Félix Grande: el miedo y el frio

José Rivero Serrano

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Uno de los lugares comunes que se han vertido con motivo de las recensiones, obituarios y valoraciones finales de Félix Grande, en estos días posteriores a su muerte, apunta a su “desubicación generacional”, o a su encabalgamiento entre “la generación de los cincuenta y la de los novísimos” como una dificultad o como «decálage‟. Todo ello para dar a entender cierta pérdida de vigencia poética del autor de Tomelloso, en el último tramo de su empresa creativa.

Aunque esa pérdida de tono poético o de reconocimiento, fuera admitida por el mismo Grande sin ningún tipo de complejos o de ocultamiento, quien sostenía que era la Poesía la que te elegía a ti y no al revés. Esas fueron, por otras parte, sus palabras en 2004, con motivo de la concesión del Premio Nacional de las Letras, cuando afirmaba que “Cuando no llegan las palabras, es tal vez porque uno no se lo merece”; dando pie tal afirmación sobre la resistencia del verbo poético a su aparición y entrega, a alguna opinión torcida que establecía que “la obra de Grande ya estaba cerrada”. De tal forma y manera que aunque se zanjaran ciertas cuestiones, de forma temprana en 1971, con la compilación que comportaba «Biografía‟; aún habría deslumbramientos posteriores como los de «Las rubáiyatas de Horacio Martín‟ (1978), año que obtiene el Nacional de Literatura; «La cabellera de la Shoah‟ (2010) y finalmente el «Libro de familia‟ (2011).

Por ello resulta preciso hacer dos matizaciones pertinentes sobre la ubicación poética de Grande. Ubicación y ubicaciones, que se sustenta en gran parte en la presencia del autor en las habituales y promocionales «Antologías‟ y similares que se van produciendose en el tiempo. Así la «Antología de la Nueva poesía española‟ de José Batlló, de 1968, daba cuenta de esa presencia significativa de Grande, con al menos tres piezas (de igual forma que en ese texto, estaba presente otro «desubicado‟ poeta de Ciudad Real, como fuera Eladio Cabañero, con dos poemas, «El sol puesto‟ y «El andamio‟).

Justamente esa presencia de Grande en la «Antología de la Nueva poesía española‟ se producía con énfasis y con contundencia, porque aún resonaban los ecos de su Premio Adonais de 1964 con «Las piedras‟. Y además de ello, sus dos trabajos de 1966 y de 1967, «Música amenazada‟ y «Blanco Spirituals‟ habían confirmado la tendencia. Este último trabajo, que publicaría el mismo Batlló al año siguiente en la mítica colección de poesía «El Bardo‟, suponía un aldabonazo por muy diversas razones, y daba cuenta de un ejercicio poético singularísimo. Y así ha podido decir Blesa Túa que: “Sin restar la importancia y significación de los anteriores libros, Grande es, quizá sobre todo, el autor de Blanco spirituals, libro que en 1967 -fecha de la edición cubana, en España se publicó 1969- supuso toda una renovación de la temática social o comprometida o moral al integrarla en formas ligadas a las vanguardias además de incluir referencias al jazz, al rock & roll, etc. Como se ha dicho tantas veces, había en este libro rasgos de lo que enseguida se denominaría novísimo”. No sólo que Grande se encontraba en un envidiable estado expresivo, sino que además era capaz de producir la agregación de muy diversos sentidos poéticos amalgamados, sin renunciar a la denuncia social que demandaban los tiempos.

Razones de la inclusión de Grande en esa antología de 1968, que se diluyen, tan rápidamente como al año siguiente de la publicación en España de «Blanco Spirituals‟. Año, 1970, en que Castellet formula el nuevo Canon Poético de los setenta, con su antología «Nueve novísimos poetas españoles‟; y año también en el que Grande formula sus propios «Apuntes para una poesía española de posguerra‟. Como quiera que la estrategia seguida por Castellet determina la inclusión de poetas nacidos después de la Guerra Civil, Félix Grande queda fuera del potencial pacto biográfico-antológico; por más que sin la existencia de obras como «Blanco Spirituals‟, no podrían entenderse trabajos posteriores de Vázquez Montalbán o de Martínez Sarrión, ambos nacidos en 1939 y presentes en la recopilación de Castellet. En ese gesto de exclusiones, junto a la de Félix Grande, resultó llamativa la ausencia de José Miguel Ullán, quien si contaba con el marchamo biográfico de haber nacido en 1944 y con el cuño editorial de Batlló que le había editado en «El Bardo‟ en 1965, «Amor peninsular‟ y en 1966 «Un Humano Poder‟.

