No hay Historia sin divulgación

“La gestión de la memoria consiste precisamente en la difusión del saber alcanzado, en llegar a expandir los conocimientos del pasado, ya sea por el sistema educativo, ya por medios editoriales entre el gran público, con lo que el historiador adquiere la dimensión del traductor, esto es, de comunicador entre los vivos del presente y los muertos del pasado, de divulgador de los resultados de los especialistas con otras disciplinas y con el público”. 
Juan Sisino Pérez Garzón , Usos y abusos de la Historia.

Voy a profundizar en algo relacionado con esa comprensión del pasado que es el ámbito de los historiadores. Investigar y comunicar a los demás investigadores: reducir el conocimiento que la Historia extrae de la historia a unos pocos expertos, que sean así meros sabihondos, es una falacia, pues no hay Historia sin sociedad civil, sin ciudadanos a los que mostrarla. Sin divulgación, es decir, sin acercamiento a la gente del común, la Historia no sería una disciplina eficiente, sería únicamente un rincón abandonado e inútil que sólo serviría para promocionar generaciones de gente valiosamente inútil.

Mutilados de la Primera Guerra Mundial desfilan en París el 11 de noviembre de 1918
Mutilados de la Primera Guerra Mundial desfilan en París el 11 de noviembre de 1918

Una Historia comprensible para forjar ciudadanos

Como afirma el experto en el siglo XVIII español José Luis Gómez Urdáñez, “un historiador no es un anticuario, ni un coleccionista, ni un curioso. El historiador busca explicaciones, experimenta con el comportamiento del ser humano, quiere ante todo la verdad. Analiza todas las piezas en que descompone [la historia] y, luego, intenta con todos los medios de expresión reconstruirla de manera coherente y –lo más difícil– divulgarla, hacerla comprensible a todos. Por eso, al historiador le agrada encontrar al narrador, al buen narrador de Historia”.

Hacer el pasado inteligible, verter a todos una Historia comprensible. (Lo escribo en cursiva porque me parece un hallazgo.) Ahí está el meollo de la cuestión, la esencia del asunto, el núcleo del magnífico ámbito donde bucea el oficio de historiador.

De la necesidad que tienen los historiadores de saber comunicar bien los conocimientos históricos nos habla Margaret MacMillan cuando sentencia lo siguiente:

“Los historiadores no son científicos, y si no presentan al público lo que hacen de una forma inteligible, otros acudirán a llenar ese hueco. […] Los historiadores profesionales no deberían rendir su terreno tan fácilmente.”

La historiadora canadiense matiza lo anterior afirmando que “los historiadores, claro está, no son los dueños del pasado”, que es de todos, pero dado que nosotros, los historiadores, ocupamos nuestro tiempo “estudiando la historia”, nos hallamos “en una posición mejor que la mayoría de los aficionados para realizar juicios razonados”. Somos “expertos en hacer preguntas, establecer conexiones, recoger pruebas y examinarlas”.

En esa misma línea, quiero aprovechar lo que Cristina Gómez Cuesta apunta como conclusión en su pequeño pero sustancial libro titulado ¿Para qué sirve la historia?: usos y abusos en el siglo XXI. Tras reconocer que “la Historia es una disciplina compleja sometida en los últimos tiempos a la presión del espacio público”, la historiadora española admite asimismo el descrédito de nuestro común oficio, del que tiene por causas al abuso al cual los políticos lo están sometiendo (habla aquí del caso español), al “auge de la novela histórica” (éxito que no considero yo que lastre nuestra credibilidad, o tal vez sí) y a los autores mal llamados revisionistas (pseudorevisionistas, más bien, como los tacha otro historiador español, Enrique Moradiellos, es decir, aquellos que, al margen de toda metodología profesional de los historiadores que clasifican e interrogan con rigor a las fuentes, labran su triunfo sobre la masa lectora retorciendo las conclusiones de los verdaderos historiadores). Cuesta Gómez nos exhorta, a mí no me hace falta, pero me doy por aludido, a “salir de las universidades, de las bibliotecas o de los archivos” para someternos a la opinión del gran público: un riesgo que hay que correr. Por supuesto. No podemos dejar en manos de descabellados vendelibros la labor de devolverle a la sociedad civil la Historia que se merece. Como dice Cuesta Gómez:

“La Historia nos permite transmitir experiencias del pasado para abrir caminos de futuro, porque en definitiva la Historia es también una materia para ser enseñada, la mejor herramienta para formar una ciudadanía madura, democrática y cosmopolita.” [la cursiva es mía]

De nada sirve investigar el pasado si no se divulga lo comprendido

He pretendido denotar la importancia esencial de la enseñanza de la Historia, de su divulgación. De que la construcción histórica que constituye nuestro oficio no es un mero acopio de cifras, nombres, fechas o documentos, de citas y de rastreo entre las fuentes, da fe otro historiador español, Jordi Canal, cuando, en uno de los textos que componen su libro La Historia es un árbol de historias. Historiografía, política, literatura, afirma lo siguiente:

“[En el mundo académico, existe una] superproducción derivada de una historia local frecuentemente descontrolada [, una] masificación de la enseñanza universitaria y [una] devaluación de los doctorados. De la simple acumulación de datos o de la simple suma de trabajos de campo, no se obtienen, al fin y al cabo, más que datos acumulados o trabajos sumados. La construcción histórica es otra cosa”.

