Debe ser el día, en el que me acuerdo de mi abuela Lola, que tanto me enseñó. Era una pericales de los pies a la cabeza. En el campo de Cartagena conocen bien la fuerza de este linaje.
Puede que sea esta situación en la que nos hallamos de tránsito a la primera verdad, que en eso consiste también la Prima-Vera.
Es posible que las ausencias y las fuerzas que me acompañan en esta etapa de transformación y de cambios (de crisis, en definitiva) me conduzcan por vericuetos de puesta en cuestión. Quien me conoce sabe de mi defensa firme de los valores.
Todo este circunloquio para contarles algo sobre una señora aquejada de varias dolencias (seguramente, la principal es la vida, como diría el añorado Miguel Hernández). Esta buena mujer, con un galopante alzheimer, se empeña ante los médicos en que la traten con cariño, que lo hacen, porque está esperando la llegada de su hijo, al que protege como su bien más preciado aún antes de otear su rostro.
Lo que narra es un reflejo del pasado. Hace varias décadas que su hijo surgió en este mundo. No solo trajo al planeta a esta «joya» de su universo. También la crio con bastante determinación.
Ahora ella, nuestra mujer, se ubica en el olvido: es un camino en la mar, un destello de cuanto fue, un eco en una montaña perdida. Está en una nebulosa que le impide ver la claridad de las jornadas. Puede que sea mejor así.
Porque ese vástago que hace unos lustros, muchos, que arribó a buen puerto, en parte por la apuesta que hizo su madre, ahora les pide a los médicos que le pongan un pinchazo para que no sufra.
Los facultativos, con buen criterio, le recuerdan a ese «protegido» que la mamá no sufre. Lo que pasa es que no conoce y, a menudo, tiene que ir al hospital para que serenen su estado de ánimo, que a buen seguro sería peor si conociera la bestia que a veces algunos llevan dentro. Me consta que el trato hospitalario es exquisito, más todavía.
Al parecer, al «retoño», esta dedicación recurrente le «roba» mucho tiempo y altera su ritmo existencial. El hijo, ya todo un hombre, tiene mucho que hacer, más importante para él, sin duda.
Nos vamos a calificar este «trance», pero sí nos debe servir para reflexionar sobre si éste era el viaje, la gran aventura que queríamos realizar.
Lo nefasto es que lo que les gloso es real. ¡Lo que uno aprende en las puertas de urgencias!