Edgar Neville, El Baile. Lo importante es amar

El baile es una de esas piezas destinada a traspasar siglos, lenguajes y géneros manteniéndose siempre fresca y actual. Como El pisito de Azcona, o Maribel y la extraña familia de Mihura, El baile de Neville ha ido del teatro al cine y del cine al teatro, revelando a cada nuevo paso sus claves esenciales, siempre potentes y provocadoras.

cartel-el-baileSu autor, Edgar Neville (Madrid, 1899-1967), fue un destacado dramaturgo y director de cine enmarcado, junto a Jardiel, Mihura, Tono, Álvaro de la Iglesia y Wenceslao Fernández Flórez, en la llamada Otra Generación del 27.

Diplomático de carrera, esto también se nota en sus obras, por eso se le perdona el recurso a la muerte como Deus ex machina que lo arregla todo porque, aunque muy gastado, a él le sigue funcionando, y se echa de menos la música en El baile, o por lo menos más música y no sólo cuando se subraya el leit motiv de la danza, o para marcar con ella los diferentes pasos. Pasos que son actos. Hay muchos silencios, elocuentes, cierto, pero hemos perdido la costumbre de aguzar el oído y es duro así de entrada, aunque luego se agradece. Requieren nuestra atención toda las palabras y el gesto.

Escrita y estrenada en 1952, Neville logró con El baile un sonado éxito que la mantuvo siete años en cartel. Su elenco lo formaban Conchita Montes, Pedro Porcel y Rafael Alonso. Cinco años después, el propio Neville la llevaría al cine con Montes de nuevo en el papel de Adela y Alberto Closas. Montes repetiría en 1963 en una representación para el programa de tve Primera Fila. Como era de esperar, la peripecia estaba llena de guiños a Conchita Montes, su pareja en la vida real y actriz que representa a Adela.

Olmos, Moreu, Susana Hernandez y Viyuela
Luis Olmos, Carles Moreu, Susana Hernandez y Pepe Viyuela

El baile regresa ahora, 62 años después de ser estrenado, a los escenarios de la mano de Pepe Viyuela, convertido también en productor, con versión de Bernardo Sánchez y dirección de Luis Olmos. Viyuela interpreta a Julián, personaje que comparte con su amigo Pedro su pasión por la entomología y el amor por la misma mujer, Adela, esposa del segundo. Esta peculiar relación, lejos de provocar tensiones o celos, es aceptada por los tres hasta el punto de que Julián se muda a vivir con ellos. Con ingredientes propios de la comedia y del drama, la obra de Neville es una fábula poética sobre la fugacidad del tiempo y la muerte. Entre ambos, hay colchones como el amor, la amistad, el arte o la sinceridad. Colchones que pueden llegar a tamizar el sonido sordo de aquellos dos, pero al final tendremos que oírlo.

El paso del tiempo y tres actuaciones brillantes, he ahí la esencia de El Baile. Partiendo de lo cómico hasta llegar a lo absurdo pasando por el melodrama, la obra se estructura en tres pasos diferentes que se corresponden con los tres actos en que está dividida la obra y cada acto representa un movimiento de El baile que funciona como leitmotiv de una estructura circular. Más clasicismo no se puede en un autor del siglo XX, pero, dentro del respeto a las reglas clásicas, Neville (todo un personaje él mismo en la vida madrileña, de buena familia, diplomático de carrera, frívolo por estética, con título de Conde y guionista de Hollywood) será capaz de saltarse la censura sin la menor de las preocupaciones y con el mayor descaro.

En palabras del propio Neville, «El baile es, sobre todo, una comedia de amor. Si a veces parece que va a seguir el camino de la humorada o del drama, ni lo uno ni lo otro logran adueñarse de la obra; en cambio, el amor, sí, un amor sin tibieza ni disimulo, que a veces se confunde con la amistad y otras con lo que particularmente se llama eso, amor”.

El tiempo destruye, mata a la vez que pone todo en su sitio cubriéndolo con la pátina de la melancolía; en cada paso de baile, serán tres actores los que quieren bailar juntos; al final ellos dos, sólo han tenido que sustituir a una Adela por otra para estar felices como niños. Y el eterno perdedor ya no lo parece tanto: «Sólo he tenido que renunciar a la realidad». El sueño de amor sigue intacto, y eso no hay que permitir que la realidad lo destruya nunca. Ésa es tal vez la esencia de la obra, pero hay mucho más. La capacidad de ser anfitrión de algunos que aglutinaron en torno a sí amistades y movimientos artísticos volviéndose catalizadores y mecenas de los mismos fue algo muy del siglo XX, de la bohemia y del dinero bien empleado por parte de las élites. Tiene ese encanto decadente que parecía ya olvidado y que también fue un arte.

La obra arranca en los años 60 y llega hasta hoy. Bernardo Sánchez, guionista y adaptador teatral de películas como El pisito y El verdugo, explica el desplazamiento temporal de su adaptación: “He hecho el mismo ejercicio de distanciamiento que en su día hizo Neville. Él retrocedió a finales del siglo XIX para llegar a su presente, y yo comienzo donde él terminó y llego hasta la actualidad con el tiempo, el país, las palabras y el teatro transcurridos desde 1952″. Es así como las situaciones clásicas se vuelven reconocibles para el espectador actual.

  • Título: El baile
  • Autor: Edgar Neville (1952)
  • Dirección: Luis Olmos
  • Dramaturgia: Bernardo Sánchez
  • Reparto: Pepe Viyuela, Carles Moreu y Susana Hernández
  • Música: Yann Díaz
  • Espacio: Teatro Fernán Gómez de Madrid
  • Fecha: 22 de marzo de 2014

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Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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