Montero y Las palabras rotas

"Desayunamos con cadáveres que infectan también el refugio de lo privado".

Alicia Población[1]

Director del instituto Cervantes, Luis García Montero es un poeta y crítico literario, ensayista y catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada. El año pasado publicó su libro «Las palabras rotas».

Las palabras rotas cubierta

En él habla de la inmediata necesidad de un nosotros como razón primera para una comunidad. Es la debilidad lo que nos une, y darse cuenta de esto es una manera de estar precavidos ante la soberbia y la tiranía.

En las primeras páginas habla de la infoxicación, que nos obsesiona, como lectores, a buscar solo aquello que nos da la razón. La información ya no nos cala, porque no nos dan, nos damos, tiempo para hacerlo. Enseguida viene otra noticia, otro titular, otro tema mainstream del que hablar. Nos han robado la calma y la espera: «La ideología del mundo liberal, la que define a las personas como consumidores, lleva el mandato intrínseco y la misión cumplida de haber convertido el tiempo en una mercancía de usar y tirar, un mundo sin espera».

Por esta razón defiende la poesía a capa y espada, porque ella es un diálogo con el tiempo, con las cosas de siempre en el mundo de hoy, algo inseparable de la razón de que el mundo siempre da más de sí.

La memoria, un telar necesario de tiempo, conciencia, incertidumbre e imaginación, y las palabras olvidadas, rotas, de las que habla Montero están íntimamente relacionadas con la poesía. Palabras necesarias, importantes para entender quiénes somos y hacia dónde debemos, queremos, caminar.

La verdad, dice, debe ser una necesidad de búsqueda, y no algo inamovible e individual. «Un proceso de descubrimiento y de respuesta como voluntad de memoria de lo vivido». La soledad se describe como elemento fundamental para conocerse, para desarrollar el diálogo interior y así poder mejorar el diálogo con otros: «La soledad no significa una vida descansada, sino un acto de independencia como equipaje necesario antes de embarcar los proyectos colectivos».

Habla también de la importancia de la identidad y de la percepción de la realidad. Un decir y un decirse para no dejar nunca de descubrir quién eres y qué te rodea. Y por supuesto pone a la bondad, como elemento guía del progreso y la conciencia. «Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno», que diría Machado, a quien cita varias veces.

Por último, y como cumbre de todo, el amor. «Sentir amor es tomar conciencia de un futuro compartido. Las personas que nos necesitan nos hacen ser como somos». Entender el compromiso como un com-partir el pro-greso, es decir, el futuro, hacia donde, finalmente, caminamos todos.

«Escribo de amor porque cada vez soy más revolucionario con las cosas de nunca y más cuidadoso con las cosas de siempre».

Tras la defensa ineludible de estas palabras, como acto de rebeldía con objetivo de rescatarlas y traer de nuevo a la memoria estos conceptos que parecen olvidados, el autor desarrolla en la segunda parte del libro algunas de sus experiencias personales. Lo hace siempre en una escritura que no olvida la poesía aunque hable temas que parecieran no llevarla intrínseca.

El libro es, en resumen, una defensa de la escritura como arma poderosa frente al capitalismo caníbal, las prisas hacia ninguna parte y el olvido de uno mismo y de los otros. Un arma para construir la receptividad, el criterio propio, necesario en estos tiempos de sobreinformación. Un arma para la que es imprescindible el tiempo y la memoria.

«La ética de la poesía es incompatible con la obediencia efímera del ‘me gusta’».

  1. Alicia Población Brel (Salamanca, 1995) cursa estudios superiores de violín y composición en la Hogeschool voor de Kunsten de Rotterdam (Holanda). Autora del blog Re(en)señas, es colaboradora de varias publicaciones musicales.

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