Precaución o alarmismo islamista

Laura Fernández Palomo

No hay duda de que la mayoría de los musulmanes (de países árabes y no árabes; islámicos y no islámicos) se han sentido ofendidos con lapseudo película / video casero, grabada en California, que pretende ridiculizar de forma burda la figura del profeta Mahoma. Es un dato objetivo que partidos islamistas moderados presiden países de la llamada Primavera Árabe (Hermanos Musulmanes en Egipto y En Nahdaen Túnez); también lo es que los salafistas, una vertiente coránica integrista, se han hecho hueco en el espacio público y político tras las revueltas; y que las protestas de los países árabes que hace unos meses nos parecían heroicas, hoy preocupan por el motivo de la convocatoria – la película -, por los lemas que se entonan y la violencia que generan (muertos y heridos en LibiaTúnezEgiptoSudán y Líbano). Pero que todos estos elementos existan, y concurran en este momento, no tiene por qué llevarnos a concluir que la Primavera Árabe ha fracasado; o que, como algunos vaticinan, la islamización va a tornarse en una yihad (guerra santa) y los manifestantes que pedían pan y la caída del régimen se van a convertir en muyahidines (combatiente islámicos fundamentalista).

El mismo miedo que tiene Occidente a una ismalización radical de las sociedades árabes y sus gobiernos, lo tienen parte de sus ciudadanos, seculares y confesionales. Con la caída de las dictaduras laicas se han legalizado los grupos islamistas que sobrevivían de forma clandestina, algunos de intenso corte fundamentalista. A su vez, con la pérdida del miedo a expresarse, todos, desde las voces más coherentes hasta las más incongruentes e intolerables, se están oyendo. Lo interesante es el debate interno que se ha abierto en torno al papel que debe desempeñar la religión en el nuevo marco político. En esta discusión unos proponen y otros imponen. La irreverencia y la violencia es mediática y parece que solo existen estos últimos. Las noticias que transcienden, por tanto, dan voz a partidos salafistas que presentan leyes para legalizar el matrimonio prematuro, permitir que las niñas de 14 años se casen o, más bien, sean obligadas a casarse; publicitan fetuas (pronunciamiento islámico dictado por un muftí) que condenan a muerte las protestas contra el presidente egipcio Mohamed Morsi. Pero también están las voces opositoras que denuncian desde el interior estas acciones. Quienes se resisten a que la sharia (ley islámica) entre en las asambleas constituyentes que debaten los nuevos marcos legislativos.  Quienes toman la calle en Libia para condenar el ataque con motivo de la película contra la Embajada estadounidense en Bengasi que mató a su embajador, Christopher Stevens. No es la ira de los musulmanes la que se ha extendido estos días, sino el oportunismo de los radicales que ya hace tiempo inquietan en la región.

Es más, la misma agresividad que vemos ahora en las protestas por la “Inocencia de los musulmanes” frente a las embajadas de EEUU en Yemen, Sudán o Túnez, la llevan padeciendo sus conciudadanos desde hace meses. La destrucción de santuarios sufíes en Libia; las virulentas manifestaciones salafistas que en el mes de junio provocaron varios heridos en una encendida marcha contra la “herejía” del nuevo arte tunecino. Olvidamos los 12.000 ciudadanos que en enero condenaron el extremismo religioso por las calles de Túnez. En Yemen, ha sido el grupo terrorista Al Qaeda y su homólogo, Ansar Al Sharia, los convocantes de las manifestaciones contra la película y han llamado a matar a todos los diplomáticos estadounidenses fuera y dentro de sus fronteras. Un mensaje nada novedoso. Es este mismo grupo terrorista el que atenta en las localidades yemeníes asesinando a civiles y el que controla el sur del país a través de emboscadas violentas que han provocado miles de desplazados internos.

Es decir, que aquí y allí el radicalismo y la violencia preocupan. Los salafistas trastornan. Los grupos terroristas de corte islámico perturban no solo a Occidente sino, sobre todo, a los ciudadanos árabes, que son los primeros afectados de los atentados que se repiten en Irak, Yemen o Libia. Los nuevos gobiernos de estos países se enfrentan a importantes retos: restituir la seguridad que se ha visto seriamente afectada durante las revueltas; parapetar la expansión del terrorismoy de los grupos extremistas, y reconducir a aquéllos que han obtenido representación pública y deben adaptarse a los nuevos parámetros democráticos.

Aún más importante será que los ciudadanos árabes censuren estas reacciones y repudien a quienes las practican en sus vecindarios y mezquitas, para evitar la radicalización de las confesiones. Esto no parece que haya sucedido de forma explícita estos días, porque el antiamericanismo engendrado durante décadas, por la continúa intervención de EEUU en la zona, especialmente tras la invasión de Irak en 2003, ha unido a radicales con moderados, que se han perdido en la provocación y en el debate de la blasfemia. La quema de banderas americanas frente a las embajadas hubiera trascendido como una firme llamada de atención, si a esto no le hubiera seguido la espiral de violencia que las ha invalidado.

Pero que nadie se sorprenda. El antiamericanismo quedó de manifiesto durante las revoluciones árabes, donde las sociedades clamaron autonomía no solo de sus regímenes, sino también de los agentes externos. De que se haga bien la lectura de estas manifestaciones, dependerá que los nuevos gobiernos actúen sin titubeos contra la violencia de los grupos confesionales extremistas y que, desde el exterior, se evite el tutelaje: querer intervenir de nuevo con la justificación de que estos países están caminando hacia la deriva. El candidato republicano a las elecciones presidenciales de EEUU, Mitt Romney, ya ha acusado al presidente Barack Obama de ser débil frente a los “terroristas”. Como si quisiera empujarle a seguir intensificando el control en la región de MENA (Oriente Próximo y Norte de África). Pero Obama parece estar entendiendo que, si continúa con la política exterior de sus predecesores, alimentará el antiamericanismo que ha encontrado un perfecto catalizador en esta película.

Una lectura proactiva, desde dentro y desde fuera, no solo no termina con la Primavera Árabe sino que la reactiva: poniendo sobre la mesa la necesaria redefinición entre política y religión; alentando a los gobiernos a tomar el control de su seguridad interna y, también, exponiendo elhartazgo de estas sociedades que podría animar a Estados Unidosha replantearse su relación con la zona.

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