la construcción de una falsa autogestión, los autores concretan bien el callejón final al que llega el poder burocrático-militar. Sucede tras una progresión demográfica galopante y cuando la historia de la independencia -cada vez más- apenas es ya una justificación de los clanes del poder y de sus intereses más directos.

Sobre el conflicto o guerra civil (1992-2003) contra el islamismo, los autores llegan a la conclusión –poco discutible- de que los llamados «erradicadores» (de la insurgencia islamista) triunfaron. Y ese triunfo continuaba luchas internas previas a la independencia que llegaron hasta –al menos- el golpe contra el primer presidente del país, Ahmed Ben Bella. En todas esas ocasiones, Le Pouvoir argelino pareció lograr -de una u otra forma- su supervivencia. Aunque fuera sacrificando, desplazando, castigando, encarcelando o –caso Boudiaf- haciendo perder la vida a parte de los suyos.

Los autores citan al argelinólogo Hugh Roberts para apuntar una tesis que califican de provocadora : según ese autor el FLN «nunca fue un partido político ; que nunca gobernó Argelia ; que el FLN es el Estado ; que el Estado argelino es el Ejército y que el Estado argelino es hijo de la Revolución».

Me parece una idea brillante y base del libro. También aquella que contesta los mitos de la izquierda clásica europea : «el FLN nunca se identificó ideológicamente con el socialismo». Es decir, Argelia sólo habría sido colateralmente un aliado de la Unión Soviética por motivos pragmáticos temporales.

Después, la segunda mitad del libro corresponde a las presidencias de Abdelaziz Bouteflika, que pone fin a «la década negra». De nuevo, la estabilidad recuperada, y un cierto desarrollo, que ya habían existido durante la presidencia de Boumèdienne. En apariencia, se volvió a los orígenes de la primera etapa de la independencia : los hidrocarburos volvieron a ser decisivos. Las tres «rentas» se reacomodaron.

Y con Bouteflika, viejo lobo de las relaciones exteriores del pasado, un cierto prestigio internacional regresó. Pero los bloques habían desaparecido y la vieja URSS, también. El poder argelino, eso sí, utilizó la ola del 11-S para borrar lo más siniestro de sus años de plomo. Desde luego, Estados Unidos, Francia y Occidente en general, lo necesitaban para hacer frente a los conflictos dispersos en los limes del Sahara. El poder de Argel no sólo exportaba gas, también pericia «contra el terror».

Nada de eso ha evitado el rebrote de la sociedad civil en una alianza interesante de generaciones diversas, en donde para algunos los mitos fundadores siguen siendo importantes. Para los más jóvenes, hoy son apenas un justificante de la hogra (opresión, corrupción, impunidad) de los clanes del poder.

Quizá habría preferido encontrarme un apartado mayor sobre la dualidad argelina, ¿es verdaderamente, Argelia, un país árabe normal, como los demás ? Lo amazigh (bereber) tiene –desde mi punto de vista- una profundidad que los arabistas nunca terminan de excavar del todo.

En la parte final del libro, se valoran las relaciones hispano-argelinas y hay un capítulo incisivo sobre las sombras del futuro de Argelia como país petrolero. Un epílogo abierto que llega casi hasta la muerte del general Ahmed Gaïd Salah, es decir, ayer mismo. Un libro útil para regresar a los interrogantes de un país cercano y siempre fascinante.

*Esta reseña ha sido publicada anteriormente en la Revista de Estudios Internacionales Mediterráneos que está vinculada a la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). https://revistas.uam.es/index.php/reim/index

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Periodista. 1976, colaborador del diario "Hoy" (Extremadura, España). Hasta 1984, también de otras publicaciones de información general. Entre 1984 y 2008, estuvo en Televisión Española, siete años como corresponsal de TVE en Francia; varios más en la sección internacional. Cubrió la actualidad en diversos países europeos, así como de varios conflictos internacionales (Argelia, Albania, Kosovo, India e Irlanda del Norte, sobre todo). En la Federación Internacional de Periodistas ha sido miembro del Presidium del Congreso de la FIP/IFJ (Moscú, 2007); Secretario General Adjunto (Bruselas, 2008-2010); consejero del Comité Director de la Federación Europea de Periodistas FEP/EFJ (2013-2016); y consejero del Comité Ejecutivo de la FIP/IFJ (2010-2013 y 2016-2022). Es corresponsal del diario francófono belga "La Libre Belgique".

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