Nuevo repaso a la acentuación de palabras

La semana pasada, por razones ajenas a mi voluntad, no pude escribir y menos aun enviar la segunda entrega de esta serie de artículos dedicados a las palabras por la índole de la entonación, que he considerado prudente mostrar una vez más, con la finalidad de aclarar las dudas y de contribuir con la minimización de las impropiedades derivadas del uso de la tilde y de la omisión de este símbolo gráfico.

De nuevo pido disculpas por esa ausencia involuntaria, al tiempo que ratifico mi compromiso de seguir aportando elementos para un mejor uso del lenguaje oral y escrito, siempre convencido de que no soy un catedrático del idioma español, sino una aficionado del buen decir.

En la primera entrega, con ejemplos claros y sencillos, les mostré las palabras por la índole de la entonación, que no son otra cosa que agudas, graves, esdrújulas y sobresdrújulas. Además, hice hincapié en marcar la diferencia entre acento y tilde, que aunque parecieran la misma cosa, hay una sutil diferencia que conviene advertir en virtud de evitar equívocos. 

Quien pueda tener claro esos dos aspectos, podrá tener facilidad para redactar de manera medianamente aceptable. Y digo medianamente aceptable, porque para tal fin no se necesitan grandes conocimientos gramaticales y lingüísticos. Solo hace falta un poco de interés por escribir bien y hablar de la mejor manera. Esa es la responsabilidad de todo aquel que se precie de ser  educador, comunicador social o profesional cuya ocupación habitual sea el empleo del lenguaje oral y escrito. Es su obligación moral.  

En el ámbito de las palabras según la entonación (acentuación) están los monosílabos, es decir, las palabras de una sola sílaba. Cabe acotar que la regla general para la colocación  u omisión de la tilde los excluye; pero exceptúa a los que cumplen más de una función en la escritura. He allí el problema, pues muchos redactores, profesionales y aficionados, no manejan muy bien el asunto, y por tal motivo colocan tilde en casos en que no debe ir, y la omiten cuando es necesaria.

A ese tipo de tilde se le conoce como diacrítica o distintiva de la función que en el contexto cumplen ciertas y determinadas palabras, como el (artículo masculino definido) y él (pronombre personal); de (preposición) y (del verbo dar); mi (pronombre posesivo) y (pronombre personal); si (conjunción condicional) y (adverbio de afirmación o pronombre personal reflexivo); se (pronombre reflexivo) y (primera persona del verbo saber o imperativo informal del verbo ser); te (pronombre reflexivo)  y (infusión). 

Esas partículas se han convertido en un verdadero dolor de cabeza para quienes utilizan la escritura como herramienta básica de trabajo, y es por eso que de cuando en cuando es necesario insistir, con el deseo de que las dudas y las impropiedades sean cada día menos, aun cuando algunos redactores, con pretensiones de eruditos, crean que es un asunto de poca importancia.

A los anteriores monosílabos se aúnan otras palabras que también son causantes de muchos equívocos. De estas, por ahora, solo les hablaré de AUN y MAS. La primera de las nombradas no lleva tilde cuando significa hasta o incluso; mientras que sí debe llevarla cuando tiene valor de todavía. En cuanto a MAS, no se le coloca el símbolo gráfico cuando es sustituible por pero. Deberá llevarlo cuando es adverbio de cantidad o comparativo. 

Para cerrar esta exposición, copiaré textualmente un párrafo que aparece en la página 196 del libro «Redacción sin dolor», segunda edición, 1995, del catedrático mexicano Sandro Cohen, que ilustra de manera muy sencilla la colocación u omisión de la tilde en los monosílabos, según los casos. Para entenderlo mejor, los monosílabos aparecen claramente definidos, con resaltado en cursiva.    

«¿Me trae mi libro, por favor? A no me vas a decir que no, verdad? Tu futuro me interesa, siempre y cuando te intereses en él también. El secreto será descubierto si él, su guardián, no tiene cuidado. Si me amas, claro que me casaré contigo. No se quedó en España, pero que eso quería; así, bueno por hoy. No te desesperes; mira, toma este . Quiero más dinero, mas tú no puedes dármelo. Aún no llega mamá, pero aun tú –a pesar de tu edad-, sabes eso».

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David Figueroa Díaz (Araure, Venezuela, 1964) se inició en el periodismo de opinión a los 17 años de edad, y más tarde se convirtió en un estudioso del lenguaje oral y escrito. Mantuvo una publicación semanal por más de veinte años en el diario Última Hora de Acarigua-Araure, estado Portuguesa, y a partir de 2018 en El Impulso de Barquisimeto, dedicada al análisis y corrección de los errores más frecuentes en los medios de comunicación y en el habla cotidiana. Es licenciado en Comunicación Social (Cum Laude) por la Universidad Católica Cecilio Acosta (Unica) de Maracaibo; docente universitario, director de Comunicación e Información de la Alcaldía del municipio Guanarito. Es corredactor del Manual de Estilo de los Periodistas de la Dirección de Medios Públicos del Gobierno de Portuguesa; facilitador de talleres de ortografía y redacción periodística para medios impresos y digitales; miembro del Colegio Nacional de Periodistas seccional Portuguesa (CNP) y de la Asociación de Locutores y Operadores de Radio (Aloer).

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