Los historiadores hemos de ocuparnos de “ir más allá de los académicos —como afirman los historiadores españoles Justo Serna y Anaclet Pons en su prólogo a la edición española de las Doce lecciones de Historia de Antoine Prost—, de los sufridos lectores u oyentes del aula o de la cátedra”, para evitar que haya avispados publicistas que “sin una idea propia pero con tesis robadas y ya cuestionadas” aprovechen la ignorancia del público, sobre todo del público impresionable. Para ello hemos de “hallar unos medios y unos modos de expresión” que nos acerquen al público lector, a la sociedad civil.

De hecho, en ese mismo libro, el propio Prost abunda en este asunto cuando, al hablar de los hechos, nos dice que “la Historia procede en dos tiempos: en primer lugar, conoce los hechos, para a continuación explicarlos, elaborarlos formando parte de una discusión coherente”. Y esa división del trabajo histórico en dos tiempos hace que cada uno de ellos recaiga en uno de los dos tipos de grupos profesionales: de un lado, el de los investigadores, que establecen los hechos, y, de otro, el de los divulgadores, que los utilizan. En realidad, he hecho algo de trampa, pues a quien Prost se refiere como divulgadores es en realidad a los profesores de institutos, pero creo lector que sabrás disculpar mi apropiación ligeramente manipulada del discurso del historiador francés.

Prost, que considera que no hay Historia sin preguntas, dice de éstas, de las preguntas, que no sólo surgen entre los historiadores sino que también lo hacen dentro de la sociedad. Así, lo que él llama Historia mediática “no es descalificada por sus métodos, que pueden perfectamente respetar las reglas de la crítica, sino por las preguntas que se plantea, que son inanes”. La pretensión científica de la Historia mediática es dudosa, como lo es para Prost y sus seguidores, que no son pocos, la de los manuales: no obstante, “abandonar la divulgación en manos de los periodistas especializados sería tan peligroso como renunciar a la formación de los profesores de los institutos o de los colegios”. La pertinencia social de la Historia mediática, que sólo busca el entretenimiento, no se corresponde con una pertinencia científica, algo que sí ocurre con los escritos históricos que sí hacen avanzar a la Historia, lo que le lleva a Prost a expresar lo siguiente:

“Aunque la relevancia social no funda la pertinencia científica, puede acompañarla con fortuna”.

Las pertinencias social y científica, en definitiva, son un objetivo no buscado por los historiadores que yo considero esencial. Como es esencial la enseñanza de la Historia, saber cómo y para qué se enseña nuestra disciplina. Centrado en el caso español, destaca sobremanera a este respecto un libro publicado en 2017: Los espejos de Clío. Usos y abusos de la Historia en el ámbito escolar, de los historiadores españoles especialistas en didáctica Cosme Jesús Gómez Carrasco y Pedro Miralles Martínez. Un libro sobre el que escribí para Nueva Tribuna un artículo titulado ‘Aprender historia en España’, y al que te remito, no sin dejar además aquí una cita de uno de los pensadores españoles más citados de todos los tiempos, José Ortega y Gasset:

“Las enseñanzas no deben enfocarse desde la visión de las ciencias: de su completitud. No debe enfocarse desde la perspectiva del profesor lo que puede enseñar un profesor determinado. El criterio debe ser la persona del alumno: lo que un alumno medio necesita aprender, y al mismo tiempo, está en condiciones de aprender.”

Herencia de la humanidad

Por cerrar el asunto de la necesidad que tiene la Historia de ser divulgativa, creo que, entre todos los que nos dedicamos a este oficio, hemos de lograr que nuestra disciplina siga siendo, o lo sea de una vez, una ciencia humana crítica que tiene una misión pública. Los historiadores hemos de revertir la pérdida del sentido de finalidad pública de la Historia. Pero para ello, hemos de estar dispuestos, como escribiera en 1912 el historiador estadounidense J. Franklin Jameson, “a mirar más allá de las ventanas de nuestro despacho y pensar en la Historia, no como la propiedad de un reducido gremio de colegas de profesión, sino como la legítima herencia de millones de seres humanos”.

Los historiadores habremos fracasado si no logramos cumplir nuestro objetivo final, que es trasladar a la sociedad civil lo que necesita saber del pasado (lo que ‘la gente’ quiere saber del pasado es asunto de otras disciplinas).

En suma, como sabemos por Justo Serna, lo que nos “distingue y encumbra” a los historiadores no es nuestro aislamiento, sino nuestra implicación: “la conciencia de estar arrojados al mundo y de complicarse en él o con él”. E insisto, por eso mismo, no podemos quedarnos recluidos en un cómodo espacio, a menudo académico, hemos de expresarnos, salir a la esfera pública.

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