Un recado para Narciso

A raíz del artículo de la semana pasada, en el que critiqué una frase mal utilizada en un mensaje publicado en un grupo de WhatsApp del que formo parte, recibí una llamada telefónica de mi amigo Narciso Torrealba, consecuente lector de los comentarios que semanalmente suelo hacer los sábados en este importante medio de comunicación. Pocos minutos antes de esa llamada, no había escogido el tema que sería publicado hoy, por lo que Torrealba me lo facilitó, cosa que la agradezco altamente.

Narciso Torrealba es columnista de un importante medio de comunicación del estado Portuguesa, en Venezuela, del que yo también formé parte. Maneja con admirable facilidad el tema gramatical, por lo que su opinión en estas lides es bastante respetable, amén de que ha contribuido con aclarar muchas dudas, sobre todo a los que utilizan el lenguaje oral y escrito como herramienta básica de trabajo.

Mi estimado amigo me cuestionó el uso de la palabra estadal; pero para sostener su argumento se basó en lo que del referido vocablo registra el DLE (Diccionario de la Española), lo cual me hace pensar que es otro de los tantos que creen que la Real Academia Española es un tribunal que determina cuál palabra utilizar y cuál no, o que los miembros de la docta institución, ataviados de toga y birrete, se reúnen en una especie de cónclave, parecido al que se usa para elegir al papa, para inventar o crear palabras, según la necesidad.

El motivo de la inconformidad de Narciso Torrealba fue el párrafo en el que dije: «Confieso que es la primera vez que leo una frase con semejante error sintáctico. La persona que escribió el despropósito es una médica que ejerce como directora de un centro asistencial de una capital estadal en Venezuela». Y a Narciso le pareció que había utilizado de forma inadecuada la palabra estadal. Eso lo deduzco del hecho de que me recitó todas las acepciones que del mencionado vocablo registra el diccionario académico, que de paso están en desuso.

Es cierto que en ese y otros diccionarios de gran prestigio y utilidad, la palabra estadal solo aparece con significado de medida de longitud y otros parecidos; pero eso no impide que pueda usarse para referirse a otra cosa, como en Venezuela, por ejemplo, en donde con base en el artículo 136 de la Carta Magna, el estado es una división Poder Ejecutivo.

Además, estadal es una derivación perfecta de estado, por lo que todo lo que de ella derive, será estadal, y si en ese país existe el estado como división territorial, el sentido común indica debe ser estadal, con base, repito, en la Constitución, no en el capricho de quien esto escribe.

Cabe recalcar que las palabras surgen y se consagran por uso extendido del pueblo hablante, lo que hace que luego de cierto tiempo, hagan su entrada triunfal en el registro lexical. En el caso de Venezuela, la palabra estadal, si encuentra a alguien que la impulse, seguramente quedaría registrada como venezolanismo.

Por otro lado existe también estatal, que en esa nación sudamericana se la reserva para referirse a lo que pertenece al país como entidad de derecho público: Cantv, Pdvsa y VTV son empresas de propiedad «estatal».
Sobre estadal y estatal he escrito en muchas oportunidades, y siempre el criterio ha sido el mismo: estadal para lo que deriva del estado como instancia del Poder Ejecutivo (división territorial), y estatal para el país. Aquí cabe recalcar que en Venezuela no existe la figura de Gobierno Regional, sino estadal. En el pasado reciente existió la región como figura meramente administrativa, compuesta por varios estados; pero en lo gubernamental, de acuerdo con el texto constitucional de 1999, el estado es una división del poder, y por tanto, todo lo que allí derive es estadal.

Igual razonamiento se aplicaría en países en los que una de las escalas del poder son el departamento, la provincia u otra denominación. De departamento deriva departamental; de provincia, provincial, y de estado, estadal, aun cuando no aparezca en el diccionario de la Real Academia Española. ¿Por qué? Porque su función es meramente de registro, toda vez que no está investida de autoridad. Y si habla de autoridad en materia de palabras, ese calificativo le corresponde al pueblo, que por necesidad expresiva las crea.

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David Figueroa Díaz (Araure, Venezuela, 1964) se inició en el periodismo de opinión a los 17 años de edad, y más tarde se convirtió en un estudioso del lenguaje oral y escrito. Mantuvo una publicación semanal por más de veinte años en el diario Última Hora de Acarigua-Araure, estado Portuguesa, y a partir de 2018 en El Impulso de Barquisimeto, dedicada al análisis y corrección de los errores más frecuentes en los medios de comunicación y en el habla cotidiana. Es licenciado en Comunicación Social (Cum Laude) por la Universidad Católica Cecilio Acosta (Unica) de Maracaibo; docente universitario, director de Comunicación e Información de la Alcaldía del municipio Guanarito. Es corredactor del Manual de Estilo de los Periodistas de la Dirección de Medios Públicos del Gobierno de Portuguesa; facilitador de talleres de ortografía y redacción periodística para medios impresos y digitales; miembro del Colegio Nacional de Periodistas seccional Portuguesa (CNP) y de la Asociación de Locutores y Operadores de Radio (Aloer).

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