Suicidio, ¡hay salida, pide ayuda!

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Con motivo del Día Mundial para la prevención del Suicidio, expertos en psiquiatría destacan la importancia de hablar del suicidio, porque hablar de él supone una ayuda para las personas que atraviesan situaciones difíciles y no ven salida.

Según los datos que cifra la Organización Mundial de la Salud, el suicidio figura entre las principales causas de muerte más importantes en todas las edades a nivel mundial. Visibilizar la problemática y hablar de lo que acontece, es un factor clave para bajar la incidencia y los deseos de terminar con la vida. En el mundo, cada 40 segundos se comete un suicidio, lo que supone una media de un millón de personas en todo el mundo, y por cada suicidio hay una media de 20 intentos y alrededor de 50 pensamientos antes de que suceda. Este dato, que no es baladí, va in crescendo, y supondrá que en 2020 las víctimas por suicidio serán 1.5 millones al año.

Una situación de alguien que ya no quiere sufrir más, un mal menor para el que se suicida, un segundo y ya.

El suicidio es una decisión que no se advierte, se toma, y normalmente obedece a diversos factores que hacen que suceda o no. Por ello, es importante conocer a las personas de nuestro entorno y, sobre todo, la forma en la que tienen de asir los conflictos personales para poner en marcha las estrategias de intervención necesarias y que no sea un tabú ni la salud mental ni el mismo suicidio.

Si se propusiera una estrategia estatal de salud mental, existiría una respuesta institucional que abarcaría un protocolo que evitaría la toma de estas decisiones. Solo en 2016 se contabilizaron 3500 suicidios en España, aunque nunca se hable de ellas en la prensa. Como tal, debe ser la salud pública la que tome las riendas de este asunto, e informe para que los medios de comunicación se impliquen y trasladen cuáles son los protocolos de actuación llegado el caso.

No son cobardes, no son valientes, simplemente en un segundo hacen desaparecer el dolor. Existen factores asociados a que esa decisión sea tomada en un momento dado, que son comunes a muchas personas de nuestro alrededor. Tener una enfermedad crónica, desarraigo social o soledad, depresión o acontecimientos vitales estresantes durante años, puede llevarnos a decidir terminar con ello. Las causas son múltiples y no podríamos hablar de una sola, lo cierto es que un porcentaje elevado de suicidios no es atribuible a ningún factor de riesgo, ni tampoco a una causa concreta.

Detectar a un suicida es lo mismo que saber cuántas personas no han dormido en un vagón de metro. Debemos considerar que el suicida es una persona que tiene varias causas interrelacionadas entre sí en la cabeza, que no se notan pero sí se advierten, que le hacen decidir el final. Quizá no son lo suficientemente importantes para las personas de su entorno, pero necesariamente lo son para la persona que ha decidido terminar con su vida.

En el otro lado de la balanza está la familia, la pareja o los amigos que, ante un suicidio, buscan la culpabilidad, la vergüenza o sienten ira por no haberlo detenido antes. Un impacto que permanecerá junto a ellos siempre, porque algo más se podía haber hecho, se repiten. Los pasos a seguir siempre empiezan por la comunicación de las personas y por pedir ayuda. Si la persona no lo hace y nosotros estamos cerca, debemos, y es un compromiso moral, apostar por ayudarle. Hablar, acudir a un profesional, ver qué le preocupa o por qué no quiere enfrentarse a la vida es el primer paso.

Para un niño al que le hacen bullying en el colegio, puede ser una forma de detenerlo; para un joven al que le ha abandonado la novia, puede ser un horror pero lo hace; para un adolescente que suspende, puede ser una opción; para un adulto en paro, un final. Toda persona no tiene solo una causa, tiene varias que le conducen a decidir terminar con lo que le angustia.

Esa persona, la que ha decidido suicidarse, nunca puede ver por sí sola un atisbo de luz o la salida, ni siquiera, los recursos que tiene a su alcance para terminar con el dolor.

Otro bulo que corre por Internet es que el que se suicida no avisa; obviamente no pone carteles, pero los meses antes de tomar esa decisión, sí traslada a su entorno la falta de vida, la anhedonia, la falta de expectativas y motivación que le hacen no querer seguir. Es entonces cuando debemos alertarnos y no después. Una persona que toma droga, alcohol, que se hunde los fines de semana para no pensar, es una persona que puede en un momento dado, elegir esa opción si la única salida para enfrentarse a la vida es dejar la droga y ver el panorama que tiene delante.

Es por ello importante hacer un seguimiento al paciente, y ver si existen signos de pena, desesperanza, desgana, apatía, desesperación, vulnerabilidad, depresión crónica, etc. en alguien de nuestro entorno. Aunque en la vida que actualmente tenemos nadie quiere salir de su zona de confort, si verdaderamente le importa la persona que tiene enfrente, ¡hágalo!. Resolver la situación, encontrar el camino y mantenerse apoyado son las claves para no volver a pensar que la vida acaba aquí.

Si por lo que fuere, usted intuye que alguien de su entorno quiere terminar con su vida, háblele abiertamente del suicidio y ofrézcale encontrar una solución a través de un servicio de salud mental. Esa vida está pidiendo a gritos que alguien se detenga y le reconduzca por el camino correcto.

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