Quizá este gesto de Castellet influido por Gimferrer (en muchas cuestiones más responsable que el propio antólogo), explique las palabras que Grande despliega en el texto preliminar de «La vida breve‟, en su edición de la BAM de 1994; texto que bajo la rúbrica de «¡Qué oficio tan raro!‟ dedica una singular puntada a criticar la llamada “ética de la infidelidad” promovida fundamentalmente, por Castellet en algún lejano texto publicado en la revista «Triunfo‟. Quien había pasado en pocos años de defender el «Realismo-social‟, a postularse como promotor de las corrientes «Venecianas y posmodernas‟. Y por ello Grande le dedica a esa posición culturalmente cambiante el calificativo de “maquinilla de liar picadura moral para fumar tiempos pasados hasta hacerlos humo”.

Esta exclusión sería nuevamente determinante en la siguiente antología de Batlló de 1974, «Poetas españoles poscontemporáneos‟, y por ende en la aún posterior ,de Joaquín Marco de 1986, «Poesía española. Siglo XX‟. Dando con ello comienzo a ese eclipse parcial del poeta. Y de aquí la «desubicación‟ advertida sobre Grande, que hay que entenderla no tanto como el «encabalgamiento generacional‟, cuanto la no pertenencia a grupos y modos, que llegan a ser más determinantes que otras circunstancias. Si antes citábamos la presencia de Cabañero (1930-2000) en la «Antología de la Nueva poesía española‟ de José Batlló, de 1968, algo parecido podríamos decir de su «desubicación‟, que es tanto como su desaparición de los Cánones posteriores. Similar afirmación puede hacer extensiva en otros casos de mala fortuna crítica de los poetas naturales o vinculados a Ciudad Real (o a otros territorios provinciales equivalentes). Así serían los casos que van desde Juan Alcaide (1907-1950), a Ángel Crespo (1926-1993), y desde Antonio Fernández Molina (1929- 2005) a Félix Grande. Quizás lo únicos casos de poetas redimidos, por razones diferentes, sean los de José Corredor Matheos (1929), vinculado a la Generación de los 50; y Antonio Martínez Sarrión (1939), incluido como parte «Sénior «de los «Nueve novísimos‟.

De ese ocultamiento parcial hay que excluir, obviamente, toda su obra como flamencólogo, donde destacan » Mi música es para esta gente (1975), «Memoria del flamenco‟ (1976 y 1996) y «García Lorca y el flamenco‟ (1992). De igual forma que hay que señalar su recorrido prosístico, donde destacan obras como «Lugar siniestro este mundo, caballeros‟ de 1980 y «La balada del abuelo Palancas‟, (2003).

Ese ocultamiento o esa «Desubicación‟ es el precio que se paga por su no adscripción a movimiento alguno, y por su persistencia por la reivindicación (por encima de los vaivenes y modas de su tríada fundamental: Antonio Machado, Rubén Darío y César Vallejo. Y también, por su fidelidad larga y sostenida a Luís Rosales (llegó a publicar en 1987, «La calumnia. De cómo a Luis Rosales, por defender a Federico García Lorca, lo persiguieron hasta la muerte‟), con quien colaboró en «Cuadernos Hispanoamericanos‟ desde 1961. Revista que acabó dirigiendo entre 1983 y 1996, dándole desde allí, la oportunidad temprana de conocer anticipadamente, buena parte de la creación literaria sudamericana que vendría a cambiar el rumbo de la española, tanto a través del «Boom‟ como del conocimiento de Borges y Paz.

Ese ocultamiento o esa «Desubicación‟ van a determinar que su propia obra «Biografía‟, vista como antología poética, llegue a tener hasta cinco versiones sucesivas. Las dos primeras, referidas al período 1964-1971, con ediciones de 1971 y de 1977; las dos siguientes contemplando el abanico temporal 1958-1984, con ediciones de 1986 y 1989. Y finalmente, la edición de 2010, que realiza Ángel Luis Prieto de Paula, extendida de 1958 a 2010, con la inclusión de «La cabellera de la Shoah‟. Dando razón tales actualizaciones a lo expuesto en el ya citado texto de 1994, «¡Qué oficio tan raro!‟, al advertirnos Grande de dos cosas.

La primera que “son mis años quienes enigmáticamente parecen aconsejarme: Anda ve poniendo tus asuntos en orden, por si las moscas…porque la muerte siempre nos acompaña”; y la segunda, que ese impulso de escribir y publicar lo dicta una mano rara y a veces, desconocida. “Uno escribe libros porque tiene miedo y los publica porque tiene frío”. Por eso es posible que:

Tal como están las cosas
tal como va la herida
puede venir el fin
desde cualquier lugar
Pero caeré diciendo
que era buena la vida
y que valía la pena
vivir y reventar.

*Artículo distribuido por Alfonso Gonzalez Calero en el 152 boletín LIBROS Y NOMBRES DE CASTILLA-LA MANCHA
 

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