Desinformación en América Latina

Sin medios para recibir información sobre lo que ocurre en su entorno, millones de latinoamericanos que viven en las zonas rurales y urbanas pobres, alejadas y deprimidas, habitan auténticos desiertos de noticias, según muestran cada vez más estudios conducidos por organizaciones de periodistas en la región, informa Humberto Márquez (IPS) desde Caracas.

Son, por ejemplo, veintinueve millones de personas en Brasil, diez millones en Colombia, siete millones en Venezuela y hasta tres cuartas partes del territorio argentino sin periodismo relevante por la ausencia de medios, o porque los existentes se dedican al entretenimiento, desdeñando la información.

«Cuando hablamos de desiertos informativos estamos hablando también de lo que implica un ecosistema mediático robusto, que haya no solo suficientes medios de comunicación, sino que haya pluralidad», dice Jonathan Bock, director de la Fundación para la Libertad de Prensa de Colombia (Flip).

Esa pluralidad debe abarcar «los temas que se cubren, diversidad de formatos, medios que se dirijan a diferentes audiencias. Un ecosistema saludable», añadió Bock en comunicación con IPS desde la capital colombiana.

Un foro organizado el miércoles 7 de junio por la sección venezolana del Instituto Prensa y Sociedad (Ipys) mostró atlas y mapas sobre los desiertos informativos de Argentina, Brasil, Colombia y Venezuela, elaborados a partir de investigaciones de organizaciones de periodistas y académicos de esos países.

Aun sin extrapolar los resultados de esas mediciones, es posible estimar que esa desertización alcanza a buena parte de la región, a juzgar por las carencias estructurales de la población, y por situaciones conflictivas de los medios y el periodismo en naciones como las de América Central y el área andina.

«La marginación social y geográfica que se vive en partes de nuestros países coloca a franjas importantes de población en esos desiertos informativos. Por ejemplo, a las poblaciones indígenas carentes de medios en su lengua», dijo a IPS Andrés Cañizález, fundador y director del observatorio venezolano Medianálisis.

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La imagen de periodistas dedicados a cubrir las agendas de las comunidades cercanas, como estos en un pueblo de Colombia, es extraña en las zonas deprimidas de los países latinoamericanos, dejando a millones de sus habitantes sin acceso a información de interés sobre su entorno. © Fundación Chasquis

Atlas y cifras

Una investigación del Foro de Periodismo Argentino (Fopea), coordinada por Irene Benito, censó 560 reparticiones territoriales en ese país y consideró a 47,9 por ciento de ellas como desiertos informativos, a 25,2 por ciento en condición de semidesierto, 17,1 por ciento como «semibosques», y 9,8 por ciento bosques, áreas con abundancia de medios e información.

«Como en otras naciones de América Latina, en muchas zonas hay medios y periodistas, pero no hay calidad, tratan otras cosas y no los intereses de sus comunidades, mientras los aparatos de propaganda de los poderes gozan de demasiada buena salud», dijo Benito en el foro de Ipys.

En Brasil, el más reciente Atlas de la Noticia, divulgado en marzo, registró la existencia de 13.734 medios de comunicación en ese país de 215 millones de habitantes, pero ninguno en 312 de sus 5568 municipios, en los que viven 29,3 millones de personas que no pueden acceder a noticias locales.

Aunque surgen cada año centenares de medios en línea «y ahora más municipios tienen al menos uno o dos medios, muchos no son independientes o están sesgados, por depender de las alcaldías o movimientos religiosos», dijo en el foro Cristina Zahar, de la Asociación Brasileña de Periodismo de Investigación (Abraji).

En un tercio de Colombia, donde viven diez de sus cincuenta millones de habitantes -muchas áreas alejadas de las grandes ciudades-, no existen medios de comunicación, y en otro tercio, con dieciséis millones de personas, los medios existentes se dedican al entretenimiento, de acuerdo con la Cartografía de la Información, de la Flip.

En Venezuela siete millones de personas viven en municipios donde no hay medios de comunicación, y la cifra sube a quince millones (el país tiene veintiocho millones de habitantes) si se consideran como «semidesiertos» los municipios con apenas uno o dos medios, según Ipys.

A diferencia de otros países «la situación ha empeorado, con el cierre masivo de radioemisoras dispuesto por el Estado -al menos 81 solo en el año 2022, y 285 desde 2003-, siendo la radio el medio de mayor penetración en zonas apartadas», dijo a IPS Daniela Alvarado, coordinadora de libertades informativas en Ipys.

La exclusión, otra vez

En el caso de Colombia, una causa para la extensión de los desiertos informativos está en la violencia, «en la guerra, uno de cuyos ejes estratégicos ha sido presionar o acabar con la información, el periodismo que puede ser quien revela, advierte y monitorea lo que pasa en esos espacios de conflicto», dice Bock.

En 45 años de conflictos armados en Colombia fueron asesinados 165 periodistas, «asesinatos estratégicos, porque informaban y eran símbolos», subraya Bock.

«Pero tiene que ver también con una exclusión diferente, de economías débiles y del poco interés político y de las instituciones estatales en promover un periodismo independiente y plural, visto en algunos contextos como el enemigo, y para que la sociedad se acostumbre y no lo exija», indica el analista colombiano.

También ha ocurrido en países de la región que «los medios tradicionales, y muchos nuevos digitales, se generaron y concentraron donde ya había un público y fuentes de publicidad, lo que se conjuga con desigualdades preexistentes, un abismo, entre las grandes ciudades y los pueblos y campos», apunta por su parte Cañizález.

Sin embargo, los desiertos informativos no son exclusivos de las zonas rurales, remotas o de frontera, sino que en las propias urbes existe pobreza de medios locales o con agendas en los temas de las comunidades urbanas vulnerables, y además se impactan con las crisis que encara el periodismo en general.

Es el caso de Venezuela, que «atraviesa una compleja y continua crisis económica, política y social que ha devenido en el deterioro de su ecosistema de medios», expone Alvarado, y además enfrenta «una hegemonía comunicacional (de parte del Estado) que se manifiesta en censura y autocensura».

Periódicos y televisoras fueron conducidos al cierre, por decisión gubernamental o asfixia por falta de papel y publicidad, o su venta abrió el camino para su extinción, o, como en el caso de las radios, el cierre es un peligro constante y cercano. Medios digitales sufren con cortes de señales y acoso sobre sus periodistas.

¿Qué hacer?

«El desafío parece inconmensurable, pero no estamos quietos, no debemos resignar lo que nos corresponde como servicio público comunitario», sostuvo Benito.

El Estado «debería promover, al menos en lo que es el área de su competencia, que es la radio, televisión e internet, políticas inclusivas en todo el territorio dela nación, garantizando los derechos básicos, incluido el derecho a la comunicación y a la información para todos los ciudadanos», planteó Cañizález.

Zahar destaca que «la sostenibilidad es el reto», por las dificultades para sostenerse que tienen muchos nuevos medios, locales o no, y las ventajas de los digitales «que tienen menos barreras de entrada, pueden experimentar con formatos y mecanismos de financiación, y hacer cambios rápidos».

Para Bock «debemos pensar en la financiación del periodismo donde hay economías frágiles, verlo como servicio público pero de manera independiente, a ocuparnos de la formación de quienes hacen periodismo en esos lugares».

Junto con el apoyo estatal y de la comunidad internacional «podrían desarrollarse modelos en los que los grandes medios apadrinen a medios locales en lugares muy pequeños o donde sea muy claro el desierto informativo», asomó Cañizález.

«Pero ese todavía no es un debate en unos cuantos de nuestros países. Es un tema que atañe al periodismo pero no traspasa. Estamos todavía en una discusión muy de los periodistas», concluyó.

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